Homilía para la peregrinación diocesana al santuario nacional

Fiesta de San Carlos Borromeo
July 29, 2019 at 12:37 p.m.
Homilía para la peregrinación diocesana al santuario nacional
Homilía para la peregrinación diocesana al santuario nacional

Bishop David M. O'Connell, C.M.

Me encanta predicar sobre los santos. Sus vidas me convencen que la santidad extraordinaria, la unión verdadera con el Señor Jesús, es posible para personas comunes – personas como nosotros. Hoy es la Fiesta de San Carlos Borromeo quien vivió en el siglo 16. Era el tercero de seis hijos de una familia rica y noble en Italia. Desde su niñez, la oración, las virtudes, y el servicio a la Iglesia y el Pueblo de Dios le llamaban a Carlos. Sintió un llamado especial a servir a los pobres. Cuando tenía 12 años, su tío le entregó una gran cantidad de dinero. SE quedó solo con lo necesario para cumplir con su educación para poder trabajar para la Iglesia; lo demás lo entregó a los pobres.

¿Qué es lo que lleva a una persona hacer algo como ese acto, especialmente a una edad tan joven? Se enamoró al Señor Jesús. Lo que a Jesús le encantaba, a quienes Jesús amaba, de la misma manera Carlos Borromeo amaba. Jesús amaba a los pobres. Jesús amaba a la Iglesia. Y también Carlos los amaba. Podríamos nosotros quedarnos en admirarlo solo por eso, pero Carlos no quedó en ese acto de generosidad. Él vivía su vida con un amor por Jesús, por su Iglesia por los pobres. Miraba por su alrededor y veía lo posible si el pueblo pudieran “unirse en Cristo”. Esa visión de la Iglesia se hizo su pasión, el espíritu que motivaría todo que haría en su vida y con su vida.

Nuestro Evangelio de hoy según San Lucas nos cuenta una historia, la parábola de Jesús sobre un banquete de una boda en que los invitados se lanzaban para sentarse en los lugares de honor en la mesa principal. A través de la historia, Jesús enseñó a sus seguidores a no buscar lugares de estatura sino a portarse humildemente, a asumir los lugares más humildes y dejar que el patrón les llamara a un lugar más prestigioso. Carlos Borromeo oyó y creía y vivía ese mensaje.

El hecho de ser de una familia noble le hubiera jalado a Carlos a buscar un lugar alto. No lo hizo. Hablaba con un impedimento; no era muy popular; después de que su padre falleció no era capaz de asumir las finanzas familiares. Sin embargo, su tío era un cardenal romano poderoso a quien luego conoceríamos  como el Papa Pío IV. Él veía algo especial en su sobrino y le llevó a Carlos a Roma, dándole un lugar de prestigio que nunca quería. El próximo año, cuando Carlos tenía 21 años, Carlos fue nombrado cardenal, con todo el honor e influencia que lleva el puesto. Decidió aprovechar de esa posición no por su propio beneficio sino para empezar a reformar a la Iglesia. Y es justamente lo que hizo. Se ordenó sacerdote y luego como obispo, escogiendo por su lema, “Humilitas,” o sea la humildad. El espíritu del Evangelio de hoy dirigió la obra de su vida. Y nos ofrece una lección importante a nosotros. La humildad – poner a Dios y los demás ante nosotros – cambia la manera que vemos al mundo y que vivimos. Nos cambia.

¿Por qué estoy tomando tanto tiempo para hablar sobre la historia de San Carlos Borromeo? No solamente porque me encanta predicar sobre los santos sino porque me encanta predicar sobre las cosas que a ellos les encantaban, sobre quienes amaban y sobre lo que ese amor puede hacer. Y les invito a ustedes hacer lo mismo.

Al voltearse aquí en el santuario, verán una pared de esculturas que se llama “el llamado universal a la santidad”. Si miran aquí de frente atrás de mí verán un mosaico gigante que se llama “el juicio de Cristo”. Entre esa pared y este mosaico, nosotros nos sentamos como peregrinos en este lugar sagrado. El llamado a la santidad está entregado a todos nosotros y nos lleva, en peregrinación, a ser humildes frente al Señor Jesús. Aunque todos estemos diferentes, jóvenes y viejos, hablando idiomas diferentes, de descendencias familiares diversas, llevando tristezas y alegrías diferentes en nuestros corazones, con otras oraciones y necesidades, en esta peregrinación y en nuestra diócesis, estamos “Unidos en Cristo”. Y, con la gracia de Dios, volvemos a casa “unidos en Cristo”.

 

Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, ruega por nosotros.

San Carlos Borromeo, ruega por nosotros.



Lee más sobre la peregrinación diocesana aquí.

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Me encanta predicar sobre los santos. Sus vidas me convencen que la santidad extraordinaria, la unión verdadera con el Señor Jesús, es posible para personas comunes – personas como nosotros. Hoy es la Fiesta de San Carlos Borromeo quien vivió en el siglo 16. Era el tercero de seis hijos de una familia rica y noble en Italia. Desde su niñez, la oración, las virtudes, y el servicio a la Iglesia y el Pueblo de Dios le llamaban a Carlos. Sintió un llamado especial a servir a los pobres. Cuando tenía 12 años, su tío le entregó una gran cantidad de dinero. SE quedó solo con lo necesario para cumplir con su educación para poder trabajar para la Iglesia; lo demás lo entregó a los pobres.

¿Qué es lo que lleva a una persona hacer algo como ese acto, especialmente a una edad tan joven? Se enamoró al Señor Jesús. Lo que a Jesús le encantaba, a quienes Jesús amaba, de la misma manera Carlos Borromeo amaba. Jesús amaba a los pobres. Jesús amaba a la Iglesia. Y también Carlos los amaba. Podríamos nosotros quedarnos en admirarlo solo por eso, pero Carlos no quedó en ese acto de generosidad. Él vivía su vida con un amor por Jesús, por su Iglesia por los pobres. Miraba por su alrededor y veía lo posible si el pueblo pudieran “unirse en Cristo”. Esa visión de la Iglesia se hizo su pasión, el espíritu que motivaría todo que haría en su vida y con su vida.

Nuestro Evangelio de hoy según San Lucas nos cuenta una historia, la parábola de Jesús sobre un banquete de una boda en que los invitados se lanzaban para sentarse en los lugares de honor en la mesa principal. A través de la historia, Jesús enseñó a sus seguidores a no buscar lugares de estatura sino a portarse humildemente, a asumir los lugares más humildes y dejar que el patrón les llamara a un lugar más prestigioso. Carlos Borromeo oyó y creía y vivía ese mensaje.

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¿Por qué estoy tomando tanto tiempo para hablar sobre la historia de San Carlos Borromeo? No solamente porque me encanta predicar sobre los santos sino porque me encanta predicar sobre las cosas que a ellos les encantaban, sobre quienes amaban y sobre lo que ese amor puede hacer. Y les invito a ustedes hacer lo mismo.

Al voltearse aquí en el santuario, verán una pared de esculturas que se llama “el llamado universal a la santidad”. Si miran aquí de frente atrás de mí verán un mosaico gigante que se llama “el juicio de Cristo”. Entre esa pared y este mosaico, nosotros nos sentamos como peregrinos en este lugar sagrado. El llamado a la santidad está entregado a todos nosotros y nos lleva, en peregrinación, a ser humildes frente al Señor Jesús. Aunque todos estemos diferentes, jóvenes y viejos, hablando idiomas diferentes, de descendencias familiares diversas, llevando tristezas y alegrías diferentes en nuestros corazones, con otras oraciones y necesidades, en esta peregrinación y en nuestra diócesis, estamos “Unidos en Cristo”. Y, con la gracia de Dios, volvemos a casa “unidos en Cristo”.

 

Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, ruega por nosotros.

San Carlos Borromeo, ruega por nosotros.



Lee más sobre la peregrinación diocesana aquí.

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