"Jesús entra “la casa” de Semana Santa por “la puerta” que es Jerusalén, por la puerta que es Domingo de Ramos, el Domingo de la Pasión" dice el obispo O'Connell en su mensaje para Domingo de Ramos. 
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"Jesús entra “la casa” de Semana Santa por “la puerta” que es Jerusalén, por la puerta que es Domingo de Ramos, el Domingo de la Pasión" dice el obispo O'Connell en su mensaje para Domingo de Ramos. Foto del archivo

Al construir una casa, la ubicación de la puerta es una parte crítica de los planes. La puerta es la entrada al resto de la casa. De la puerta, la persona tiene su primera vista e impresión de lo que está dentro.

Hoy es Domingo de Ramos, conocido litúrgicamente como “la puerta a Semana Santa”. Como nosotros pasamos a la casa por la puerta, Jesús entra “la casa” de Semana Santa por “la puerta” que es Jerusalén, por la puerta que es Domingo de Ramos, el Domingo de la Pasión. Y, como sus seguidores, una comunidad de fe y creencia en Él, nosotros cristianos pasamos por “la puerta” con él a esta semana, la más santa.

Pero hoy, lo que miramos desde esta puerta puede engañar: multitudes alabando a Rey Jesús, palmas y ramas de olivo, y cantos de hosana al Hijo de David. Mientras pasamos por “la casa de Semana Santa”, sin embargo, vemos que el ambiente cambia. Nos da otra imagen e impresión.

Jerusalén es el lugar a donde, según las Sagradas Escrituras y tradiciones antiguas, los profetas iban para morir. Pronto, en la historia de Semana Santa, las multitudes del Domingo de Ramos se convierten a ser feas. Las alabanzas se convierten a insultos. Los seguidores abandonan las palmas y se dispersan. Los Apóstoles también huyen mientras Jesús camina al Calvario. Ya no hay palmas ni ramos de olivo. Ya no hay más hosannas. Solo queda avergonzar, condenar y escupir. ¿Qué pasó con toda “la gloria, las alabanzas y el honor”?

En la primera lectura del día de hoy, Isaías profesó “Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que me arrancaban la barba; ante las burlas y los escupitajos no escondí mi rostro. Por cuando el Señor omnipotente me ayuda, no seré humillado. Por eso endurecí mi rostro como el pedernal, y sé que no seré avergonzado”.

Jesús no necesitaba las alabanzas de la multitud… ni las quería. “Así, hecho uno de ellos”, leemos en la segunda lectura de hoy según la Carta a los Filipenses, “se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz.

“Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas”. Dios lo exaltó… no la multitud.

Desde la “puerta” donde estamos parados en la liturgia del Domingo de Ramos y de la cual entramos a Semana Santa, vemos Jerusalén. Vemos que el Rey entra. Vemos su Pasión. Y de repente, nos damos cuenta de que “la casa” se ha cambiado de lo que vimos primeramente al pasar por la puerta.

Mis hermanas y hermanos, en el Señor Jesucristo tenemos a un Dios que está dispuesto sufrir no solamente por nosotros sino con nosotros. No existe ningún lugar en la humanidad donde Dios no existe: ningún hueco tan hondo, ninguna oscuridad tan oscura, ningún pecado tan feo, ninguna soledad tan desgarradora, ninguna experiencia tan dolorosa – y me atrevo decir, ningún virus tan extendido, tan devastador, tan aislante – que Dios no haya estado ya, ¡sufriendo con nosotros y redimiéndonos! No tendremos toda la perspectiva desde el punto de vista del Domingo de Ramos, pero es solo “la puerta” y el principio de la semana de la salvación que sigue.

El Señor Jesucristo conoce lo que nos pasa, entiende y se siente todo que vivimos – desde muy dentro de nuestra mera humanidad y la condición humana: “La Palabra se hizo Carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:14) – y es por nuestra humanidad y cada parte de ella que Él lleva por la puerta del Domingo de Ramos hacia la madera de la Cruz.

“Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos porque por tu santa Cruz has redimido al mundo”.