AWALI, Bahréin CNS – Viajando como un "sembrador de paz" al Reino de Bahréin, el Papa Francisco fortaleció aún más los lazos con el mundo musulmán y fue testigo de la alegría y la vitalidad de su población minoritaria y predominantemente cristiana expatriada.

Su mensaje a favor de la coexistencia pacífica de diferentes culturas y etnias también incluía a esta amplia región del Golfo Pérsico, que es cada vez más diversa debido a las crecientes comunidades de trabajadores migrantes, quienes constituyen un porcentaje significativo de la población.

La visita del Santo Padre, de 85 años, a Bahréin del 3 al 6 de noviembre marcó su viaje internacional número 39 en casi 10 años como Papa y su viaje número 13 a una nación de mayoría musulmana, lo que refleja su profundo compromiso con el diálogo interreligioso y la necesidad de trabajar colectivamente para enfrentar los desafíos globales y las crisis morales de hoy.

La primera parada del Sumo Pontífice en Awali el 3 de noviembre fue el Palacio Sakhir, hogar del rey Hamad bin Isa Al Khalifa y la familia real.

Reunido con autoridades, miembros del cuerpo diplomático, y representantes locales en el palacio, el Papa expresó: "Los numerosos grupos nacionales, étnicos, y religiosos que coexisten en Bahréin dan testimonio de que podemos y debemos vivir juntos en nuestro mundo".

Elogió los esfuerzos del reino para promover el respeto mutuo, la tolerancia, y la libertad religiosa. Sin embargo, dijo que se debe hacer más para ofrecer igualdad de oportunidades a todos los grupos e individuos; contrarrestar la discriminación; proteger a los trabajadores inmigrantes; garantizar los derechos humanos; y abolir la pena de muerte.

El día siguiente fue el más ocupado para el Papa, cuyo dolor crónico de rodilla había empeorado, manteniéndolo en una silla de ruedas cuando necesitaba moverse y parándose solo brevemente con un bastón como apoyo.

El Papa Francisco ayudó a cerrar el Foro de Bahréin para el Diálogo: Este y Oeste para la Coexistencia Humana, un evento patrocinado por el rey, el 4 de noviembre en la Plaza Al-Fida' del palacio.

Viajando en un compacto Fiat blanco con placas de la Ciudad del Vaticano, el Papa fue acompañado a través del exuberante oasis verde del recinto amurallado del palacio por guardias reales a caballo. Luego se invitó al Papa a verter agua de una jarra de metal en la base de una gran palmera.

El Santo Padre dijo a representantes de diferentes religiones y líderes internacionales que "es nuestro deber alentar y ayudar a nuestra familia humana", especialmente a aquellos que son abandonados por los poderosos: los pobres, los no nacidos, los ancianos, los enfermos, y los migrantes.

Dios quiere que sus hijos sean "una familia, no islas, sino un gran archipiélago", como Bahréin, manifestó el Papa. El mundo "sólo puede avanzar remando juntos; si navegamos solos, vamos a la deriva".

Más tarde ese día, en el patio de la mezquita del palacio, el Papa se dirigió al jeque Ahmad el-Tayeb, gran imán de la mezquita y universidad egipcia Al-Azhar, y máximos representantes del Consejo Musulmán de Ancianos, un grupo internacional de eruditos y expertos islámicos.

Animó a quienes trabajan para evitar divisiones y conflictos en las comunidades musulmanas, promover el respeto mutuo, la tolerancia, y la moderación, y disipar "interpretaciones erróneas que, a través de la violencia, malinterpretan, explotan, y perjudican las creencias religiosas".

"El Dios de la paz nunca provoca la guerra, nunca incita al odio, nunca apoya la violencia", afirmó. La paz se construye con "encuentro, negociación paciente, y diálogo", y se basa en la justicia.

La oración y la fraternidad "son nuestras armas", dijo el Papa Francisco, condenando nuevamente el comercio mundial de armas, llamándolo "el 'comercio de la muerte' que, a través de desembolsos cada vez mayores, está convirtiendo nuestra casa común en un gran arsenal".

"Unidad en la diversidad y testimonio de vida" fue el tema central del discurso del Sumo Pontífice en la Catedral de Nuestra Señora de Arabia, la catedral más grande de la región del Golfo Pérsico, para un encuentro ecuménico y una oración por la paz. Asistieron muchos cristianos y católicos locales, así como el rey Al Khalifa, el patriarca ecuménico ortodoxo Bartolomé de Constantinopla, y otros dignatarios.

La nueva catedral sirve al Vicariato Apostólico del Norte de Arabia, que incluye a Bahréin, Kuwait, Qatar y, formalmente, Arabia Saudita, y fue construida en respuesta a la creciente población católica de la región del Golfo, que ahora se estima en 2.5 millones.

El Papa viajó el 5 de noviembre al Estadio Nacional de Bahréin para celebrar la Misa por los más de 20,000 residentes extranjeros que trabajan en Bahréin y miles más de países vecinos – todos juntos representando a más de 100 nacionalidades diferentes.

"Esta misma tierra es una imagen viva de la coexistencia en la diversidad y, de hecho, una imagen de nuestro mundo", señaló el Papa en su homilía.

Animó a los fieles a vivir como "hijos del Padre y construir un mundo de hermanos y hermanas". Deben "aprender a amar a todos, incluso a nuestros enemigos", y encontrar la valentía para correr el riesgo de vencer el mal con el bien.

Esa noche fue al Colegio Sagrado Corazón, cuyos 1,215 alumnos representan 29 nacionalidades, culturas, idiomas, y religiones diferentes. Un coro le cantó al Papa canciones cristianas y otro grupo de niños y niñas exhibieron una danza tradicional de Bahréin.

El Papa elogió su entusiasmo, diciendo: "Mientras los miro, sabiendo que no son todos de la misma religión y no tienen miedo de estar juntos, creo que sin ustedes esta coexistencia de diferencias no sería posible".

El 6 de noviembre, su último día en el reino, el Papa oró y habló con obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas, y trabajadores pastorales de la región del Golfo Pérsico en la Iglesia del Sagrado Corazón en Manama.

Nuevamente insistió en la necesidad de que los católicos de la región sean guardianes y constructores de la unidad, tendiendo la mano al diálogo con los demás y viviendo como hermanos y hermanas.