Una reflexión del Obispo David M. O’Connell, C.M., para Pentecostés
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado (Romanos 5: 5)”.
El Tiempo de Pascua termina mientras la Iglesia celebra la Solemnidad de Pentecostés, tradicionalmente llamada “el cumpleaños de la Iglesia”. Antes de volver a su Padre, Jesús prometió en el Evangelio según San Juan que mandaría al Espíritu Santo a quienes creyeran en él (Juan 7: 39); que le pediría al Padre darnos a otro, el Consolador, para estar con nosotros siempre – el Espíritu de Verdad (Juan 14: 16-17); que no nos dejaría como huérfanos: “Vendré a ustedes(Juan 14: 18)”, que cuando venga el Espíritu, “los guiará a toda la verdad (Juan 16: 13)”. Como vemos en el Evangelio según San Mateo mientras Jesús ascendiera al cielo, proclamó “¡Recuerden! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo(Mateo 28: 20)”.
El nacimiento de la Iglesia en Pentecostés, anunciado por Pedro en Hechos de los Apóstoles (2: 14-36) y celebrado litúrgicamente 50 días después de Pascua, es el cumplir de las promesas de Jesús y nosotros somos los beneficiarios eternos de ellas. El Espíritu Santo, quien procede de y unida al Padre e Hijo como profesamos cada domingo en el Credo, nos da dones y poderes espirituales para vivir la vida cristiana de la fe. El Sacramento de Confirmación es verdaderamente nuestro propio Pentecostés, la ocasión en que los católicos celebramos nuestra posesión de esos dones y poderes. Solo se puede recibir el Sacramento una vez pero sus efectos duran toda una vida entera.
La sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios – estos son “los siete dones” que nos ofrece el Espíritu Santo. Los “doce frutos” del Espíritu Santo, enumerados en la Carta a los Efesios (5:22-23) – Caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, y castidad – son los poderes que comparte el Espíritu Santo para vivir la vida cristiana.
Leemos en Hechos de los Apóstoles: “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban [los Apóstoles] todos juntos en un mismo lugar, y de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa donde estaban sentados. Se les aparecieron lenguas como de fuego que, repartiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba habilidad para expresarse (Hechos de los Apóstoles 2: 1-4)”. ¡Tenía que ser todo un espectáculo ver esa escena!
El Espíritu Santo aún hace que se siente la presencia de Dios en la Iglesia en todos los momentos de nuestras vidas, dándonos sus dones, fortaleciendo la comunidad de fe. Pentecostés es una experiencia de por siempre que nos alcanza profundamente, guiándonos a “toda Verdad” mientras caminamos por la vida. Todavía cantamos y rezamos “Ven Santo Espíritu” porque el Espíritu nos invita a mantener nuestros corazones y mentes disponibles para poder discernir los movimientos de Dios en lo que pensamos, lo que buscamos y esperamos, lo que logramos, y en cómo vivimos y amamos en este mundo. Al reflexionar sobre Pentecostés, quienes “nacimos en el Espíritu” nos damos cuenta que – al igual a los Apóstoles en el Aposento – “el viento sopla por donde quiere (Juan 3:8)”.
En este “cumpleaños de la Iglesia”, Pentecostés, debemos dar las gracias por los dones del Espíritu Santo y debemos luchar de mostrar cada día para siempre “el amor de Dios derramado en nuestros corazones”.
