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11/29/2018 7:17:00 PM
'Abrir nuestros corazones': Nuestra Iglesia tiene que ser ejemplo para eliminar el racismo
Mensaje del obispo David M. O'Connell, C.M., sobre la carta pastoral de los Obispos Católicos
AMAR AL VECINO (Sin excepción) -- Esta verdad del Evangelio se ve en la camiseta de una mujer en la Plaza de la Libertad en Washington, D.C., poco antes de un rally cerca de nacionalistas anglos en agosto.(Foto CNS /Tyler Orsburn)
AMAR AL VECINO (Sin excepción) -- Esta verdad del Evangelio se ve en la camiseta de una mujer en la Plaza de la Libertad en Washington, D.C., poco antes de un rally cerca de nacionalistas anglos en agosto.
(Foto CNS /Tyler Orsburn)

“Nunca entiendes realmente a una persona hasta que consideras las cosas desde su punto de vista, hasta que te metes en su piel y caminas con ella”. Estas palabras del personaje Atticus Finch de la novela clásica de Harper Lee sobre las razas, “Matar a un Ruiseñor”, me han venido a la mente frecuentemente desde que las leí en la secundaria. Suenan bastante razonables, pero no son tan fáciles de poner en práctica. Sin embargo, nos ofrecen una sugerencia profunda cristiana para todos nosotros.

En la reunión de la Conferencia de los Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB por sus cifras en inglés) en noviembre- en qué hablamos más que nada sobre el abuso sexual de menores de edad en la Iglesia Católica y otros temas relacionados – los obispos abrumadoramente aprobamos una carta pastoral en contra el racismo que tiene más de un año de preparación titulada, “Abrir Nuestros Corazones: El Llamado Duradero de Amar”. Vale la pena leerla.

“Abrir Nuestros Corazones” está dividida en tres partes principales, derivadas de la oración muy conocida de Miqueas: “practicar la justicia”, “amar la misericordia”, y “andar humildemente con tu Dios” (Miqueas 6:8).

No es primera vez que la USCCB se dirige al tema del racismo. Hace 39 años, los obispos aprobaron una carta pastoral, “Nuestros Hermanos y Hermanas”, para combatir esta maldad duradera de la historia y sociedad americana.

“Se reconoce al racismo como el pecado original de América”, anunció la USCCB el año pasado, creando un comité específico para afrontar el racismo (12 de septiembre, 2017). “El cuerpo episcopal entero reconoció la necesidad de dirigirnos de nuevo al tema del racismo después de atestiguar a la deterioración del discurso público, y episodios de violencia y animosidad con tonos raciales y xenofóbicos que han re-emergido en la sociedad estadounidense en los últimos años (14 de nov., 2018)”.

“El racismo todavía afecta nuestra cultura de una manera profunda”, observan los obispos en su carta más reciente, “y no tiene ningún lugar en el corazón cristiano. Esta maldad hierre enormemente a sus víctimas y corrompe  los almas de personas guardan perspectivas racistas o prejuiciadas. La persistencia del racismo es la razón de esta carta ahora”.

“El racismo ocurre porque una persona ignora la verdad fundamental que, porque todos los humanos compartimos un origen común, somos hermanos y hermanas, todos iguales semejantes a la imagen de Dios. Cuando se ignora esta verdad, la consecuencia es el prejuicio y el miedo del otro, y – demasiado a menudo – el odio”.

“Lo que hace falta, y lo que pedimos, es una conversión autentica del corazón”, siguen los obispos, “Una conversión que impulsará el cambio y la reforma de nuestras instituciones y sociedad. La conversión es un largo camino para la persona. … Sin embargo, en Cristo encontramos la fuerza y la gracia necesaria para ese camino”.

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“Practicar la justicia”. Desde la experiencia de las comunidades de indígenas americanos, afroamericanos e hispanos que han vivido y siguen viviendo en este país, los obispos identifican a la justicia como “reconocer y respetar “los derechos legítimos de los individuales y personas. Estos derechos preceden cualquier sociedad porque fluyen de la dignidad otorgada a cada persona de Dios el creador”. Los obispos dicen que los cristianos “estamos llamados a escuchar y conocer las historias de nuestros hermanos y hermanas… con los corazones abiertos”. “Escuchar” verdaderamente uno al otro es solamente el primer paso de nuestra habilidad de “actuar en solidaridad para cambiar las prospectas de generaciones futuras”.

“Amar la misericordia”. Amar es “al corazón de la vida cristiana… el mandato (de Cristo) de amar nos requiere crear espacio en nuestros corazones. Eso significa que nosotros, de veras, nos encargamos de cuidar a nuestro hermano y hermana”. El amor, entonces, “nos impulsa a cada uno de nosotros resistir el racismo con valentía… y empezar a cambiar las políticas y las estructuras que permiten al racismo persistir”.

“Andar humildemente con Dios”. Los obispos afirman que acompañar o “andar con” nos lleva a “seguir adelante sin miedo para reparar nuestras relaciones, sanar nuestras comunidades y trabajar para dirigir nuestras políticas e instituciones hacia el bienestar de todos, como discípulos misioneros” – un tema favorito del papa Francisco. Es un aspecto de la evangelización de nuestra Iglesia y el testimonio que se lo requiere.

“El racismo es un problema moral que requiere de un remedio moral – una transformación del corazón humano – que nos impulsa a actuar”. Para tener éxito, el testigo de la evangelización requiere que “reconozcamos el pecado”; “nos hagamos dispuestos al encuentro y las nuevas relaciones”; “nos comprometamos a luchar por la justicia”, y “edifiquemos a nosotros mismos” en nuestras iglesias, sobre nuestras estructuras y a través de la conversión de todos.

Los obispos comparten su creencia profunda común que “andar con Dios” a través de combatir el racismo “sistémico” en todas sus formas – lo personal además de lo social/estructural – es al fondo un “tema de la vida”. “Para vencer la discriminación”, dicen los obispos”, una comunidad debe dejar permearse los valores que inspiran normas justas y practican, en la vida cotidiana, la convicción de la dignidad intrínseca de todos”. Entonces, la participación o fomentación de organizaciones  que avanzan ideologías racistas “es pecado” y “no tienen ningún lugar en una sociedad justa”.

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Nunca hemos tenido un momento más urgente para cada individual y toda la sociedad de comprometerse a un esfuerzo implacable para eliminar el racismo cuando aparezca y donde aparezca y cómo aparezca. La Iglesia Católica de los Estados Unidos tiene que ser un líder en este esfuerzo. “El racismo no tiene lugar en el corazón de ninguna persona”.

De la misma manera de todas las iniciativas importantes, los obispos pedimos la intercesión de María, Madre de Dios y la patrona de las Américas, y roguemos que nos guie a nuestra Iglesia y país para afrontar esta maldad, que busquemos el perdón de Dios por nuestras fallas anteriores, y que construyamos una sociedad verdaderamente justa después de eliminar la maldad del racismo y que llenemos nuestros corazones con “un amor que respete la dignidad de cada persona”.

Atticus Finch tenía razón cuando nos urgió a “caminar en la piel” o experiencia de nuestros hermanos y hermanas. Los obispos nos recuerdan una vez más del camino dividido en tres de las santas escrituras que son “siempre antiguos, siempre nuevos”: “practicar la justicia; amar la misericordia y caminar humildemente con Dios”. Espíritu de Dios, ¡ayúdanos abrir nuestros corazones!






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