Nuestro Santo Padre Papa Francisco ha publicado su tercera carta encíclica nombrada Fratelli Tutti (literalmente significa “hermanos todos”), firmándola en Asís el 3 de octubre en el sepulcro de su patrón, el san Francisco de Asís, en el 794 aniversario de su muerte. A pesar de la controversia sobre el título como algo sexista, la Santa Sede ha respondido que el papa Francisco lo citó directamente de las escrituras del san Francisco y optó por no cambiarlo. El título no pretende excluir ni ofender a las mujeres. La encíclica está dirigida a todos los seres humanos, algo que queda muy claro de por todo el texto.

El subtitulo de la encíclica es “sobre la fraternidad y la amistad social”. De hecho, en la introducción, el papa declara que

Las siguientes páginas no pretenden resumir la doctrina sobre el amor fraterno, sino detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos. Entrego esta encíclica social como un humilde aporte a la reflexión para que, frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras. Si bien la escribí desde mis convicciones cristianas, que me alientan y me nutren, he procurado hacerlo de tal manera que la reflexión se abra al diálogo con todas las personas de buena voluntad (Ft, 6).

El Santo Padre sigue que

Asimismo, cuando estaba redactando esta carta, irrumpió de manera inesperada la pandemia de Covid-19 que dejó al descubierto nuestras falsas seguridades. Más allá de las diversas respuestas que dieron los distintos países, se evidenció la incapacidad de actuar conjuntamente. A pesar de estar hiperconectados, existía una fragmentación que volvía más difícil resolver los problemas que nos afectan a todos. Si alguien cree que sólo se trataba de hacer funcionar mejor lo que ya hacíamos, o que el único mensaje es que debemos mejorar los sistemas y las reglas ya existentes, está negando la realidad (Ft, 7).

Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Entre todos: «He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente. … Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos! … Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos». Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos (Ft, 8).

Al igual que todas encíclicas y documentos episcopales, “Fratelli tutti” nos invita considerar seriamente lo que realmente dice y la manera en la cual lo dice en lugar de hacer caso a las perspectivas de los críticos. La encíclica está escrita de manera ecuménica en cuanto el texto y el tono, que puede molestar a algunos lectores. Pero, a pesar de todo, la encíclica presenta una “nueva visión” de la relación humana desde un punto de vista actual y al mismo momento aspira al renacimiento de una apreciación universal nueva de fraternidad humana y amistad social en nuestro mundo basada en el mutuo respeto que se encuentra al reconocer la “dignidad intrínseca de cada ser humano”.

Compuesta de una introducción, ocho capítulos y una conclusión, los títulos de los capítulos en sí son instructivos y enfocan la atención en lo que sigue en el texto.

Antes de publicar la carta encíclica, la Santa Sede proveyó a los obispos de por el mundo una visión general excelente además que otros recursos para facilitar la preparación para luego presentarla. No recuerdo otro esfuerzo tan comprensivo del lanzamiento de documentos papales previos, algo que enfatiza la importancia que el Santo Padre adjunta a esta carta. Yo agradezco estos materiales bastante por la ayuda que ofrecen. Siempre es mejor leer la encíclica por su cuenta porque ningún comentario podría ser suficiente. Les urjo a ustedes leerla. Aquí, quisiera compartir la visión general de la Santa Sede en lugar de “reinventar la rueda”.

Las sombras sobre el mundo cerrado (Cap. 1) se propagan por todo lado, dejando en sus huellas a personas desplazadas al lado de la calle, tiradas y despreciadas. Las sombras arrojan a la humanidad a confusión, soledad y desolación.

Cuando nos encontramos con un extraño herido en el camino (Cap. 2), podemos escoger entre dos actitudes: o pasamos por el otro lado o paramos para ayudar. El tipo de persona que somos y el tipo de grupo político, social o religioso a que pertenecemos será definido según si incluimos o excluimos al extraño herido. Dios es el amor universal, y aun pertenezcamos a ese amor y lo repartamos, estamos llamados a la fraternidad universal, que se ve como una disponibilidad ante todos. No hay “otros”, no hay “ellos”, solo hay “nosotros”.

Anhelamos, junto con Dios y en Dios, un mundo abierto (Cap. 3), un mundo sin muros, sin fronteras, sin personas rechazadas, sin extraños.

Para alcanzar este mundo, debemos tener corazones disponibles (Cap. 4). Nos hace falta conocer la amistad social, buscar lo que es moralmente bueno, y poner en práctica una ética social porque reconocemos que somos partes de una fraternidad universal. Estamos llamados a la solidaridad, el encuentro, y la gratuidad.

Para crear un mundo abierto con corazones disponibles, hace falta participar en la política, y un mejor tipo de política (Cap. 5) es primordial; una política por el bien común y universal; una política popular porque es por y con el pueblo. Se encuentra la dignidad humana a través de una política que incorpora la caridad social; la política de personas que ejercitan el amor político a través de integrar la economía con el tejido social y cultural para convertirse en un proyecto humano consistente e inspirador.

Saber cómo dialogar es la manera para abrir el mundo y facilitar la amistad social (Cap. 6) que manifiesta un corazón disponible y provee la base para una política mejor. El dialogo busca y respeta la verdad. El diálogo fomenta la cultura del encuentro, que se convierte en un modo de vida, un deseo apasionado. Quien dialoga es generoso porque reconoce y respeta al otro.

Pero no es suficiente solo participar en el encuentro. Hay que también afrontar la realidad de las heridas de los encuentros pasados, y así hay que establecer y seguir los caminos del reencuentro (Cap. 7).

Nos hace falta sanar las heridas, que requiere buscar y ofrecer el perdón. Perdonar no es olvidar. Tenemos que ser valientes y empezar desde la verdad – el reconocimiento de la verdad histórica – la cual no se puede separar de sus compañeros justicia y misericordia. Todo esto es indispensable para avanzarnos hacia la paz. No se puede evitar el conflicto en camino a la paz, pero la violencia es inadmisible. Es por eso que hay que siempre rechazar la guerra y por que se debe eliminar la práctica de la pena de muerte. Las diferentes religiones del mundo reconocen a los seres humanos como criaturas de Dios. Como criaturas, estamos en una relación de fraternidad.

Las religiones están llamadas al servicio de fraternidad en el mundo (Cap. 8). A través del dialogo y con corazones disponibles al mundo, podemos establecer la amistad social y fraternidad. Al ser dispuestos a la voluntad del Padre de todos, reconocemos nuestra condición universal como hermanos todos. Para el cristiano, se encuentra el manantial de la dignidad y fraternidad humana en el Evangelio de Jesucristo y eso es lo que inspira nuestras acciones y compromisos. Este camino de fraternidad también tiene una Madre llamada María.

En el encuentro con los heridos por las sombras de un mundo cerrado aun tirados al lado del camino, el papa Francisco nos invita hacer propio el deseo mundial por la fraternidad, empezando con el reconocimiento que somos “Fratelli tutti”, hermanas y hermanos todos.

Esta encíclica más reciente del papa Francisco se basa en la plenitud de su magisterio papal, pidiendo un sentido de pertinencia común entre toda la familia humana de Dios en la tierra, “nuestra casa común”, y una “afección necesaria” entre todas personas, sin importar cualquier diferencia que puede haber.

En un momento de nuestra historia en que la pandemia del COVID haya afectado a millones de personas de por todo el mundo resultando en el “distanciamiento social” entre todos; cuando la indiferencia ante la vida humana desde la concepción a la muerte natural no es solamente común sino legal; cuando abundan las tensiones económicas, políticas y raciales, creando aún más división entre nosotros, el mensaje del Santo Padre es necesario, convincente y bienvenido.

La “fraternidad y amistad social”, los temas centrales de este documento del papa, son un mandato del Evangelio – la ‘alegría del Evangelio’ – y la voluntad de Dios por el pueblo que ha creado y hecho suyo.

 

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