Una de las cosas más preocupantes que he leído este verano fue lo que encontró una investigación del estudio del Pew Research publicado el 5 de agosto que solamente un porcentaje de 31 de católicos actuales, auto-identificados, creen que el pan y el vino consagrados en Misa SE CONVIERTEN y SON el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Esta creencia, descrita y conocida desde la Edad Media como ‘la transustanciación’ en la doctrina católica, ha sido y sigue siendo una de las convicciones más básicas de la fe católica desde el momento cuando el Señor Jesús dijo por primera vez, “Esto es mi Cuerpo… esta es mi Sangre’, en la Última Cena (Marcos 14:22-25; Lucas 22:18-20; 1 Corintios 11:23-25). “Hagan esto en conmemoración mía”.

A cambio, un porcentaje de sesenta y nueve de católicos encuestados, creen que el pan y el vino consagrado sean solamente “símbolos” del Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús.

¿De dónde surgió este error sobre un dogma tan fundamental de nuestra fe católica?

La encuesta de Pew revela que las enseñanzas de la Iglesia y la creencia en la Eucaristía son más fuertes entre las personas que asisten a Misa semanalmente, especialmente para los católicos mayores, pero aun en estos grupos existe bastante confusión y error preocupante.

Hay evidencia abundante derivada de las Escrituras – las escrituras de los primeros Padres de la Iglesia, las declaraciones  de los Concilios Eclesiales y los líderes de por toda la larga historia de la Iglesia, además de la creencia firme y constante de los fieles de la Iglesia – apoyan esta convicción más importante y  céntrica de nuestra fe católica. La Eucaristía es “la Presencia Verdadera” del Señor Jesucristo, sea en el altar en Misa, en la Santa Comunión o cuidada como el Santísimo en el tabernáculo. Para el católico, este “misterio de fe” es inequívoco y sin posibilidad de dudar. El Catequismo de la Iglesia Católica, citando la Constitución Dogmática del Segundo Concilio Vaticano “Lumen Gentium, 11”, declara con la convicción más profunda y triste, el sacrificio eucarístico es “fuente y cumbre de toda la vida cristiana… La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua"” (CIC, 1324).

El cómo el pan y el vino se convierten al Cuerpo y la Sangre de Cristo cuando el sacerdote dice las palabras de consagración en la Misa es un misterio de fe, sin duda, pero es un misterio que responde al mandamiento del mismo Señor Jesús, “Hagan esto en conmemoración mía”. Los misterios desafían a las explicaciones científicas – por eso se llaman “misterios” – y entonces requieren de la credulidad de fe o la incredulidad. En su himno eucarístico magnífico, “Tantum Ergo”, uno de los maestros más grandes de la Iglesia Católica, San Tomás Aquino (1225-1274), reflexionaba “en lo que fallan de captar nuestros sentidos, que el consentimiento de la fe nos permita agarrar”. Y, entonces, la Iglesia Católica ha “agarrado” desde su principio y sigue haciendo hasta el momento actual y en adelante.

“Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre. Hagan esto en conmemoración mía”.

“Que el corazón de Jesús, en el Santísimo, sea alabado, adorado y amado con afecto agradecido, en cada momento, en todos los tabernáculos del mundo, hasta el fin del tiempo. Amén” (Alabanzas Divinas).

Si los fieles de la Iglesia Católica se equivocan en esta creencia fundamental, ¿qué podrán esperar hacer bien?