Pie de foto superior: El papa León XIV —el excardenal Robert F. Prevost— saluda a la multitud en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, tras su elección como papa el 8 de mayo de 2025. El nuevo pontífice nació en Chicago. Foto de CNS/Vatican Media.
Un mensaje del obispo David M. O’Connell, C.M.
En los últimos días, muchos de los fieles de la Diócesis se han dirigido a mí como Obispo y Pastor de la Iglesia local con preocupación, confusión, tristeza y, en algunos casos, incluso con enojo, a raíz de los comentarios públicos realizados por el presidente Donald Trump acerca de nuestro Santo Padre, el Papa León XIV, así como de la mesurada respuesta del Santo Padre. Momentos como estos pueden inquietar los corazones, especialmente cuando la unidad de la Iglesia y la dignidad de su misión parecen verse arrastradas hacia la turbulencia del discurso político.
Al mismo tiempo, nuestro mundo se ve sacudido por la guerra en curso en Irán, un conflicto urgente que ya se ha cobrado vidas humanas y amenaza con desestabilizar a toda una región. En medio de tal sufrimiento, la misión de la Iglesia permanece clara: proclamar la paz, defender la dignidad humana y guiar a los fieles con confianza en tiempos de incertidumbre.
Como su Obispo y Pastor, ofrezco claridad, consuelo y un llamado a un testimonio cristiano más profundo.
La misión de la Iglesia no depende de la aprobación política.
La misión de la Iglesia católica no depende de la aprobación política ni del consenso cultural. Ha sobrevivido a emperadores, reyes, presidentes, revoluciones, persecuciones y convulsiones culturales, y soporta tanto la alabanza como el escarnio. A través de todo ello, su misión permanece inalterable: proclamar a Jesucristo, defender la dignidad de toda persona humana y guiar a las almas hacia la salvación. Precisamente por esta razón, la Iglesia no se identifica con ninguna comunidad política ni está vinculada a ningún sistema político; más bien, permanece como signo y salvaguarda de la dignidad trascendente de la persona humana.
Por tanto, cuando cualquier figura pública independientemente de su cargo o influencia— se pronuncia críticamente sobre el Santo Padre, ello no menoscaba la autoridad confiada al Sucesor de Pedro, ni exime a la Iglesia de su responsabilidad de proclamar la verdad en la caridad, especialmente cuando dicha verdad desafía a intereses poderosos. Es más, la propia Iglesia goza de una verdadera libertad para predicar la fe, enseñar su doctrina social y emitir juicios morales cuando así lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas.
La respuesta del Santo Padre: humildad, claridad y solicitud pastoral.
La respuesta del Santo Padre a las recientes críticas ha reflejado cualidades que han marcado su pontificado: humildad, claridad y una genuina preocupación pastoral. No devolvió insulto por insulto, ni permitió verse arrastrado hacia el tono combativo tan a menudo presente en la vida pública.
En cambio, reafirmó la enseñanza de la Iglesia, enfatizó la necesidad de un liderazgo moral arraigado en el Evangelio e invitó a todas las personas incluidos los líderes de las naciones a un renovado compromiso con la paz, la justicia, la compasión y el bien común. Este es el camino de Cristo: corregir sin humillar, interpelar sin condenar y llamar a cada persona a la conversión.
La guerra nunca es moralmente neutra: dignidad, guerra justa y la búsqueda de la paz.
La guerra en Irán pesa gravemente sobre la conciencia de la Iglesia universal. La enseñanza moral católica ofrece principios que nos ayudan a comprender cómo responder con verdad y caridad:
- La dignidad de toda vida humana. Toda persona sea papa o presidente, soldado o civil, estadounidense, israelí, iraní y todos los pueblos ha sido creada a imagen de Dios. La pérdida de vidas y el sufrimiento de los inocentes son tragedias que exigen oración, solidaridad y claridad moral.
- La enseñanza de la Iglesia sobre la “guerra justa”. La Iglesia no promueve la guerra; más bien, la legítima defensa exige condiciones morales estrictas. Incluso en la guerra, la ley moral sigue siendo vinculante: “El mero hecho de que la guerra haya estallado lamentablemente no significa que todo se vuelva lícito entre las partes beligerantes”. La legítima defensa exige también una rigurosa evaluación moral de los daños causados, de la inviabilidad de otros medios, de las serias perspectivas de éxito y de la exigencia de que el uso de las armas no produzca males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar; juicios estos confiados a quienes tienen la responsabilidad del bien común.
- La paz es más que la ausencia de violencia. La verdadera paz no es meramente “la ausencia de guerra”, sino un compromiso incansable de reconocer, proteger y restaurar la dignidad de aquellos que son vulnerables y olvidados. Por consiguiente, la paz debe buscarse a través de la justicia, el diálogo y esfuerzos concretos para proteger la dignidad de la persona.
- Solidaridad y oración. Los católicos están llamados a solidarizarse con quienes sufren: a apoyar los esfuerzos humanitarios, abogar por la paz y rezar por aquellos atrapados en la violencia.
En todo esto, la Iglesia no toma partido en las luchas políticas partidistas. Se pone del lado de los seres humanos, especialmente de los vulnerables, y busca el bien de todos.
Decir la verdad con respeto — y rechazar las tentaciones partidistas
Como católicos, debemos resistir la tentación de ver a la Iglesia a través del prisma de la política partidista. El Papa no es un rival político; es el padre espiritual de la Iglesia universal. Las críticas duras o despectivas hieren no solo a la persona del Papa, sino también la unidad de los creyentes, y oscurecen el testimonio de la Iglesia.
Al mismo tiempo, nuestra unidad como católicos no significa silencio ante la verdad moral. La Iglesia nos llama a decir la verdad con conocimiento de lo que ella enseña y del porqué —y siempre con respeto, especialmente al defender al Santo Padre y la fe.
Todo funcionario público tiene la responsabilidad de liderar con integridad, prudencia y respeto por las instituciones que sirven al bien común. Cuando surgen desacuerdos entre los líderes civiles y la Iglesia, estos deben abordarse con seriedad y respeto mutuo, en lugar de recurrir a un lenguaje incendiario.
La Iglesia reza por quienes gobiernan incluidos los líderes de todos los países y continuará también hablando con audacia y valentía cuando la verdad moral esté en juego. Estas dos responsabilidades no se oponen; van unidas, pues la caridad no significa comprometer la justicia, y la fidelidad a la oración no implica abandonar el deber de decir la verdad.
Invitación pastoral
En este momento actual de preocupación mundial, invito a cada católico de nuestra Diócesis a rezar por:
- Por nuestro Santo Padre, el Papa León XIV, para que el Espíritu Santo lo fortalezca con sabiduría y valentía;
- Por el presidente Donald Trump, para que sea guiado por la verdad, la sabiduría, la justicia y un compromiso genuino con el bien común;
- Que Dios proteja y brinde alivio a todos aquellos que sufren a causa de la guerra, especialmente a los inocentes.
- Por los líderes mundiales, para que busquen la paz con sinceridad y determinación.
- Por nuestra nación, para que resistamos la división y redescubramos la dignidad del diálogo respetuoso;
- La Iglesia, para que permanezcamos unidos en la fe, la esperanza y la caridad.
Recuerden: nuestra unidad como Iglesia y como Diócesis no se fundamenta en la alineación política, sino en nuestra identidad compartida como discípulos de Jesucristo.
Comparto la preocupación por lo que el presidente Trump dijo acerca del papa León XIV, así como por la manera en que lo expresó. No me agrada, ni tampoco creo que sea cierto. Esos comentarios nos recuerdan que la voz de la Iglesia no siempre es bien recibida, pero que debe permanecer siempre fiel. El papa León XIV nos ha ofrecido un ejemplo de liderazgo sereno y basado en principios. Debemos seguir ese ejemplo respondiendo no con ira ni con miedo, sino con una fe inquebrantable y un compromiso renovado con el Evangelio.
Que el Señor nos conceda paz, sabiduría y unidad en los días venideros.
