Más de mil familias están acampando a unos metros del puente internacional entre Brownsville y Matamoros.
Más de mil familias están acampando a unos metros del puente internacional entre Brownsville y Matamoros.

Nota del editor: Cinco fieles de la Diócesis de Trenton y el Centro de FeJusticia viajaron a la frontera entre los Estados Unidos y México del 16 al 21 de noviembre para proveer comida y apoyo humanitario a los migrantes y refugiados. Entre ellos estuvo Mateo Greeley, coordinador diocesano por la comunicación en español.

 

Las fronteras son una parte necesaria de mantener el orden en este mundo complicado de humanos. Las fronteras funcionan bastante bien cuando se las ve en un mapa o para cuadrar una imagen, pero las líneas pueden empañarse cuando estén impuestas a la creación de Dios. Cuando las fronteras se convierten en obstáculos al responder a la necesidad humana, se hacen otra cosa que solamente una frontera. Parece absurdo intentar contener al mundo vivo dentro de fronteras hechas por personas… absurdo y, demasiado a menudo, dañoso en el intento.

El terminal de buses en Brownsville, Texas, es un lugar muy real donde uno puede ver fácilmente el daño que una frontera puede causar a personas muy reales y, al mismo momento, lo que puede pasar cuando esa frontera se convierte en un puente.

Personas de otros países que buscan el asilo están viviendo, a menudo durante muchos meses si no hasta años, en las ciudades fronterizas de México justo al otro lado de los Estados Unidos. Estas personas han recibido muchos nombres –con los más ofensivos más cómo los más fuertes – pero estas personas en búsqueda del asilo, del refugio, literalmente son personas humanas. Hay aquellos que creen que los migrantes sean piezas políticas. Hay quienes que creen que los migrantes sean menos merecidos del chance de vivir una vida digna. Hay quienes que los ven como agresores y usurpadores de oportunidades que justamente no son suyos.

Según el centro de investigaciones Pew, la cantidad de personas alcanzando el asilo en los Estados Unidos ha bajado drásticamente en los últimos dos años, un resultado de opciones políticas distintas. Las investigaciones reportadas en octubre demuestran que del 20 de enero del 2017 al 30 de septiembre del 2019, o sea la mayor parte de tres años, los Estados Unidos ha abierto sus puertas a alrededor de 76,000 refugiados; en el año singular del 2016, casi 85,000 refugiados lograron alcanzar el refugio en este país.

Encuentro por casualidad o divinidad

Cuando las personas estén otorgados el asilo a través del sistema cerca de Brownsville, los agentes de inmigración los llevan al terminal de buses y los dejan ahí.

El terminal de buses se ve semejante a cualquier terminal que uno puede imaginar, pero entre todo el movimiento y la acción cotidiana están familias e individuales que han recibido el chance de mover hacia el norte por este país en búsqueda de la seguridad y nueva vida.

Se puede reconocer a los refugiados por cómo están vestidos y por lo que llevan.

Los zapatos y tenis faltan los cordones y los refugiados no llevan cinturones. Todos, los niños y los adultos, tienen que quitar estas cosas cuando entran las facilidades de detención después de pasar por el purgatorio de los campamentos de Matamoros, México – justamente en el otro lado del Río Grande. La cosa más fácil de reconocer que demuestra que alguien sea refugiado o no es el sobre grande de documentos que estos migrantes agarran en sus brazos con tanta fuerza.

El equipo del Centro de FeJusticia llegó al terminal de buses en la noche del miércoles, 20 de noviembre, con la intención de cruzar el Río Grande una vez más en nuestra misión a visitar y servir a los migrantes atrapados ahí. La organización católica sin fin de lucro está ubicada en el convento de la Parroquia Santa Ana en Lawrenceville, N.J., y tiene como su meta educar e inspirar a jóvenes para que pongan en acción su fe a través del servicio y el apoyo.

Al entrar al terminal esa noche, reconocimos a unas familias que claramente fueron refugiados. Nos presentamos y les ofrecimos apoyo en forma de un sándwich, pañales o cualquier otra cosa que rápidamente podríamos conseguir para responder a sus necesidades inmediatas. Mientras cuatro del equipo tomó acción en el terminal, yo salí para recoger algo de un almacén comunitario.

Cuando re-entré al terminal, yo vi a una madre con cuatro hijos hablando con uno de los guardias del terminal. Yo escuché al guardia decirle a la señora que el pueblo que buscaba no quedaba muy lejos, pero que no había bus hasta allá hasta el día siguiente. Miré mientras ella le agradeció y llevó a sus hijos a buscar asientos donde podrían pasar la noche larga en el terminal. Su hija mayor llevaba el sobre de documentos que marcaban a los refugiados. La niña parecía tener unos 14 años. Su hija habrá tenido unos 11 y tenía el síndrome Down. El único niño probablemente tenía 8 y la hija menor alrededor de 6 años.

Justo ese día habían alcanzado entrada legal, en forma del asilo, a los Estados Unidos de América.

Yo me acerqué al guardia para preguntar a dónde iba la familia.

“San Benito”.

“¿Queda lejos”? pregunté. Averiguamos en mi celular y vimos que quedaba unos 35 minutos de Brownsville.

El guardia no me conocía pero le pregunté si le parecía apropiado preguntar a la madre si quería que yo llevara a su familia a San Benito. “Claro, si Usted puede”, me respondió.

Tan cansados (y completamente vulnerables)

Al acercarme a esta mujer y su familia, yo podía sentir su tensión – este gringo alto se presentó y preguntó si tenían hambre. Su respuesta fue que no tenían hambre, sino estaban totalmente agotados. “Tan cansados”, repitió.

Entonces, le ofrecí llevarla y su familia joven al pueblo de San Benito.

“Sí, por favor. Está bien”, contestó después de mirar a su hija mayor para ver lo que opinaba sin decir ni una palabra. Se comunicaron con los ojos. La vulnerabilidad de esta familia fue impactante. Aceptaron transporte de un extraño total, un riesgo que no tomaría yo con mi propia familia si tuviera opción.

Los seis de nosotros salimos afuera y subimos al carro alquilado de mi grupo. Los niños todos se sentaron en la banca de en medio y su madre se sentó a mi lado.

La hija mayor sacó un documento que contenía la dirección en  San Benito, solo un número de casa y el nombre de la calle. La entré en mi celular y nos arrancamos. Eran más o menos las 7:30p.m. y mayormente mantuvimos silencio en el camino. Yo no quería parecer chismoso ni demasiado invasivo con muchas preguntas.

Eran de Matamoros, el pueblo fronterizo donde los migrantes están en campamentos esperando sus citas del asilo. Su hijo se durmió casi de inmediato y roncaba atrás de mí. Sus tres hermanas se rieron un poco mientras este extraño les llevaba por la autopista tejana.

“¿A dónde vamos”? pregunté. Yo había visto que los refugiados que conocimos iban a conectar con padrinos o familiares en algún lugar de los Estados Unidos. Todos ya tenían un destino. “No sé”, contestó esta madre. Me había dicho su nombre pero se me había olvidado tan rápido. Lo único que teníamos fue la dirección en San Benito, pero no iba a haber ningún encuentro con queridos ni conocidos.

Le pregunté de dónde vinieron ese día. Un centro de detención. “Durmieron” en el piso de concreto sin cobijas, mantas ni nada. Había gente también intentando dormir en los baños. “¿Se quitaban del espacio cuando alguien tenía que usarlo”? pregunté. “No, no había lugar y los guardias cerraban las puertas del baño atrás de nosotros”, respondió la mamá.

Al compartir esto las hijas empezaron a reírse y contaron que el niño, que aun roncaba atrás de mi asiento, fue encerrado después de usar el baño la noche anterior y que tuvo que golpear la puerta y gritar para alguien le abriera para salir. Les dio gracia a sus hermanas. Fue un regalo escucharlas reír.

Confiar en los demás

Llegamos a la salida de la autopista y el celular nos llevó a calles más y más oscuras, eventualmente llevándonos a una calle que parecía ser de tierra. El campo. No vimos luces ni edificios y yo empecé a sentir la tensión de esta madre de nuevo, la situación precaria en que ella se encontró con este extraño total.

Mientras manejamos con las luces largas puestas y vimos pasto y arbustos altos por los dos lados, le dije que a donde llegáramos, yo no los dejaría en ningún lugar donde no se sintieran cómodos.

La entrada, cuando llegamos por fin, nos llevó a un parqueo chiquito en medio de unas casitas iluminadas con poca luz. No vimos ninguna señal al principio y sugerí que los niños se quedaran en el carro mientras su madre y yo asesoramos la situación.

Caminos hacia una casa que decía “oficina” cuando escuchamos una voz decir, “Hello”, desde un paseo asombrado. Nos presenté en español a la persona en la oscuridad, pero la voz de mujer respondió que no sabía español, solo inglés. Una gringa vieja apareció bajo la luz.

Nos presenté de nuevo en inglés explicando que la familia tenía esta dirección y preguntando, “¿Dónde estamos y qué es este lugar”?

La mujer dijo que era una Hermana de Divina Providencia. Sin duda, se hizo evidente el alivio que yo me sentí de inmediato al escuchar eso. Rápidamente compartí nuestra conexión y que yo, también, trabajaba para la Iglesia Católica. Cualquier ansiedad sobre este lugar se me fue, pero eso significaba poco comparado con esta madre que tenía que sentirse, confundida por todo que pasaba y sin el poder de hacer nada al respecto.

La hermana se le acercó a la madre. Con un brazo, le abrazó por el hombro y me dijo en inglés, “Nosotras los cuidaremos”.

La monja nos llevó a una de las casitas y, al abrir la puerta, luz nos empapó. Vimos a otra hermana anciana quien, después de escuchar que esta familia había llegado y que necesitaba descansar, respondió simplemente, “Nosotras los cuidaremos”.

Salimos para recoger a los niños del carro y, al bajar del vehículo, la niña con el síndrome Down inmediatamente se acercó a la primera hermana que conocimos y la abrazó fuertemente. Una conexión fue establecida.

Yo pregunté a la madre si se sentía cómoda quedándose en esas casitas mientras ella se orientaría para decidir sus siguientes pasos en esta nueva fase de la vida de su familia. Ella me miró y dijo con una confianza trémula, “Sí, creo que estamos bien”.

Yo agradecí a las hermanas y me despedí. Sabía que yo había sido parte de algo profundo, algo lleno de gracia. Volví a Brownsville sin saber qué hacer después de lo que había pasado.

Reconociendo la gracia de Dios

Desde esa noche, he aprendido que las Hermanas de Divina Providencia llevan 30 años manteniendo la Posada Providencia en San Benito. El nombre de su ministerio no es ninguna casualidad y se refiere directamente a crear espacio para la Familia Sagrada, a la búsqueda de María y José de conseguir un lugar seguro para traer a Cristo al mundo.

Las tres hermanas que sirven en el albergue, además de todos los voluntarios, dan una bienvenida tierna con amor y aceptación al extraño que los necesite. Desde entonces, tuve la oportunidad de hablar con Hermana Zita, la segunda hermana que conocimos en la Posada Providencia. Ella me compartió que la madre de la familia se llamaba Cynthia. También, Hermana Zita me compartió que, después de pasar unos días en la Posada para orientarse y recargar las pilas, Cynthia y su familia fueron enviados “a seguir su camino”. La familia de Cynthia fue cuidada de la misma manera que cada uno de nosotros estamos llamados a cuidar al prójimo.

El 20 de noviembre será un día sagrado para mí ahora. La familia de la señora Cynthia consiguió el refugio ese día. Ciertamente la Divina Providencia tuvo algo que ver.

Para mí, la gracia es alguien o algo que nos conecta con Dios. Cynthia, sus cuatro pequeños y esas hermanas increíbles siempre serán gracias para mí. Cynthia y su familia están siguiendo “su camino” ahora y yo ruego que encuentren alegría y una bienvenida verdadera en dónde lleguen.

Para más información sobre La Posada Providencia, visite cdpsisters.org/la-posada-providencia.

Para más información sobre el Centro de FeJusticia en Lawrenceville, visite www.faithjustice.org. El Centro de FeJusticia facilita experiencias de justicia y fe para jóvenes en muchas parroquias y comunidades dentro de la Diócesis de Trenton. Llamen a Stephanie Peddicord, presidente, para hablar de las posibilides en su comunidad también. Stephanie habla el español.