Pie de foto: Escena de Asbury Park. Imagen de Getty.
Por Obispso David M. O’Connell, C.M.
El verano nos invita a bajar el ritmo y a redescubrir las sencillas bendiciones que Dios pone en nuestras vidas.
Con las clases en vacaciones y el ritmo de las responsabilidades diarias más relajado, encontramos más tiempo para las personas que más nos importan. Los pícnics y las barbacoas, las excursiones a la costa o a la montaña, las largas tardes de sol y cielos estrellados, los juegos en el jardín, las ferias parroquiales, los conciertos al aire libre, los paseos tranquilos, la reanudación del ejercicio físico, la jardinería y el sabor de las fresas frescas, los tomates de Jersey y el maíz en mazorca: todos estos momentos y cosas nos recuerdan, durante el verano, cuán ricamente nos bendice Dios a través de la creación y a través de los demás.
Esta estación ofrece también un espacio más sereno para el alma. El verano nos brinda la oportunidad de rezar con menos distracciones, de visitar nuestra iglesia parroquial durante la semana, de celebrar la presencia de Dios de manera más intencional y de nutrir nuestro espíritu con buenas lecturas —quizás algo que profundice nuestra fe—. Es un tiempo para mantener esas conversaciones que a menudo posponemos, para compartir historias y recuerdos, y para reír juntos; algo que nunca parece que hagamos lo suficiente.
Cuando Dios creó las diferentes estaciones, nos dio el verano como una especie de “pausa revitalizante”, un ritmo natural destinado a calmar nuestra naturaleza humana y prepararnos para los ajetreados meses que se avecinan. Sin embargo, este regalo solo nos renueva si nos permitimos recibirlo.
Así que, este verano, tómate el tiempo —hazte el tiempo—, ya sea en largos periodos o en breves instantes, para descansar, para respirar y para renovarte. Lo necesitas. Es un regalo de Dios para ti. Muestra tu gratitud aprovechándolo bien: con tu familia, con tus amigos y para el bien de tu propio corazón.
Y en medio de todos tus planes, recuerda permanecer cerca del Señor. Dedica tiempo a la Confesión, especialmente si ha pasado algún tiempo; asiste a Misa y recibe la Sagrada Comunión: no dejes pasar esa oportunidad. La vida es siempre más rica, más alegre y más apacible cuando Cristo forma parte de nuestro verano.
Cuídate mucho. Que Dios te bendiga en las semanas venideras con descanso, sana diversión, risas y esa alegría profunda que renueva tu espíritu y fortalece tu fe.
