En nuestra celebración de la Pascua este año, muchos nos sentimos una variedad de emociones diferente que en los años anteriores. La Pascua siempre era un día muy alegre para las familias cristianas, profundamente espiritual y abundantemente social. Sigue siendo profundamente espiritual, raizada en la mayor y la más triunfante fiesta de nuestra fe, la Resurrección de Nuestro Señor de la Muerte. ¡Nada puede quitar esa realidad! Sin embargo, este año la Pascua está marcada por la distancia social en lugar que la comunidad alegre. No hace falta recordarlos de eso.

Como su obispo, los invito a no dejar que este virus, esta pandemia mundial, disminuya del significado tan profundo del día. “El Señor ha resucitado del sepulcro, aleluya”. Y seguimos, y siempre seremos, un Pueblo Pascual. Los símbolos y los sacramentos que ordinariamente nos muestran ese mensaje – iglesias llenas de gente, coros hermosos, la iniciación de los catecúmenos a la comunidad católica cristiana, el agua bendita y la Vela Pascual, comulgando juntos – estos aspectos de nuestra celebración Pascual no están disponibles a nosotros como siempre han sido en las Pascuas anteriores. Estamos llamados a seguir el sacrificio que nos ha traído este año.

Pero han quitado la piedra, las mujeres santas encontraron vacío al sepulcro, y el Señor resucitado se ha ido delante a Galilea. Nada nos puede quitar eso de nosotros. Nada puede cambiar nuestra fe. Nada puede borrar la Pascua, no ahora… nunca. “El Señor ha resucitado del sepulcro. El árbol de la derrota sigue y siempre será el árbol de la victoria humana.

Aunque nuestras circunstancias únicas y sin precedentes pueden, a primera vista, mudar nuestra alegría de alguna manera este día, este año, esta fiesta Pascual, que levantemos más fuerte que nunca nuestro canto, que cantemos con mayor fuerza el himno santo “¡Aleluya, Aleluya, Aleluya”! Tenemos que cantarlo. Tenemos que escucharlo. Tenemos que creerlo con corazones y mentes llenos de fe. ¡Felices Pascuas!