En junio del 2011, nuestro Santo Padre Papa Benedicto XVI nos recordó que la fiesta que celebramos hoy en las iglesias católicas de los Estados Unidos – la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, conocida como “Corpus Cristi” – “es inseparable de la Misa del Jueves Santo de la Cena del Señor en la cual se celebra la institución de la Eucaristía” (Homilía, 24 de junio, 2011). Un pensamiento profundo y hermoso y algo que debemos contemplar.

Su sucesor, el papa Francisco, también predicó, “Esta tarde, también nosotros estamos alrededor de la mesa del Señor, de la mesa del Sacrificio eucarístico, en la que Él nos dona de nuevo su Cuerpo, hace presente el único sacrificio de la Cruz. Es en la escucha de su Palabra, alimentándonos de su Cuerpo y de su Sangre, como Él hace que pasemos de ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él” (Homilía, 30 de mayo, 2013).

De hecho, cada vez que celebramos la Misa, nos acercamos a aquel mismo instante del primer Jueves Santo. Escuchamos las palabras en cada Misa, “esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre. Hagan esto en conmemoración mía”. Recordamos que Jesús, mirando hacia su propia muerte en la Cruz el próximo día, tomó elementos simples de la tierra – el pan y vino común – y transformarlos en su propio Cuerpo y Sangre.

En la fiesta de este fin de semana, reconocemos esos mismos elementos transformados de esa misma manera, siguen con nosotros como su “presencia real” en el tabernáculo aquí en nuestra Iglesia. En otras palabras, lo que hizo Jesús el Jueves Santo hacemos nosotros cada vez que celebramos la Misa. Y lo que Jesús entregó a sus discípulos en el Aposento, la Iglesia sigue entregando a nosotros por su mandato. En ambos momentos, entonces y ahora, tenemos la presencia de Cristo entre nosotros: en nuestro altar, en la comunión y en el tabernáculo.

La Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo recuerda la presencia duradera de Jesús con nosotros en el tabernáculo. Por eso bajamos a una rodilla y nos persignamos cada vez que entramos una iglesia católica – a diferencia que otras iglesias cristianas – porque el Cuerpo y la Sangre de Cristo están presentes. No lo es ni debe ser algo de rutina ni ningún gesto vacío. Es una señal de adoración del Señor Jesús, presente aquí y ahora.

A lo mejor haya un problema de fe ocurriendo en la Iglesia del día de hoy, una realidad triste. En encuestas recientes de católicos, solamente un 69% entendían o tenían la creencia de que Jesucristo verdadera y completamente estuviera presente en la Eucaristía y el tabernáculo. Describieron a la Eucaristía como un “símbolo” de la presencia de Jesús, como una forma de recuerdo no más. Y se equivocaron, por completo. Nuestra creencia fundamental como católicos es que Jesús nos dio su propio Cuerpo y Sangre, su propia carne, en la Eucaristía, no ningún recuerdo ni símbolo. Esto ES mi Cuerpo, dijo. Esta ES mi Sangre entregada por ustedes. Tomen y coman.

Nuestras lecturas para la Misa de la Solemnidad de este domingo nos recuerdan que la idea de que Dios alimente a su pueblo sea un hecho bien establecido hace mucho tiempo de nuestra vida de fe. Lo que hacemos en la Misa es el Jueves Santo vez tras otra vez tras otra vez. Y lo que nosotros recogemos y guardamos en el tabernáculo vez tras otra vez tras otra vez es la verdadera presencia de Cristo. Tenemos las palabras de Jesús. Tenemos las acciones de Jesús. Y se convierten en las nuestras.

Pero hay más. Cuando el pan y vino se transforman en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y cuando comemos y tomamos este gran don, nosotros también nos transformamos. Para adaptar una frase del filosofo del siglo 19 Ludwig Feuerbach, “Nos convertimos en lo que comemos”: el mero Cuerpo de Cristo en la tierra. El papa Benedicto nos recuerda que mientras la Eucaristía nos une a Cristo, nos hacemos disponibles a los demás, convirtiéndonos en socios de los demás … la comunión me une a la persona a mi lado … y a mis hermanos y hermanas en cada rincón del mundo” (Homilía, 24 de junio, 2011). San Pablo nos dice, “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan”. Y tenemos que cuidarnos los unos a los otros, tal como nos cuidó Cristo, hasta el punto de dar su vida, entregándonos su propio Cuerpo y Sangre.

Mis hermanas y hermanos, este fin de semana nos ofrece una gran fiesta que celebra el mayor don que el mundo ha conocido o conocerá: Jesucristo, su Cuerpo y Sangre, entregados por y a nosotros. Su presencia verdadera y eterna. La fiesta es aun más preciosa porque cae en el día en que podemos volver a nuestras iglesias parroquiales para la Misa dominical después de estar alejados por causa de la pandemia del COVID-19 durante estos tres meses. Sí, apartados de la Misa en la iglesia, pero nunca apartados del Señor. 

En el Cuerpo y la Sangre de Cristo, reconocemos la verdad maravillosa de las propias palabras del Señor Jesús en la Asunción: “Estoy con ustedes hasta el fin del mundo”. Y ofrecemos una oración de gracias de que, en estos meses tan estresantes, no las hayamos olvidado.