Desde la ventana de la oficina del obispo O’Connell en la Cancillería de la Diócesis de Trenton, las banderas de los Estados Unidos y de la Santa Sede ondean lado a lado, reflejando el camino compartido de la fe y la libertad. Foto de Ryan Larason.
Por Obispo David M. O’Connell, C.M.
Fuera de la ventana de mi despacho en la Cancillería, dos banderas se alzan y descienden juntas al compás de la misma brisa: la “Barras y Estrellas” de los Estados Unidos de América y el estandarte amarillo y blanco de la Santa Sede. Sus colores captan la luz matutina de maneras distintas; sin embargo, se mueven con un ritmo compartido, recordándome que la historia de esta nación y la historia de la Iglesia —si bien la Iglesia es mucho más antigua— se han desarrollado, desde hace mucho tiempo, una junto a la otra.
Esa sencilla imagen cotidiana se ha convertido, a menudo, en una silenciosa meditación para mí. Los valores que celebramos como estadounidenses —la libertad, la justicia, la solidaridad y la búsqueda del bien común— encuentran una profunda resonancia en las verdades de nuestra fe católica. Mientras nuestro país conmemora su 250 aniversario, esas dos banderas nos invitan a reflexionar sobre cómo estos ideales han moldeado tanto nuestra identidad nacional como nuestra vocación cristiana.
Nuestra nación nació de una firme convicción: que todo ser humano posee una dignidad inherente otorgada no por reyes ni gobiernos, sino por el Creador. Esta verdad, tan fundamental en la Declaración de Independencia, resuena profundamente con la enseñanza de la Iglesia sobre la dignidad de la persona humana.
Los católicos han reconocido desde hace mucho tiempo en los principios fundacionales de Estados Unidos un horizonte moral que apunta más allá de la política hacia algo trascendente. Los fundadores de nuestra nación —imperfectos, ciertamente, y limitados por los puntos ciegos de su época— comprendieron que la libertad no es meramente la capacidad de elegir, sino que conlleva la responsabilidad de elegir aquello que es correcto, bueno, verdadero y justo. Por esta razón, la Iglesia ha afirmado de manera constante la promesa de Estados Unidos: no como un logro consumado, sino como una vocación permanente.
Desde los primeros días de la República, los católicos han contribuido al crecimiento y desarrollo de la nación. Las familias inmigrantes que llegaron con poco más que esperanza encontraron en Estados Unidos un lugar donde la fe podía florecer. Construyeron hogares, parroquias, escuelas, hospitales e instituciones benéficas que se convirtieron en pilares de la vida comunitaria.
Los católicos han servido en el Congreso y en el campo de batalla, en las aulas y en los sindicatos, en los tribunales y en los tranquilos rincones de los salones parroquiales, donde se alimentaba a los hambrientos y se consolaba a los afligidos. Su testimonio ha reflejado las virtudes teologales: la fe de que Dios guía la historia, la esperanza de que el mañana puede ser mejor que el hoy, y la caridad que ve a Cristo en cada prójimo. Estas virtudes no convirtieron a los católicos —ni, de hecho, a los cristianos y a las personas de fe en general— en ajenos a la historia estadounidense; por el contrario, los convirtieron en colaboradores indispensables de ella.
Las dos banderas que veo fuera de mi ventana me recuerdan cada día que nuestra Iglesia y nuestra nación comparten un vocabulario moral común. La enseñanza católica y los ideales estadounidenses confluyen de varias maneras importantes.
Compartimos un compromiso con la libertad ordenada. La libertad estadounidense no es mera licencia; en su mejor expresión, se orienta hacia el bien común. Esta concepción armoniza con la enseñanza de la Iglesia de que la auténtica libertad se halla en la verdad y la virtud.
La promesa de “libertad y justicia para todos” se hace eco del llamado bíblico a defender a la viuda, al huérfano y al extranjero. La enseñanza católica nos recuerda que la justicia no es opcional; es una medida de la salud moral de una sociedad.
El ideal estadounidense de E pluribus unum —“de muchos, uno”— armoniza con la enseñanza de la Iglesia sobre la solidaridad, la convicción de que somos responsables los unos de los otros y estamos unidos por una humanidad común.
Asimismo, tanto la tradición constitucional estadounidense como la enseñanza social católica reconocen que la sociedad debe orientarse hacia el bien común, permitiendo que todas las personas prosperen. En este sentido, la responsabilidad cívica y el discipulado cristiano —si bien distintos en su propósito— pueden reforzarse mutuamente.
Los aniversarios invitan a la gratitud, pero también invitan al examen de conciencia. Los Estados Unidos de América han logrado mucho a lo largo de los últimos 250 años; sin embargo, la labor de la libertad, la justicia, la paz y la reconciliación permanece inconclusa.
Damos gracias por las bendiciones de la historia de nuestra nación, al tiempo que reconocemos sus fracasos e injusticias. La promesa de que todas las personas son creadas iguales no siempre se ha extendido por igual a todos. Sin embargo, la historia estadounidense es, en parte, la historia de un esfuerzo continuo por alinear nuestras leyes, instituciones y cultura más estrechamente con esa verdad perdurable. La gratitud y la honestidad van de la mano, pues el patriotismo genuino se fortalece —y no se debilita— gracias a la disposición a aprender del pasado.
La Iglesia nos llama a afrontar las heridas que aún marcan nuestra vida nacional: las divisiones que fracturan a las comunidades; las desigualdades económicas que agobian a las familias; las amenazas a la vida y la dignidad humanas en cada etapa, desde la concepción hasta la muerte natural; la erosión del diálogo civil; y la tentación de replegarnos en el miedo, el resentimiento o el cinismo.
Sin embargo, los católicos no afrontan estos desafíos con desesperanza. Los afrontamos con la esperanza que nace del Evangelio y con la confianza de que la gracia de Dios puede transformar corazones, comunidades e incluso naciones.
Al mirar hacia los próximos 250 años, la Iglesia ofrece una visión arraigada en Cristo y orientada hacia el florecimiento de todos:
• Una nación donde cada vida humana es valorada y protegida, desde la concepción hasta la muerte natural.
• Una sociedad donde el matrimonio y las familias son apoyados y fortalecidos.
• Una cultura donde la verdad es honrada y la libertad es salvaguardada.
• Un pueblo comprometido con la paz, la justicia y la administración responsable de la creación.
• Un país donde la fe no es relegada a los márgenes, sino que contribuye a la renovación de la vida cívica.
Esta no es una visión partidista. Es una visión profundamente católica y profundamente estadounidense. En efecto: lo mejor de los ideales de nuestra nación y las verdades perdurables de nuestra fe no tienen por qué oponerse; pueden enriquecerse —y de hecho se enriquecen— mutuamente.
Mientras las dos banderas que ondean fuera de mi ventana suben y bajan al compás de la misma brisa, me recuerdan que la historia de nuestra nación aún se está escribiendo. La Iglesia, junto con todas las personas de buena voluntad, tiene un papel vital en la configuración de su próximo capítulo: a través del servicio, del testimonio y de la oración por nuestro país y por todos aquellos que lo consideran su hogar.
Al celebrar su 250.º aniversario, que Dios bendiga a los Estados Unidos de América. Que Dios guíe a nuestros líderes, proteja a nuestro pueblo y fortalezca nuestro compromiso con las virtudes que ennoblecen tanto nuestra vida cívica como nuestra vida de fe. Y que el Espíritu Santo nos inspire a construir un futuro digno de la dignidad con la que nuestro Creador ha dotado a cada persona humana, para que esta nación pueda seguir siendo un faro de esperanza, libertad, justicia y paz para las generaciones venideras. Y que María, nuestra Madre Inmaculada y patrona de América, nos conduzca cada vez más cerca del Sagrado Corazón de su Hijo.
