Sacerdotes de la Diócesis escuchan a los comentarios del obispo O'Connell.
Sacerdotes de la Diócesis escuchan a los comentarios del obispo O'Connell.

Fue una tarde hermosa el jueves 22 de julio como sacerdotes de la Diócesis de Trenton reunidos en la Co-Catedral San Roberto Belarmino para cenar. Más de 100 sacerdotes de los cuatro condados se encontraron en fraternidad sacerdotal ya que el punto medio de verano (el 7 de agosto para que sepas) se acerca rápidamente.

Por razones de la pandemia, el presbítero no pudo reunirse para la comida tradicional antes de la Misa Crismal estos dos últimos años. Por la misma razón, cancelamos la convocación anual de sacerdotes el año pasado tanto como dos años de días de reflexión perdidos, momentos que les hacen falta a los sacerdotes porque son las únicas ocasiones programadas para reunirse durante el año.

Me dio gusto poder patrocinar la cena, organizada por el rector-párroco de la co-catedral, el monseñor Sam Sirianni, y poder saludar y conversar con cada uno de los sacerdotes de la Diócesis y de las ordenes religiosos que sirven en la Iglesia local. Fue muy evidente que nos hizo falta la compañía y que gozáramos estar juntos de nuevo. Me presenciaron las palabras del Salmo 133: “¡Cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos convivan en armonía!”.

El encuentro me dio una oportunidad de agradecer a los sacerdotes presentes por su cuidado generoso y seguido – y a menudo sacrificial – a los fieles durante los días de la pandemia. Me agradó poder expresar mi preocupación continua por ellos, y urgir a mis hermanos sacerdotes, con mayor intensidad, a promover y facilitar las santas vocaciones al sacerdocio dentro de sus parroquias y escuelas.

Les dije lo que yo creo de todo corazón; que es tan importante que los sacerdotes construyamos redes de apoyo entre nosotros. Nos hacemos falta, nos pertenecemos entre todos como verdaderos hermanos.

En el primer siglo de la historia de la Iglesia, el san Ignacio de Antioquia (m. 108 AD) observó que los sacerdotes, en servicio al Pueblo de Dios, vivían y ministraban “de acuerdo con su obispo semejante a las cuerdas de un harpa”. Casi 2,000 años después, el decreto de la vida y ministerio de sacerdotes del Segundo Concilio Vaticano notó que los sacerdotes deben “intentar comprenderse”; deben “extender la hospitalidad”; deben practicar la beneficencia y la asistencia mutua, y deben preocuparse por los afligidos o que “se ven perseguidos”. Esa observación nunca ha estado más urgente para la Iglesia.

En su libro “Regalos y Misterio”, el papa san Juan Pablo II, celebrando su 50 aniversario de su propia ordenación sacerdotal, se refirió al sacerdocio de una diócesis como una “fraternidad” – una fraternidad sacramental” – raizada en el mismo Sacramento del Orden Sagrado que los sacerdotes reciben por las manos del obispo. No es ninguna fraternidad opcional ni simplemente algún producto de sobra de su ordenación. Es intencional, fundamental e integral a ella. Y está aun más fortalecida y apoyada por la presencia de los sacerdotes de ordenes religiosos entre ellos.

Con estos pensamientos en mente, un encuentro y una cena veraniego tienen mayor peso que una “reunión” simple de sacerdotes quienes trabajan en una diócesis, sirviendo a los fieles. Se convierte en una expresión de la fraternidad profunda y sacramental que comparten por el Señor Jesucristo, el Sumo Sacerdote. Así que, entonces, realmente es bueno y agradable “que los hermanos convivan en armonía”.