Hemos oído la narración de San Lucas sobre la Anunciación muchas veces en las celebraciones eclesiales en honor de María, la Madre de Dios. Una vez más proclamamos esa palabra en la Misa este año en la ocasión de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, la fiesta patronal de nuestro país. Nos enfocamos en la consecuencia de esta fiesta en el Evangelio.

María, como la oración de apertura para la Misa de la Inmaculada Concepción dice, estaba “sin pecado concebida”, acepta el mensaje de Dios por medio del ángel Gabriel y que la salvación que Cristo llevaría a cabo por su Muerte fue concebida en ella. En ella, vemos la relación hermosa entre su propio destino desde el momento de su concepción y también el destino de la Iglesia desde el momento de su concepción.

Como leemos, mientras escuchamos al Evangelio, estamos limitados a solo imaginar como tuviera que ser para esta mujer joven – aun una niña, realmente – escuchar las palabras, “Dios te ha concedido su favor … Quedarás encinta y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús…  y lo llamarán Hijo del Altísimo”. 

Asombrada, sorprendida, “perturbada” como nos dice Lucas, María se preguntaba lo que podría significar todo. “¿Cómo podrá suceder esto?” era su respuesta simple. No una duda. No una protesta. Una expresión de asombro. María “se preguntaba qué podría significar este saludo”.

Desde su propia perspectiva, la vida de María era algo ordinario. Ella vivía la vida al igual que sus compañeros. Pero todavía nuestra fe nos dice que su vida “era una vida que nunca conoció el pecado”. ¿Cómo podría ser esto? La gracia de Dios, la presencia del Espíritu Santo, el poder del Altísimo… estas son la respuesta. Y, en medio del sentido de asombro, la pregunta de María fue seguida por su declaración maravillosa de fe, “Aquí tienes a la sierva del Señor. Que él haga conmigo como me has dicho”.


Lo que ocurrió cuando ella fue concebida ahora se cumplió al quedarse encinta. Proclamamos en la Fiesta de la Inmaculada Concepción que era libre del pecado original cuando fue concebida. Y al quedarse encinta con Cristo en el vientre, se concibió a la Iglesia, y a nosotros también.

Simplemente, la fiesta del día de hoy es una oportunidad para que reflexionemos sobre nuestra propia fe. A diferencia que María, nosotros conocemos al pecado. Sin embargo, semejante a María, nosotros también hemos conocido la gracia y poder de Dios en nuestras vidas, llevándonos más allá que la debilidad, acercándonos a Dios. Cuando caemos a la tentación, la debilidad gana. Cuando pecamos, disminuimos a nuestro propio destino. En esos momentos, pues en cualquier momento en que nos encontramos con la fragilidad humana, debemos recordar aquel anuncio de la salvación del ángel Gabriel. ¿Cómo mantenernos firmes? ¿Cómo superar la debilidad? ¿Cómo puede ser? La respuesta que tenemos es siempre la misma: a través de la gracia y el poder de Dios. Y, en nuestra fe, semejante a María, nos entregamos a Dios, a Cristo y recordamos que “nada es imposible con Dios”. Solo en él que lo imposible se hace posible. Solo en él que lo inconcebible se hace concebible. “Aquí tienes a la sierva del Señor. Que él haga conmigo como me has dicho”.

En esta Fiesta de la Inmaculada Concepción, siempre creída pero oficialmente proclamada en la Iglesia por el papa Pio IX el 8 de diciembre del 1854, la fe y el ‘Sí’ de María a Dios nos alcanza profundamente una vez más. Las palabras de la oración de apertura de la Misa debe ser la oración de nuestras vidas: “María tenía una fe que su Espíritu preparó … trazar en nuestras acciones las líneas de su amor y en nuestros corazones, su disponibilidad de fe”.