Un mensaje del Obispo David M. O’Connell, C.M.
Le echo de menos cada día. Mi madre falleció hace tres años. Aún me cuesta creer que se me fue. Era una madre maravillosa que amaba a su esposo y familia sin ninguna reservación. Es lo que hacen las madres. El amor incondicional.
De nuevo llega el Día de la Madre y giramos nuestra atención a las mujeres que nos dieron vida, que nos cuidaban, que nos criaban y que nos han acompañado a pesar de todo. Nuestras madres son una bendición, un don de Dios. Merecen mucho más que un solo día en que las honramos. Les debemos una vida entera de gratitud y amor.
Aunque la muerte haya llevado a nuestras madres de algunos de nosotros, nuestra fe y recuerdos lo hacen imposible separarlas de nuestras vidas. Para nosotros que aún tenemos a sus madres en la vida, el Día de la Madre es una oportunidad preciosa para dejarles saber cuánto significan a nosotros. Somos sus hijas e hijos y siempre los seremos. Quienes somos – las personas que somos en cada momento de nuestra vida, seamos viejos o jóvenes – es un reflejo de su amor, sus sacrificios, su dirección, su presencia, sus sueños, sus esperanzas, su orgullo. ¿Habrá manera de recompensarlas por todo que han hacho, por todo que aún hacen para nosotros? Por supuesto que sabemos la respuesta a esa pregunta. También sabemos que nuestras madres nunca esperan ni anticipan ningún reembolso. Sus vidas nos son regalos duraderos, regalos que nunca dejan de brindar estén aquí o en el cielo.
Mi madre y yo conversábamos siempre, conversaciones muy memorables llenas de risas, de lágrimas, de consejo y ánimo, de perspectivas serviciales y correcciones constructivas, de ternura y confort y una atención amplia como si fuéramos las únicas personas del mundo. Yo todavía puedo escuchar su voz. Y ella hacía lo mismo con mis hermanos.
El Día de la Madre nos trae a la mente millones de memorias preciosas cada año, con algunas lágrimas tal vez, pero para muchos, con muchas risas más. Es lo que se supone que debe hacer este día.
Este Día de la Madre, que tengamos presente al amor de nuestras madres en pensamiento y oración. Si ella este en el cielo, reconozcamos que aún nos quiere desde su lugar con el Señor. Si todavía está con nosotros aquí, hagamos todo lo posible para dejarla saber lo tanto que es para nosotros. Se la entreguemos el corazón. Y entonces en eso, hagamos que cada día sea el Día de la Madre.
