La Muerte de Jesús por artista francés Joseph Tissot.
La Muerte de Jesús por artista francés Joseph Tissot.
" Y ahora nos acercamos al sepulcro. Y esperamos. "

Nota editorial: El obispo David M. O'Connell, C.M., celebra la Liturgia de la Pasión del Señor el Viernes Santo, 10 de abril a las 3pm en la Iglesia Santa Rosa, Belmar. El servicio estará transmitido en vivo son congregación por el canal diocesano de Youtube.

 

En casi cada hogar, escuela e institución católico se puede ver un crucifijo o cruz en la pared. El crucifijo o cruz es el símbolo más reconocido de la cristiandad hace casi dos mil años. En un mundo en lo cual pocas cosas parecen permanecer, en donde las cosas vienen y se van fácilmente, en donde las modas actuales se ven, en donde el relativismo tiene que ver con tantas cosas, el hecho de que un símbolo haya permanecido durante tanto tiempo debe decir algo a cada persona que la ve, sea creyente de Cristo o la cristiandad o la religión o no.

La diferencia entre la cruz y el crucifijo es que el crucifijo muestra el cuerpo sufrido de Jesús. Que la cruz y el crucifijo hayan endurecido tanto tiempo porque muestra y representa el punto clave de la humanidad y la vida en este mundo como lo conocemos. El Señor Jesucristo, la Palabra hecha Carne, el Rey de Reyes y el Señor de los Señores, Dios mismo, fue matado a nuestra mano, por las mismas personas que Él vino a salvar, el reconocimiento más triste que tenemos que aceptar. Pero, el reconocimiento más esperanzador que tenemos que aceptar es que Él murió por nosotros y que en su Muerte, Él nos salvó de verdad. No hay nada más importante que haya ocurrido en la historia del mundo que el momento de su Muerte. Eso es lo que recordamos de manera dramática hoy, el Viernes Santo, y cada vez que miramos el crucifijo. Y nosotros, los creyentes, quienes tenemos fe en el Señor Jesucristo también reconocemos que su Muerte no era, no es el fin de la historia.

Pensemos en la cruz por un momento: dos palos de madera simple. Originalmente su única razón era servir como instrumento de la muerte. Lo que hace que la cruz se convierte en crucifijo no es la intersección de los palos, no. Lo que une esos palos convirtiéndolos en un crucifijo es la intersección de la madera y la carne: un cuerpo estirado por el palo vertical; brazos estirados en el palo horizontal, un cuerpo clavado por las extremidades. Este instrumento de la muerte era reservado por los criminales y las personas consideradas de no tener valor suficiente para merecer la vida ni respiro humano.

La cruz que miramos, el crucifijo que es el símbolo céntrico de nuestra fe llevaba el cuerpo de Él que no había cometido ningún crimen, que solo nos amaba sin condiciones ni reservaciones, quien era dispuesto a mostrar la profundidad de su amor a través del último y absoluto sacrificio. “Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos” (Juan 15:13).

Esto era el amor de Jesucristo, el Hijo de Dios, por y para nosotros, sus amigos. Era Él, este criminal, que era considerado como alguien que no merecía la vida ni el respiro humano y, entonces, murió en una Cruz. A través de su Muerte, toda la vida humana tenía valor. A través de su sacrificio, cada respiro se hizo sagrado.

A través de Jesucristo, por Él, el amor de Dios se hizo real, visible y tocable. El amor de Dios no tiene ninguna excepción. Mientras Jesús caminaba hacia su Crucifixión, llevaba en los hombros no solamente una cruz sino también el peso de todos nosotros. “Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado… molido por nuestras iniquidades… pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros” (Isaías 53:4-6).

Mis queridos hermanas y hermanos, el crucifijo no es ningún adorno ni solo un símbolo. El crucifijo es el recuerdo más poderoso del mayor amor que el mundo ha conocido: un palo de madera dirigida de tierra al cielo, fijando nuestra atención en Dios; otro palo del este al oeste enfocando nuestra atención en nuestros fraternos seres humanos.

Y lo que une esos palos, esas direcciones, es un cuerpo, Su Cuerpo, Jesucristo, quien entregó su sufrimiento y amor transformador por y para la vida y el amor de todos: un amor crucificado que ha endurecido y que seguirá endureciendo. Un amor que convierte la madera de un árbol, el árbol de la derrota y la muerte, en un árbol de la vida y la victoria.

Y ahora nos acercamos al sepulcro. Y esperamos.