Reflexión pastoral del obispo David M. O’Connell, C.M. sobre la Jornada Mundial del Enfermo, 11 de febrero de 2026.
En su mensaje de 2026 para la Jornada Mundial del Enfermo, nuestro Santo Padre, el Papa León XIV, nos invita a contemplar al Buen Samaritano y a redescubrir la verdadera compasión. Nos recuerda que el samaritano “no se queda a distancia, no aparta la mirada, no pasa de largo, sino que se acerca, se inclina y asume el dolor del herido”
La enfermedad, enseña el Papa, forma parte de nuestra condición humana, pero nunca debe afrontarse con indiferencia ni abandono. Es precisamente allí, en lugar del sufrimiento, donde el amor está llamado a “soportar el dolor del otro” y hacer visible la ternura de Dios.
Establecida en 1992 por el Papa San Juan Pablo II, quien llevó la cruz de la enfermedad de Parkinson, la Jornada Mundial del Enfermo es un momento para que la Iglesia reconozca que “la enfermedad de un familiar, un amigo o un vecino es un llamado a los cristianos a demostrar verdadera compasión, ese compartir gentil y perseverante en el dolor del otro”.
El Papa León XIV se hace eco de esta misma convicción cuando nos insta a no pasar de largo ante quienes sufren, sino a detenernos, ver y acercarnos, como hizo el buen samaritano.
Todos conocemos a alguien que ha estado gravemente enfermo; algunos hemos llevado esa carga nosotros mismos. Escribo desde mi amplia experiencia personal, no para buscar compasión, sino simplemente para compartir lo que Dios me ha enseñado a través de la enfermedad. Estas experiencias revelan la fragilidad de nuestro cuerpo y cómo la enfermedad puede sacudir nuestra perspectiva de la vida.
También revelan algo más: que las necesidades de los enfermos entre nosotros solo pueden ser satisfechas por otras personas solidarias: por corazones dispuestos a escuchar, manos dispuestas a servir y vidas dispuestas a reducir el ritmo y permanecer cerca.
Los cristianos siempre se han sentido alentados por la compasión del Señor Jesús hacia los enfermos en los Evangelios. Tocó al leproso, estuvo junto al afligido, devolvió la vista a los ciegos y la fuerza a los cojos. Desde sus inicios, la Iglesia ha continuado su ministerio, ofreciendo sanación, fortaleciendo la fe, inspirando esperanza y compartiendo amor en su nombre.
El Papa León XIV nos recuerda que esto no es una opción, sino una obra que está en el corazón mismo del Evangelio: amar soportando el dolor del otro.
Los enfermos comparten el sufrimiento humano del Señor Jesús, tan visible en la Cruz. Si él aceptó su sufrimiento como la vía para redimir nuestra humanidad, entonces nos invita a ver nuestra propia enfermedad como un camino hacia una unión más profunda con él.
Como escribe San Pablo: “Los sufrimientos del presente no son nada comparados con la gloria que se revelará en nosotros” (Romanos 8:18). Aun cuando nuestra fe no elimine nuestras dolencias físicas, puede transformarlas, ayudándonos a reconocer, en las cruces que llevamos, la presencia del Señor Jesús extendiendo su mano, ofreciéndonos propósito, consuelo y paz.
Se anima a quienes están enfermos a orar por estos dones en su sufrimiento: pedirle al Señor la gracia de confiar, perseverar, esperar y unir su dolor al suyo. Como insiste el Papa León XIV, cada persona que sufre es un prójimo confiado a nuestro cuidado, y cada acto de compasión, por pequeño que sea, se convierte en una señal de que Dios no los ha olvidado.
La buena salud nos hace conscientes de las bendiciones que hemos recibido. También es un llamado a la responsabilidad. Para quienes están bien, este es el momento de convertirse, en palabras del Papa León XIV, en “buenos samaritanos en los caminos de nuestras ciudades y comunidades” , acercándonos a los enfermos y a los que están solos. Una visita, una tarjeta o un pequeño regalo, una sonrisa, una mano amable, una lágrima compartida y una oración: estos sencillos gestos nos permiten ser, para quienes sufren, la presencia amorosa del Señor Jesús.
Quienes cuidan a los enfermos —médicos y enfermeras, personal y voluntarios, sacerdotes y cuidadores pastorales, familiares y amigos— tienen una vocación privilegiada y exigente. Creyentes o no, se convierten, de forma misteriosa, en el toque, las manos, la voz y el aliento de Cristo para quienes sufren.
Damos gracias a Dios por ellos y oramos para que su servicio diario se fortalezca con la paciencia, se renueve con la esperanza y se sostenga con el amor. Gracias a ellos, cada día puede convertirse, en espíritu, en una “Jornada Mundial del Enfermo”
El Papa San Juan Pablo II pidió que este día especial de oración se celebrara anualmente en toda la Iglesia el 11 de febrero, festividad de Nuestra Señora de Lourdes. Lourdes, donde la Santísima Madre se apareció a Santa Bernardita Soubirous en 1858, se ha convertido en un lugar de sanación, consuelo y conversión para innumerables peregrinos. Al vincular la Jornada Mundial del Enfermo con esta festividad, la Iglesia pone a todos los que sufren en las manos maternales de María.
En su mensaje de 2026, el Papa León XIV ofrece una oración sencilla y confiada a Nuestra Señora:
“Dulce Madre, no te separes de mí. No apartes tu mirada de mí. Camina conmigo en todo momento y nunca me dejes solo/a.”
Que María, nuestra Santísima Madre y Salud de los Enfermos, acerque a nuestros queridos hermanos y hermanas enfermos, y a todos los que los cuidan, al Corazón de su Hijo. Que, inspirados por el llamado del Papa León XIV, nos convirtamos en verdaderos samaritanos, amando soportando el dolor del otro.
