Una reflexión del Obispo David M. O’Connell, C.M., sobre María en su mes de mayo
Amar a María, la beata Madre del Señor Jesucristo, es tan natural a los cristianos como es amar a nuestras propias madres. Después de todo, María es la Madre del Señor y él es, al mismo momento, nuestro Salvador y nuestro hermano. “Nunca honramos más a Jesús que cuando honramos a su Madre y La honramos simplemente y únicamente para honrar más a Él más perfectamente (San Luis-Maríe Montfort)”. Le adoramos como Dios. La amamos como Su Madre.
Actualmente, el beato papa Pablo VI nos anima. Él escribe: “María sigue siempre como el camino que nos lleva a Cristo. Cada encuentro que tenemos con ella solo puede resultar en un encuentro con Cristo mismo”. Esta experiencia es tan natural porque tiene toda la razón.
La cristiandad ha amado a María desde los últimos momentos del Señor Jesús en la Cruz cuando dijo a Juan: “’Ahí tienes a tu madre.’ Desde ese momento, el discípulo se la llevó a su casa (Juan 19:27).” Y eso hacía. Y también nosotros. María era el regalo más precioso, más perfecto, a Jesús, y el regalo más precioso, más perfecto, de Jesús a la Iglesia.
La Iglesia aparta al mes entero de mayo para la devoción amorosa de María la Madre de Dios hace siglos. Ya terminó las tinieblas del invierno, florecen las flores hermosas, el Tiempo de la Pascua está en marcha y nueva vida nos rodea. ¿Cuál mejor momento para honrar y elevar a la persona que Dios nos brindó porque Ella nos dio a su Hijo – la Luz del Mundo, la Fuente de toda Hermosura y bondad y Verdad, la Novedad y Plenitud de la Vida. María es la Madre de Dios y, como proclamó el Segundo Concilio Vaticano, ella es la “Madre de la Iglesia”.
El amor de una madre es incondicional y total. Así que es totalmente natural que nosotros devolvamos ese amor con la devoción verdadera. “Si pusiéramos todo el amor de todas las madres en un corazón, aún no alcanzaría al amor del corazón de María por sus hijos (San Luis-Marie Monfort)”.
Y entonces, nosotros le rogamos desde las partes más profundas de nuestro ser en todos los momentos de nuestras vidas: “María, la Madre de Jesús, por favor sea una madre a mí ahora (Santa Teresa de Calcuta).” Y, “Si estén en peligro, si tengan corazones confusos, miremos a María. Ella es nuestro confort, nuestro apoyo. Girarse a ella y se salvarán (San Francisco Javier Cabrini)”.
