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5/7/2019 2:41:00 PM
Migrantes venezolanos reciben bienvenida de la iglesia en Brasil
Hermana Consolada, Inés Arciniegas camina con una niña durante una visita a una comunidad de refugiados del grupo indígena Warao en Boa Vista, Brazil, el 2 de abril del 2019. Los refugiados llegaron de Venezuela y ahora viven en un parque. Previamente se albergaban en un refugio del gobierno pero chocaron con el ambiente militar y salieron. (Fotos CNS /Paul Jeffrey)
Hermana Consolada, Inés Arciniegas camina con una niña durante una visita a una comunidad de refugiados del grupo indígena Warao en Boa Vista, Brazil, el 2 de abril del 2019. Los refugiados llegaron de Venezuela y ahora viven en un parque. Previamente se albergaban en un refugio del gobierno pero chocaron con el ambiente militar y salieron.
(Fotos CNS /Paul Jeffrey)
Hermana Inés Arciniegas, una Hermana Misionera Consagrada de Colombia, carga un bebé durante una visita con refugiados de Venezuela en Boa Vista, Brazil.
Hermana Inés Arciniegas, una Hermana Misionera Consagrada de Colombia, carga un bebé durante una visita con refugiados de Venezuela en Boa Vista, Brazil.
Por Barbara Fraser
Catholic News Service

PACARAIMA, Brasil (CNS) -- La frontera entre Venezuela y Brasil ha permanecido cerrada desde el 22 de febrero, pero cientos de migrantes venezolanos todavía la siguen cruzando diariamente, buscando refugiarse de la crisis económica y política que está empeorando.

Vienen de varias partes de Venezuela, desde la costa norte al sur, viajando solamente con lo que pueden cargar --un maletín, un morral, un niño pequeño. Pero tienen algo en común: Tienen hambre. Algunos no han comido desde hace varios días.

"Las personas dicen que por lo menos aquí (en Brasil) pueden conseguir alimentos y medicinas y sus niños pueden ir a la escuela", dijo la hermana Ana María da Silva, de la congregación de las Hermanas de San José de Chambery, que sirve en esta ciudad fronteriza.

Aunque la frontera está cerrada, entre 300 y 400 migrantes cruzan a diario desde Venezuela y hacen fila en el centro Operación Bienvenida del gobierno brasilero para solicitar asilo o residencia. El gobierno también ayuda con vivienda, alimentación y transporte a otros lugares del país.

Pero el número de migrantes ha saturado los servicios gubernamentales y organizaciones de la Iglesia Católica --incluyendo Cáritas y varias comunidades religiosas-- están cooperando para proveer asistencia vital.

En el centro del gobierno, filas de grandes carpas blancas dan albergue temporal en el mismo lugar, donde del calor sofocante pronto se pasa a la lluvia. Las tiendas de campaña están divididas en cuartos, cada uno amoblado con literas, camarotes con dos camas.

Dentro de un cuarto, Asia de los Ángeles Jiménez, 27, acuñaba a su hijo de 18 meses, Ismael, quien sufre de ataques epilépticos. Ángel David, de cinco años, quien tiene una condición en la espina dorsal, duerme en la cama baja de la litera.

Jiménez estudió educación y trabajó en una escuela en El Tigre, al norte de Venezuela, antes de iniciar su viaje hacia el sur con su esposo e hijos en autobús y a pie. La gente les ha tratado bien en Brasil, contó, y espera que su familia pueda quedarse.

"No es fácil aquí", le advirtió la religiosa Inés Arciniegas, de las Hermanas Misioneras de la Consolata de Colombia, al darle indicaciones de la medicina que la madre venezolana necesita para su hijo Ismael.

Afuera, la hermana Arciniegas se detuvo a hablar con Yesenia Huarique, 31, quien había llegado una semana antes con su hija Cris de 12 años, que tiene parálisis cerebral.

"Vine porque tenía miedo de que si me quedaba (en Venezuela), ella iba a morir", dijo Huarique.

Mientras tanto, el coronel Antonio Vamilton López de Franca Filho, coordinador de la Operación Bienvenida, se acercaba a la tienda de campaña. Los niños corrían a saludarlo con abrazos. Varias mujeres dijeron que estaban sorprendidas de ser tratadas amablemente por los soldados brasileros, luego de ser hostigadas y amenazadas por militares --o malhechores vestidos con uniformes militares-- cuando dejaron Venezuela.

Empleados de la iglesia señalaron, sin embargo, que la Operación Bienvenida y el flujo de migrantes también le ha servido como un pretexto al presidente brasilero Jair Bolsonaro para fortalecer la fuerza militar en las fronteras del país. Lo que ha adquirido un nuevo significado desde el 30 de abril, cuando surgieron las protestas callejeras en Venezuela y corrieron los rumores de que miembros disidentes de la fuerza militar de ese país estaban buscando derrocar al presidente venezolano Nicolás Maduro.

Los jesuitas en América Latina se han manifestado en contra de cualquier invasión militar de Venezuela.

"En una intervención armada, son los pobres los que pagan el precio", expresó el padre jesuita Agnaldo Pereira de Oliveira, director nacional del Servicio Jesuita de Refugiados y Migración en Brasil, a Catholic News Service.

Aproximadamente 3.5 millones de venezolanos han abandonado su tierra, y la cifra podría llegar a los 5 millones para final del año, dijo el padre Pereira de Oliveira.

Cuando empezó el éxodo de Venezuela, el simple número de migrantes --unos 5,000 al día cruzando a países vecinos-- tomó a todos por sorpresa.

Colombia ha recibido a 1.2 millón de venezolanos y Perú por lo menos a 700,000, pero las estadísticas verdaderas probablemente son más altas. Por lo menos 350,000 venezolanos han inmigrado a Brasil, aunque muchos siguen su trayecto hacia otros países, especialmente a Argentina.

La siguiente parada después de Pacaraima generalmente es Boa Vista, capital del estado de Roraima, donde la hermana Arciniegas comparte una vivienda con otras Hermanas Misioneras de la Consolata. Cada mañana, ellas y voluntarios distribuyen pan y café a más de 600 venezolanos.

Aproximadamente 4,000 migrantes duermen en más de una docena de campamentos con carpas en Boa Vista y varios miles más duermen en las aceras durante la noche. Ellos pasan los días en las calles de la ciudad bajo un sol intenso, buscando trabajos ocasionales o tratando de organizar la siguiente etapa de su viaje.

Los niños son los que más sufren el desbarajuste, dicen los trabajadores de la iglesia. Si bien al principio la mayoría de los migrantes eran hombres, el mayor número ahora son familias, algunas con niños con necesidades especiales.

Los jóvenes venezolanos en un programa escolar para niños migrantes, administrado por jesuitas, están a menudo desnutridos y algunos no han asistido a la escuela por varios años antes de llegar a Brasil, según dijo José Alberto Romero Blanco, coordinador del programa escolar Fe y Alegría de los jesuitas en Roraima.

Los venezolanos se aglomeran a diario afuera de la puerta de la oficina diocesana del ministerio pastoral de Boa Vista, donde Cáritas administra el programa "caminos de solidaridad" con las hermanas Scalabrinianas, los jesuitas y otros grupos diocesanos.

Los trabajadores escuchan las necesidades de la gente y les dan asistencia de emergencia, mientras los voluntarios equipados con computadoras portátiles les ayudan a llenar por internet solicitudes de servicios. Los programas de Cáritas proveen asistencia en cuanto a vivienda y ayudan a los migrantes a abrir sus propios pequeños negocios.

Algunos inmigrantes esperan poder eventualmente regresar a casa, pero otros ya están resignados a empezar de nuevo.

Tanto las políticas del gobierno como la iglesia podrían hacer más para ayudar a los migrantes a establecerse en su nuevo país, dicen los trabajadores de la iglesia. El gobierno federal provee autobuses para transportar a la gente a otras ciudades, donde pueden encontrar amigos o familiares, pero hay poca coordinación con los gobiernos locales al llegar a destino, dijo la hermana Scalabriniana Valdiza Carvalho.

A ella y al padre Pereira de Oliveira les gustaría ver que cada diócesis y parroquia brasilera se comprometiera a recibir y reasentar a varias familias migrantes. Además de proveer la asistencia necesaria, ese tipo de contacto ayuda a acabar con la discriminación contra los migrantes, la cual algunas veces termina en violencia, dijeron.

Aunque los migrantes venezolanos enfrentan prejuicios, "hay también muchas historias de solidaridad", dijo el padre Pereira de Olivera. "El pueblo sabe que los migrantes están viniendo a Brasil, pero no saben sobre las condiciones en las cuales están viviendo. Cuando la gente comprenda eso, su respuesta va a cambiar".






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