La siguiente charla fue dada por el obispo David M. O’Connell, C.M., el 25 de febrero durante una reunión de Cuaresma de Sopa y Escritura con varias parroquias del norte del condado de Burlington.
Hoy quiero reflexionar con ustedes sobre un don que todo corazón humano anhela, especialmente en las últimas etapas de la vida: la paz.
No me refiero a la frágil paz que ofrece el mundo, que depende de las circunstancias, la salud, las finanzas o el comportamiento de los demás. Me refiero a la paz profunda, firme e inquebrantable que Cristo promete: la paz que “el mundo no puede dar” La Cuaresma es el tiempo perfecto para redescubrir esa paz.
La paz comienza en el corazón
En las Escrituras, la paz nunca es solo la ausencia de conflicto. Es la presencia de Dios. Cuando Jesús se aparece a sus discípulos después de la Resurrección, sus primeras palabras no son instrucciones ni advertencias. Son simplemente:
“La paz sea contigo.”
Él lo dice como un regalo: un regalo que fluye de su misma presencia.
Una de mis frases favoritas de los escritos atribuidos al Papa León XIV dice:
“La paz no es el silencio de las tormentas de la vida, sino la certeza de que Cristo está contigo en la barca”.
¿No es hermoso? Muchos de ustedes han superado las tormentas: enfermedades, pérdidas, problemas familiares, los dolores e incertidumbres del envejecimiento. Sin embargo, siguen aquí, fieles, orando. Esa es la paz de Cristo en acción.
La paz crece a través de la misericordia
La Cuaresma nos invita a mirar honestamente nuestras vidas, no para avergonzarnos, sino para liberarnos.
La paz no puede echar raíces en un corazón plagado de viejos resentimientos, arrepentimientos o heridas no expresadas.
El Papa León XIV escribió: “El alma que perdona se vuelve lo suficientemente ligera para que Dios la pueda llevar”.
Perdonar no es fácil, sobre todo cuando las heridas se remontan a décadas atrás. Pero perdonar no se trata de fingir que no pasó nada. Se trata de dejar que Dios te quite la carga para que tu corazón pueda respirar de nuevo.
Algunas de las personas más pacíficas que conozco son católicos mayores que han aprendido, lenta y dolorosamente, a soltar. Han descubierto que la paz no es algo que se busca, sino algo que se permite.
La paz es fuerza, no debilidad.
Nuestra cultura suele considerar la paz como algo pasivo, como si las personas pacíficas fueran simplemente calladas o tímidas. Pero el Evangelio nos muestra que la paz es una forma de valentía.
Jesús estaba en paz incluso frente a la cruz.
María estaba en paz incluso cuando no entendía el plan de Dios.
Los santos estaban en paz incluso cuando el mundo se oponía a ellos.
El Papa León XIV lo captó hermosamente: “El cristiano que vive en paz se convierte en un faro; las tormentas pueden rugir, pero la luz no parpadea”.
Amigos míos, su testimonio importa. Su presencia serena, su fe firme, sus años de oración: estos son faros para las generaciones más jóvenes que a menudo se sienten abrumadas por el ruido, la velocidad y la ansiedad.
Les demuestras que la paz es posible.
La paz es algo que compartimos
La paz nunca debe guardarse para nosotros. Cada sonrisa, cada palabra paciente, cada acto de bondad es una semilla de paz plantada en la vida de alguien más.
En sus parroquias, muchos de ustedes son quienes acogen a los recién llegados, rezan por los enfermos, consuela a los afligidos y animan a los desanimados. Son pacificadores en el sentido más cristiano.
Y Jesús nos dice: “Bienaventurados los que trabajan por la paz”.
No los que desean la paz.
No las observadoras de la paz.
Los que hacen la paz.
Incluso una presencia amable puede cambiar la atmósfera de una habitación. Incluso una breve oración puede ablandar un corazón endurecido. Incluso un simple plato de sopa compartido con amor puede ser un sacramento de paz.
La paz nos conduce hacia la vida eterna
A medida que envejecemos, nuestra perspectiva cambia. Empezamos a ver la vida con más claridad. Entendemos qué importa y qué no. Y empezamos a anhelar la paz que solo Dios puede dar: la paz del descanso eterno. Pero la paz eterna comienza ahora.
Cada momento de confianza, cada acto de misericordia, cada entrega silenciosa a Dios prepara nuestros corazones para la plenitud de la paz en su Reino.
El Papa León XIV lo expresó así: “El cielo es el florecimiento de cada pequeño acto de paz que plantamos en la tierra”.
Qué pensamiento tan esperanzador. Nada se desperdicia. Cada oración, cada generosidad, cada sacrificio se convierte en parte del jardín eterno que Dios está preparando para ti.
Queridos amigos, son una bendición para su parroquia. Su fe, sus historias, su perseverancia, su humor, su sabiduría: todo enriquece el Cuerpo de Cristo.
A medida que continuamos la Cuaresma, los invito a orar cada día: “Señor, haz de mi corazón un lugar donde tu paz pueda morar”.
Si oran así con sinceridad, Dios hará el resto. Que Cristo, el Príncipe de la Paz, llene sus corazones hoy y siempre.
Amen.
