Hace seis años este 24 de mayo, nuestro Santo Padre el papa Francisco compartió su segunda carta encíclica, “Laudato Sí: Sobre el cuidado de la casa común”. Nos enfocó la atención como católicos, como habitantes de esta tierra, en otro tipo de desastre entre los otros que afligen nuestro mundo, este hecho por hombres y no por la naturaleza.

Llamando nuestro planeta “Hermana Tierra”, el Sant Padre escribió – no sobre “lo que la naturaleza puede hacer a nosotros”, sino sobre lo que nosotros hacemos a la naturaleza, a “nuestra casa común” – a un planeta que “clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella”. El papa Francisco ha hecho sonar la alarma, el aviso. No podemos, de ninguna manera, seguir tan mal preparados para esta tormenta que hemos creado.

El papa Francisco no es el primer sucesor del san Pedro de llamarnos la atención sobre el medio ambiente. Sus papas predecesores san Pablo VI, san Juan Pablo II y Benedicto XVI han provisto avisos semejantes.

El papa san Pablo VI: “Estos problemas les son ciertamente familiares y nosotros no hemos querido sino evocarlos brevemente ante ustedes para subrayar mejor la urgencia y la necesidad de un cambio radical en el comportamiento de la humanidad, si se quiere asegurar su supervivencia. El hombre ha necesitado milenios para aprender a dominar la naturaleza, “a someter la tierra” según la palabra inspirada del primer Libro de la Biblia. Ha llegado entretanto para él la hora de dominar su propio dominio y esta empresa necesaria no le exige menos coraje e intrepidez que la conquista de la naturaleza.

El prodigioso dominio progresivo de la vida vegetal, animal, humana, el descubrimiento de los secretos mismos de la materia, ¿terminarán en la antimateria y en la explosión de la muerte? En esta hora decisiva de su historia, la humanidad oscila incierta entre el temor y la esperanza. ¿Quién no lo ve hoy día? Los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento. económico más prodigioso si no van acompañados de un auténtico progreso social y moral se vuelven en definitiva contra el hombre” (Discurso de Su Santidad Pablo VI en el 25° Aniversario de la administración de comida y agricultura, 16 de noviembre, 1970).

Bruscamente, la persona adquiere conciencia de ella; debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación” (Carta apostólica, Octogesima Adveniens. 14 de mayo, 1971).

El papa san Juan Pablo II: “Este estado de amenaza para el hombre, por parte de sus productos, tiene varias direcciones y varios grados de intensidad. Parece que somos cada vez más conscientes del hecho de que la explotación de la tierra, del planeta sobre el cual vivimos, exige una planificación racional y honesta. Al mismo tiempo, tal explotación para fines no solamente industriales, sino también militares, el desarrollo de la técnica no controlado ni encuadrado en un plan a radio universal y auténticamente humanístico, llevan muchas veces consigo la amenaza del ambiente natural del hombre, lo enajenan en sus relaciones con la naturaleza y lo apartan de ella. El hombre parece, a veces, no percibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y consumo. En cambio, era voluntad del Creador que el hombre se pusiera en contacto con la naturaleza como “dueño” y «custodio» inteligente y noble, y no como «explotador» y “destructor” sin ningún reparo” (Carta encíclica, Redemptor Hominis, 4 de marzo, 1979).

El papa Benedicto: Nos recuerda la urgencia de eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial, y corregir los modelos de crecimiento que parecen incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente” (Discurso al Cuerpo Diplomático Acreditado ante la Santa Sede, 8 de enero, 2007).

“La degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana” (Carta encíclica, Caritas in Veritate, 29 de junio, 2009).

“El consumo brutal de la creación comienza donde no está Dios, donde la materia es sólo material para nosotros, donde nosotros mismos somos las últimas instancias, donde el conjunto es simplemente una propiedad nuestra y el consumo es sólo para nosotros mismos” (Encuentro del Santo Padre Benedicto XVI con el Clero de la Diócesis de Bolzano-Bressanone, 6 de agosto, 2008).

Estas reflexiones y otros comentarios semejantes hechos por los papas dentro de los últimos 50 años sirven como las fundaciones de la urgencia expresada por el papa Francisco durante su pontificado. Durante estos ocho años desde su elección, él ha ganado el respecto de todas las personas de buena voluntad – los católicos y no católicos, los creyentes y no creyentes por iguales. Las personas le escuchan.

“La tierra”, notó en Laudato Sí, “es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos” (capitulo 2). No es el “compartir” ni el “beneficio” que se le preocupan. Es la actitud que parece estar arraigada en la sociedad humana de que los regalos de Dios, los frutos de su creación sean sin límites e inexhaustibles, cosas que se puede explotar y despreciar con poca preocupación por las consecuencias. ¡Eso es el asunto! Los efectos negativos de nuestros asaltos incesante hacia el medio ambiente, lo que él llama “uno de los principales desafíos actuales para la humanidad”, extienden mucho más allá que el aire, el agua, el petróleo, la energía, la tierra y el clima. Estos asaltos son síntomas de una “cultura del descarte” que pone poco valor en los seres humanos y su dignidad y valor entregados por Dios.

La crisis que vivimos en el medio ambiente y la ecología se ha convertido en algo simbólico de lo que hacemos y cómo tratamos uno al otro en la faz de esta tierra buena de Dios, lo que el Santo Padre llama “la degradación humana y social”. Si nos importa tan poco la vida humana, ¿cómo podemos esperar cuidar los recursos que existen para apoyarla? Y, al contrario, si seamos tan descuidados con la tierra, nuestra “casa común”, ¿cómo podríamos esperar cuidar a las personas que la comparten?

Los detractores dicen, “El papa no es científico … sus palabras son inflamatorias, solo una invitación de entrar al debate político sobre el cambio climático y el calentamiento global”. Estos asuntos sí son muy complejos y multifacéticos. Dado que no se puede ni debe ignorar la ciencia y el dialogo política tiene su lugar, el papa está llamando a todas las personas de buena voluntad – creyentes o no creyentes por iguales – pero especialmente los cristianos y católicos a ser buenos mayordomos de la creación y nuestra “casa común”.

Ese llamado no es ninguna parte pequeña de nuestra fe y moralidad, a pesar de lo que los criticones del papa dirán. Él es nuestro padre espiritual, nuestro pastor principal y maestro de la fe y moralidad católica, papeles que son únicamente suyos como el Vicario de Cristo en la tierra. Si un creyente ignore la responsabilidad por el mundo en que vivimos, los recursos que provee y las personas con quienes los compartimos, ¿qué podremos esperar de aquellos que no creen? Si no nos importa o no respetamos el plan divino para la creación, ¿qué podremos decir de los planes humanos, las posibilidades humanas, las esperanzas humanas para un futuro sostenible?

El papa Francisco pide a todas las personas, especialmente a los católicos y los ortodoxos con quien tenemos tanto en común, a responder a las crisis que nos afrontan, precisamente como personas de fe. Por esa razón, él nos ha invitado a entrar a este Día Mundial de la Oración por el Cuidado de la Creación para “reafirmar su/nuestra vocación personal de ser mayordomos de la creación”. La oración autentica y verdadera profundiza nuestra fe. La fe autentica y verdadera nos impulsa a la convicción. La convicción autentica y verdadera nos lleva a la acción. Hoy es el día para que nosotros examinemos nuestras conciencias, decidamos cual acción debemos tomar aquí y ahora, cuando todavía no sea demasiado tarde.

Si nos arrodillamos en oración ante el Dios de la creación y no nos levantemos como sus mayordomos y sus sirvientes, nuestros esfuerzos, nuestro “clamor” ni llegará al cielo ni renovará la faz de la tierra y las generaciones por venir nunca verán ni gozarán de lo que el salmista llama “las cosas buenas del Señor en la tierra de los vivos”. No podemos permitir que eso ocurra. La creación es obra de Dios, regalo de Dios. El cuidado de la creación es nuestra obra y nuestro regalo en torno.