Por Jessica Donohue, Colaboradora especial
Tengo que hacer una confesión. Cuando mis hijos fueron bautizados, hubo una parte realmente importante que, creo, no comprendí del todo hasta mucho después. Como muchos padres primerizos, estaba inmersa en la alegría y el ajetreo de la maternidad, y en la necesidad de ocuparme de los muchos detalles de la celebración sacramental.
Pero no fue hasta más tarde, al reflexionar sobre las palabras pronunciadas por el sacerdote, cuando comprendí la gravedad de una frase en particular: “Han solicitado que su hijo sea bautizado. Al hacerlo, están aceptando la responsabilidad de educarlo en la práctica de la fe”.
Como católicos, la comunidad es un aspecto fundamental de nuestra identidad. Dios nos creó para vivir en comunidad, y por eso dependemos de ella para crecer en nuestra fe. Una de las formas más visibles en que esto se manifiesta en nuestra Iglesia es a través de la formación en la fe de los niños en nuestras parroquias y escuelas católicas. Sin embargo, podemos llegar a depender tanto de la comunidad para la educación religiosa de nuestros hijos que olvidamos una verdad esencial: que, como padres, somos en realidad el primer —y más importante— modelo y maestro de la fe católica para nuestros hijos.
Como cualquier gran responsabilidad, ¡esto puede resultar un poco abrumador! Pero hay algunas ideas básicas que nos recuerdan que esta vocación es algo que todos podemos seguir.
No hace falta ser teólogo! La idea de “educar” a nuestros hijos en la práctica de la fe puede evocar la imagen de un experto que lo sabe todo sobre el catolicismo. Pero no es a eso a lo que se refiere la Iglesia. Ser el principal modelo y maestro de nuestros hijos en la fe significa guiarlos y darles ejemplo, fomentando el amor por Jesús y haciéndolo el centro de la vida familiar; integrándose en la vida de nuestras comunidades parroquiales y enseñándoles a rezar nuestras hermosas oraciones católicas. Existen otras maneras maravillosas, a menudo sencillas pero poderosas, de transmitir la fe de generación en generación.
Que la vida de fe de su familia refleje su singularidad. Si bien todos compartimos una misma fe, existen muchas maneras de expresarla. Explore las tradiciones católicas de su propia herencia cultural que pueda incorporar a la vida familiar. Quizás puedan celebrar el santo patrono de cada miembro de la familia con un postre especial en su día festivo, o hacer visible su fe en el hogar con objetos como un crucifijo, una pila de agua bendita, una corona de Adviento, etc. En este sentido, la investigación en internet puede ser de gran ayuda. Por ejemplo, CatholicIcing.com y https://catholiccuisine.blogspot.com/ son dos excelentes recursos.
Reconozcan y nombren las maneras en que su familia ya vive los valores católicos. En la vida familiar, a veces damos por sentadas las formas en que nos amamos unos a otros como Jesús nos ama. Recuerden la enseñanza de Santa Teresita de Lisieux: hacer las pequeñas cosas de la vida cotidiana con gran amor es una de las mejores maneras de acercarnos a Dios. Esos momentos, como cuando un niño decide compartir su juguete favorito, o cuando un adolescente se esfuerza por ser amable con un compañero que está pasando un mal día en la escuela, pueden verse desde una nueva perspectiva cuando les mostramos a los niños cómo reflejan y expresan nuestros valores cristianos.
Sobre todo, debemos recordar siempre que no estamos solos en nuestra vocación como primeros educadores de la fe de nuestros hijos. Cuando invitamos a Dios a nuestras vidas y a las vidas de nuestros hijos, su gracia nos acompaña cuando necesitamos su ayuda. Esta colaboración que tenemos con Dios y con nuestra comunidad católica nos permite brindar a nuestros hijos el invaluable don de la fe.
Este es, como dijo el Papa Francisco de forma tan sencilla y contundente, “la mayor herencia que pueden recibir” de nosotros, sus padres.
Jessica Donohue es la líder de catequesis parroquial en la Parroquia Santa Juana de Arco en Marlton.
