Pie de foto superior: Vitral en la Catedral de Santa María de la Asunción, Trenton. Foto de archivo de The Monitor.
Por Obispo David M. O’Connell, C.M.
La solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María a los cielos se celebra este año el sábado 15 de agosto y, aunque en esta ocasión NO es día de precepto, sigue siendo una fiesta Mariana de gran importancia que debe honrarse y conmemorarse como un día sagrado. En la Diócesis de Trenton, María Reina de la Asunción es nuestra patrona diocesana y da nombre a nuestra catedral. Permítanme compartir con ustedes algunas reflexiones sobre esta solemne festividad.
La Santísima Virgen María es la Madre del Señor Jesucristo y, como tal, posee el título y la identidad de “Madre de Dios”. A lo largo de la historia de la Iglesia, María ha gozado de un lugar singular de honor y preeminencia en la comunión de los santos. Elegida por Dios para ser la madre de su Hijo unigénito, María fue “concebida inmaculadamente” —es decir, concebida en el seno de su propia madre sin la mancha del pecado original— y “llena de gracia”, tal como anunció el ángel Gabriel cuando ella, a su vez, concibió al Señor Jesús (Lucas 1, 28).
Asimismo, debido a su relación única y privilegiada con el Señor Jesucristo, fue asunta en cuerpo y alma al cielo al terminar su vida terrenal. Estas dos convicciones de fe íntimamente relacionadas —la Inmaculada Concepción y la Asunción—, proclamadas y sostenidas definitivamente por la Iglesia, merecen comprensiblemente un reconocimiento y una observancia especiales por parte de esta, los días 8 de diciembre y 15 de agosto, respectivamente.
La doctrina de la Asunción de la Santísima Virgen María a los cielos fue definida y declarada “dogma divinamente revelado” (es decir, infalible e indudable) por el papa Pío XII en su constitución apostólica *Munificentissimus Deus* (1 de noviembre de 1950).
¿Realmente murió Maria?
Ni las Escrituras ni la tradición de la Iglesia, incluida la declaración del Papa Pío XII, responden explícitamente a esa pregunta. Sin embargo, a lo largo de los siglos, la mayoría de los santos y teólogos católicos han sostenido que ella, de hecho, murió; no como consecuencia de ningún pecado original o humano —del cual estuvo exenta de manera única—, sino en conformidad con la experiencia de su Hijo, Jesús, quien murió. El Papa San Juan Pablo II explicó: “puesto que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario respecto a su Madre… la Madre no es superior al Hijo, que pasó por la muerte” (Audiencia general, 25 de junio de 1997, 2-3).
¿Cuál es el significado de “Asunción”?
Dicho de la manera más sencilla —aunque la realidad dista mucho de ser fácil de comprender mediante la sola razón—, “la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial” (Papa Pío XII, *Munificentissimus Deus*, 44). Es importante señalar que, a diferencia de lo ocurrido con Jesús, su Hijo, la enseñanza de la Iglesia no utiliza los términos “resurrección” o “ascensión” para definir o describir la “asunción” de María. Ella no fue “resucitada de entre los muertos” ni “devuelta a la vida” en la tierra, ni “ascendió al cielo por su propio poder”. María fue “asunta al cielo, en cuerpo y alma”, por Dios al final de su vida terrenal.
¿Se encuentra la doctrina de la Asunción de la Santísima Virgen María en las Escrituras?
Sí y no. No existe en la Biblia ningún texto explícito que se refiera específicamente a la Asunción de María; sin embargo, allí se encuentran precedentes de tal “asunción” en los casos de Enoc —patriarca del Antiguo Testamento— y del profeta Elías, ambos hombres santos de la historia de Israel que fueron llevados por Dios al cielo.
Al reflexionar sobre el papel singular de María en la historia de la salvación y su unión perfecta con su Hijo, la Iglesia primitiva sostuvo la creencia en su Asunción, fundamentada en la fe de que ella finalmente participó de la gloria de Él. Después de todo, ella estuvo presente en su encarnación y nacimiento; estuvo con José en el Templo de Jerusalén; estuvo presente a lo largo de su “vida oculta”, en el primer milagro de Caná y en momentos significativos de su ministerio público; estuvo presente en su crucifixión —momento en que fue confiada al cuidado de Juan, el discípulo amado— y en los inicios de la Iglesia. Ella podía decir verdaderamente de Jesús: “este es mi cuerpo, esta es mi sangre”.
A lo largo de los siglos, los estudiosos de las Escrituras también han destacado diversos temas bíblicos que respaldan la creencia de la Iglesia en la Asunción de María. Grandes obras del arte cristiano representan la muerte o “dormición” de María, así como su traslado —en cuerpo y alma— al cielo. La fe en la Asunción de María cuenta con un sólido fundamento a lo largo de la historia de la Iglesia.
¿Qué significado tiene para nosotros la Asunción de María?
La Asunción de María anticipa nuestra unión definitiva con Cristo. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) afirma:
“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada por el Señor como Reina de todo, para ser más plenamente conformada a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte”. La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos (CIC, 966).
La Asunción de María es un “tipo” de la Iglesia y un modelo para todos los cristianos. El Concilio Vaticano II nos recordó:
En virtud del don y de la función de su maternidad divina, por la que está unida a su Hijo Redentor, y de sus gracias y funciones singulares, la Santísima Virgen está también íntimamente unida a la Iglesia. Como enseñó san Ambrosio, la Madre de Dios es figura de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo. Pues en el misterio de la Iglesia, que con razón es llamada también madre y virgen, la Santísima Virgen sobresale de manera eminente y singular como modelo de virgen y de madre (Constitución dogmática sobre la Iglesia, *Lumen Gentium*, 63).
María es ejemplo y maestra de oración. En su exhortación apostólica *Marialis Cultus*, el beato Papa Pablo VI observó:
… la última descripción de la vida de María la presenta en oración. Los apóstoles “perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres, incluida María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hch 1, 4). Aquí tenemos la presencia orante de María en la Iglesia primitiva y en la Iglesia a través de los siglos, pues, habiendo sido asunta al cielo, no ha abandonado su misión de intercesión y salvación (Papa Pablo VI, exhortación apostólica *Marialis Cultus*, 2 de febrero de 1974, 18).
La Asunción de María nos enseña confianza y esperanza. San Juan Pablo II predicaba que, para alcanzar el éxito en nuestros propósitos, debemos encomendarnos siempre a la Santísima Virgen María, pero especialmente en los momentos de dificultad y oscuridad. Él escribió:
De María aprendemos a abandonarnos a la voluntad de Dios en todas las cosas. De María aprendemos a confiar incluso cuando toda esperanza parece perdida. De María aprendemos a amar a Cristo, su Hijo y el Hijo de Dios… Aprended de ella a ser siempre fieles, a confiar en que la Palabra de Dios dirigida a vosotros se cumplirá y en que nada es imposible para Dios (Papa Juan Pablo II, homilía en Washington D. C., 6 de octubre de 1979).
La Asunción de María nos muestra nuestro destino en Cristo. San Juan Pablo II afirmó:
En ella, asunta al cielo, se nos muestra el destino eterno que nos aguarda más allá del misterio de la muerte: un destino de felicidad plena en la gloria divina. Esta visión sobrenatural sostiene nuestra peregrinación cotidiana. María nos enseña sobre la vida. Al contemplarla, comprendemos mejor el valor relativo de la grandeza terrenal y el sentido pleno de nuestra vocación cristiana (Papa Juan Pablo II, homilía en la Basílica de San Pedro, Roma, 15 de agosto de 1997).
La Asunción de María revela el poder del amor. El Papa San Juan Pablo II proclamó:
Elevada al cielo, María nos muestra el camino hacia Dios, el camino hacia el cielo, el camino hacia la vida. Se lo muestra a sus hijos bautizados en Cristo y a todas las personas de buena voluntad. Abre este camino especialmente a los pequeños y a los pobres, aquellos que son queridos por la misericordia divina. La Reina del mundo revela a las personas y a las naciones el poder del amor de Dios, cuyo plan trastorna el de los soberbios, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos (cf. Lucas 1, 51-53) (Papa Juan Pablo II, Homilía en la Basílica de San Pedro, Roma, 15 de agosto de 1999).
La Asunción de María nos dice que la muerte no es el final. El Papa San Juan Pablo II explicó:
La Asunción de María es un acontecimiento que nos concierne precisamente porque todo ser humano está destinado a morir. Pero la muerte no es la última palabra. La muerte —nos asegura el misterio de la Asunción de la Virgen— es el paso a la vida, el encuentro con el Amor. Es el paso a la felicidad eterna reservada para aquellos que trabajan por la verdad y la justicia y se esfuerzan al máximo por seguir a Cristo (Papa Juan Pablo II, Homilía en la Basílica de San Pedro, Roma, 15 de agosto de 2001).
La Asunción de María culmina su obra en la tierra y nos invita a unirnos a ella en la eternidad. En 2017, el Papa Francisco se dirigió a 20,000 peregrinos en la Plaza de San Pedro durante la solemnidad de la Asunción:
… ella nos aporta una nueva capacidad para superar con fe los momentos más dolorosos y difíciles; nos aporta la capacidad de la misericordia, de perdonarnos, comprendernos y apoyarnos mutuamente. … Le pedimos que nos guarde y nos sostenga para que tengamos una fe fuerte, alegre y misericordiosa. Que nos ayude a ser santos, para que podamos encontrarnos con ella, un día, en el Cielo (Papa Francisco, Ángelus, 15 de agosto de 2017).
La solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María es, en efecto, más que una simple obligación para los católicos. Es una verdad de nuestra fe rica y llena de sentido, tanto que nos sentimos impulsados a celebrarla independientemente de su carácter obligatorio según el derecho de la Iglesia. Cada fiesta de la Santísima Virgen María en el calendario litúrgico nos acerca más a Cristo, su Hijo, gracias a su unión maternal con Él.
San Bernardo de Claraval lo expresó maravillosamente:
En los peligros, en las dudas, en las dificultades, piensa en María, invoca a María. Con ella como guía, nunca te extraviarás; al invocarla, nunca perderás el ánimo; mientras ella esté en tu mente, estarás a salvo del engaño; mientras ella te sostenga de la mano, no podrás caer; bajo su protección no tienes nada que temer; si ella camina delante de ti, no te fatigarás; si ella te favorece, alcanzarás la meta.
Que María, Madre de Dios, Madre de la Iglesia, Patrona de la Diócesis, asunta al Cielo, ruegue por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. ¡Amén!
