El amor salva vidas

Homilía del Obispo David M. O'Connell, C.M., de la Misa por la Vida, 2018
July 29, 2019 at 12:37 p.m.
El amor salva vidas
El amor salva vidas

Bishop David M. O'Connell, C.M.

La tragedia del aborto se ha repetido millones de veces en los últimos 45 años desde que la Corte Suprema de los Estados Unidos hizo su decisión transcendental, “Roe V. Wade”. Hoy, reconocemos el aniversario de esa decisión judicial tan equivocada con tristeza y lamento. Es un ejemplo del hecho que lo que es legal no siempre sea moral. No es opinión ni emoción que lo hace. Es la realidad fría y sobrante que lo que sea moral o ético no siempre esté apoyado como verdadero o correcto en los ojos judiciales. Las voces silenciadas de los más de 53 millones almas de en los Estados Unidos demuestran esto fuertemente.

Uno de los padres fundadores de nuestro país, Tomás Jefferson, declaró hace más de 200 años que “cuidar la vida humana y la felicidad y no su destrucción es el primero y único objetivo de buena gobernación (Discurso a los republicanos del condado de Washington, Maryland, 31 de marzo, 1809)”. La Corte Suprema en el 1973 no estuvo de acuerdo, por lo menos en cuanto la vida humana en el vientre. Los derechos inalienables a la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad, consagrados en los primeros párrafos de la Declaración de Independencia no son la decisión de ningún cuerpo judicial ni interpretación constitucional. Son derechos otorgados en cada alma de cada persona humana – nacida y no nacida – por el Creador. Se llaman derechos inalienables porque no se los debe, ni se los puede, quitar bajo ningún pretexto o disfraz de algunos otros derechos, reales ni imaginados. No se identifica a ningún pueblo civilizado por sus momentos más oscuros – como del caso de “Roe V. Wade” que es un ejemplo – sino por las aspiraciones más nobles de su razón, algo entregado por Dios.

Tristemente, somos un país dividido trágicamente entre el “derecho a la vida” o el “derecho a la opción”; entre personas que se declaran como “próvida” o “pro-opción”; entre una “cultura de vida” o una “cultura de muerte”. La Palabra de Dios hoy, en el Evangelio según San Marcos, nos recuerda muy claramente que “si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir”. En el Libro de Isaías, leemos: “Así dice el Señor: ‘El cielo es Mi trono y la tierra el estrado de Mis pies. ¿Dónde, pues, está la casa que podrían edificarme’”? ¿Una casa que honra esos derechos inalienables que yo, su Creador, les he dado o una casa construida sobre su destrucción? El Libro de Deuteronomio ya nos ofrece la respuesta de Dios: “Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando Su voz y allegándote a Él; porque eso es tu vida y la largura de tus días (Deuteronomio 30:19-20)”.

El viernes pasado, cientos de miles de personas de nuevo se unieron en el capital del país para protestar una decisión que es legal pero no moral, una decisión que está aceptada constitucionalmente pero que no tiene ninguna razón humanamente ni étnicamente. Los participantes representaron a cada religión, y algunos, a ninguna religión. El respeto por la vida humana, especialmente por los no-nacidos, fue su lema y su motivación, “El Amor Salva Vidas”. Para los cristianos presentes, Jesús fue su ejemplo, su inspiración, su convicción igual a nosotros aquí hoy. La Casa Estatal en Trenton nos queda mucho más cerca que Washington, D.C., pero ambas marchas, ambas demostraciones, son partes de un movimiento que construiría una casa unida encima de una fundación solida tan anciana como el Libro de Deuteronomio ni el Evangelio según San Marcos pero tan cercana como el corazón latiendo de un bebé en el vientre: escoge la vida… escoge el amor, el amor salva vidas.

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Uno de los padres fundadores de nuestro país, Tomás Jefferson, declaró hace más de 200 años que “cuidar la vida humana y la felicidad y no su destrucción es el primero y único objetivo de buena gobernación (Discurso a los republicanos del condado de Washington, Maryland, 31 de marzo, 1809)”. La Corte Suprema en el 1973 no estuvo de acuerdo, por lo menos en cuanto la vida humana en el vientre. Los derechos inalienables a la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad, consagrados en los primeros párrafos de la Declaración de Independencia no son la decisión de ningún cuerpo judicial ni interpretación constitucional. Son derechos otorgados en cada alma de cada persona humana – nacida y no nacida – por el Creador. Se llaman derechos inalienables porque no se los debe, ni se los puede, quitar bajo ningún pretexto o disfraz de algunos otros derechos, reales ni imaginados. No se identifica a ningún pueblo civilizado por sus momentos más oscuros – como del caso de “Roe V. Wade” que es un ejemplo – sino por las aspiraciones más nobles de su razón, algo entregado por Dios.

Tristemente, somos un país dividido trágicamente entre el “derecho a la vida” o el “derecho a la opción”; entre personas que se declaran como “próvida” o “pro-opción”; entre una “cultura de vida” o una “cultura de muerte”. La Palabra de Dios hoy, en el Evangelio según San Marcos, nos recuerda muy claramente que “si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir”. En el Libro de Isaías, leemos: “Así dice el Señor: ‘El cielo es Mi trono y la tierra el estrado de Mis pies. ¿Dónde, pues, está la casa que podrían edificarme’”? ¿Una casa que honra esos derechos inalienables que yo, su Creador, les he dado o una casa construida sobre su destrucción? El Libro de Deuteronomio ya nos ofrece la respuesta de Dios: “Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando Su voz y allegándote a Él; porque eso es tu vida y la largura de tus días (Deuteronomio 30:19-20)”.

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