El Obispo David M. O’Connell, C.M., en la Catedral Santa María de la Asunción, Trenton
Unos cincuenta años después de su propia ordenación, el papa San Juan Pablo II describió al sacerdocio como “don y misterio”. Les ofrezco estas palabras a ustedes esta mañana, James, Michael, Christopher, Nicholas, como un prisma en que vemos la vida y la misión que ustedes prenden a través del momento en que les pongo mis manos como el Sucesor de los Apóstoles y rezamos la oración consagratoria.
El don del sacerdocio se les entrega Dios y la Iglesia para santificarse a ustedes y al Pueblo de Dios a quien se les entregan a ustedes Dios y la Iglesia.
Ustedes han sido escogidos para este don, de todas las otras cosas a que se pudieran dedicar en este mundo, porque Dios quería que ustedes recibieran este don. Crean eso con cada fiebre de su ser: con la convicción de sus mentes; con la palpitación de sus corazones; con la profundidad de sus almas. Las palabras con que la Iglesia les dirige hoy les confirmarán a ustedes… y a todos nosotros. Hay que escucharlas y hacerlas propias porque ellas, también, son un don que les guiarán en todo que harán.
El don que ustedes reciben hoy le traerá al Dios del cielo y la tierra al altar, al pan y vino en sus manos; guiará la conciencia de las personas que oyen sus palabras y mirarán sus ejemplos; crearán creyentes de las personas que dudan y fortalecerán la fe de las personas que no creen; perdonarán los pecados de las personas cuando fallan; sanarán a los enfermos y, cuando les llega la hora, les acompañarán a la puerta del cielo; enseñarán cómo rezar y buscar la santidad a otros. El don que reciben hoy revelará la verdad de la Palabra de Dios a través de lo que ustedes predican; de cómo tienen la misericordia para las personas que no la ganan ni la merecen; de cómo restauran la esperanza y la justicia para los desesperados y abandonados; de cómo guían a ustedes a aconsejar, buscar y salvar a quienes se sienten perdidos; de cómo llevan luz a los lugares en tinieblas; transformarán al tiempo a eternidad mientras ustedes reflejan el rostro de Cristo quien vino para servir y no ser servido. Harán todo esto, aun y cuando fallan en el camino, gracias al don que reciben hoy en amor – un don que ustedes aceptan con humildad, no merecidos, al igual de nosotros, sus hermanos quienes lo hemos aceptado antes – solo para compartirlo con los demás.
Y aquí está el misterio del sacerdocio. ¿Por qué ustedes? ¿Por qué cualquiera de nosotros? Las Escrituras nos dicen: Antes que de que nacieras te conocía; antes que tú nacieras, te consagré (Jeremías 1:5)”… así es, para un don; para un misterio; para un sacerdocio que nos invita a nosotros, a nuestros hermanos sacerdotes y a ustedes, los nuevos entre nosotros: a “conocer lo que hacen e imitar lo que se les entregue”. Que todos escuchemos ahora a la voz de la Iglesia, “siempre antigua, siempre nueva (San Agustín, Las Confesiones)”.
Mira la Misa de Ordenación.
