Como el obispo de la Diócesis de Trenton, escribo para compartir información e instrucción muy importante de la Congregación de la Doctrina de la Fe (CDF) el 22 de septiembre, 2020, sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida. Un resumen por el noticiero del Vaticano sigue abajo.

“Samaritanus bonus” (El buen samaritano en latín) es una carta nuevamente publicada y aprobada por el papa, que reitera la condenación de cualquier forma de eutanasia voluntaria y suicidio asistido. También apoya ayuda para familias y trabajadores de salud.

La Congregación enseña que la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido “una maldad intrínseca en cada situación o circunstancia” sin importar cómo se la nombra (ejemplo, “Morir con dignidad”) y cualquier cooperación formal o material en un acto tan grave en contra la vida humana”. Eso significa aun más para nosotros en Nueva Jersey donde la eutanasia y suicidio asistido han sido legalizados.

La CDF considera importante publicar esta carta, no simplemente para repetir la enseñanza eclesial de lo inmoral que son la eutanasia y suicidio asistido – que hubieran logrado en una o dos frases – sino para tratar una crisis espiritual en la cristiandad y catolicismo que deja que las semanas o días o horas finales de vida sin sentido o razón, sin la razón espiritual para ambos el enfermo además de quienes lo cuidan a transformarse en la semejanza del Señor Jesucristo a través del compartir en el sufrimiento que tiene la esperanza de la resurrección. Es la ausencia de tal razón espiritual que promovió la carta de la CDF y no solamente reafirmar la inmoralidad de la eutanasia y suicidio asistido.

Para ver el texto completo del documento, visite al http://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2020/09/22/carta.html

De sitio web del Vaticano:

El documento, presentado a la atención del Santo Padre y aprobado por él el 25 de junio de 2020, lleva el título de Samaritanus bonus. Se han elegido el género literario de la Carta y la fecha del 14 de julio de 2020, memoria litúrgica de San Camilo de Lellis (1550-1614). En el siglo XVI, época en la que vivió nuestro santo, los incurables se entregaban por lo general a mercenarios; algunos de ellos, delincuentes, estaban obligados a realizar ese trabajo por la fuerza; otros se resignaban a esta tarea, porque no tenían otra posibilidad de ganar dinero. Camilo quería "hombres nuevos para una nueva asistencia". Y tenía una idea fija: reemplazar a los mercenarios con gente dispuesta a estar con los enfermos sólo por amor. Quería tener con él gente que "no por merced, sino voluntariamente y por amor a Dios, les sirviera con ese amor de las madres para sus hijos enfermos".

Esta intención de cuidar siempre al enfermo ofrece el criterio para evaluar las diversas acciones a llevar a cabo en la situación de enfermedad “incurable”. Se afirma esto en la primera parte de Samaritanus bonus. La carta anhela proveer maneras concretas para poner en práctica la parábola del buen samaritano, quien nos enseña de que “hasta cuando sanar a la persona sea no muy probable o hasta imposible”, el cuidado médico, cuidado enfermero, cuidado psicológico y espiritual “nunca debe ser quitado”.

 

“Incurable” no significa “incuidable”

“Curar si sea posible, siempre cuidar”. Estas palabras del papa san Juan Pablo II explican que lo “incurable, de hecho, no es nunca sinónimo de “in-cuidable”. Cuidar hasta el mero fin; “estar con” el enfermo; acompañar, escuchar, asegurar que se siente amado; así se puede evitar la soledad y aislamiento, el miedo del sufrimiento y muerte. Todo el documento se enfoca en el significado del dolor y sufrimiento en la luz del Evangelio y el sacrificio de Jesús.

 

Dignidad inalienable de la vida

El valor inviolable de la vida es una verdad básica de la ley moral natural y un fundamento esencial del ordenamiento jurídico”, dice la Carta. “Así como no se puede aceptar que otro hombre sea nuestro esclavo, aunque nos lo pidiese, igualmente no se puede elegir directamente atentar contra la vida de un ser humano, aunque este lo pida”. Al citar Gaudium et spes, el documento reitera que “aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador” (núm. 27).

 

Obstáculos que oscurecen el valor sagrado de la vida humana

El documento cita varios factores que limitan la habilidad de arrestar el valor de la vida, como cuando se pueda considerar que una vida “valga la pena” si ciertas condiciones psíquicas y físicas sean presentes. Uno de estos obstáculos, la Carta nota, es la falsa comprensión de lo que significa “compasión”. La compasión verdadera, explica, “consiste no en causar la muerto”, sino que “la compasión humana no consiste en provocar la muerte, sino en acoger al enfermo, en sostenerlo en medio de las dificultades, en ofrecerle afecto, atención y medios para aliviar el sufrimiento”. Otro obstáculo nombrado es un individualismo prevalente que provoca la soledad.

 

La enseñanza del magisterio

En la enseñanza doctrinal, “la Iglesia considera que debe reafirmar como enseñanza definitiva que la eutanasia es un crimen contra la vida humana” en cualquier circunstancia. La cooperación “formal o inmediato” constituye un pecado grave contra la vida humana que ninguna autoridad pueda “recomendar ni permitir legítimamente”. Quienes aprueban leyes a favor de la eutanasia “se convierten en cómplices” y “culpables de escándalo” porque estas leyes contribuyen a la mala formación de conciencias. Siempre hay que rechazar el acto de eutanasia. Sin embargo, la Carta reconoce que la desesperación o angustia de la persona pidiendo morir puede disminuir o hasta “borrar” su propia responsabilidad.

 

No a tratamientos agresivos

El documento también explica que proteger la dignidad de la muerte implica excluir los tratamientos médicos agresivos. Entonces, cuando la muerte es inminente e inevitable, “es lícito en ciencia y en conciencia tomar la decisión de renunciar a los tratamientos que procurarían solamente una prolongación precaria y penosa de la vida”, sin, sin embargo, interrumpir los tratamientos ordinarios necesarios que el paciente requiere, como la comida y hidratación “en la medida en que sean necesarias para mantener la homeostasis corpórea y reducir el sufrimiento orgánico y sistémico”. El cuidado paliativo es “un instrumento precioso e irrenunciable para acompañar al paciente”. La medicina paliativa nunca debe incluir la posibilidad de la eutanasia, enfatiza la Carta, pero debe incluir el apoyo espiritual de ambos el enfermo y los miembros de su familia.

 

Apoyo por la familia

En el cuidado de una persona enferma “es esencial que el enfermo no se sienta una carga, sino que tenga la cercanía y el aprecio de sus seres queridos. En esta misión, la familia necesita la ayuda y los medios adecuados. Es necesario, por tanto, que los Estados reconozcan la función social primaria y fundamental de la familia y su papel insustituible, también en este ámbito, destinando los recursos y las estructuras necesarias para ayudarla”.

 

Cuidado en las etapas prenatales y pediatras

Desde la concepción, “los niños afectados por malformaciones o patologías de cualquier tipo son pequeños pacientes que la medicina hoy es capaz de asistir y acompañar de manera respetuosa con la vida. … En el caso de las llamadas patologías prenatales “incompatibles con la vida” – es decir que seguramente lo llevaran a la muerte dentro de un breve espacio de tiempo – y en ausencia de tratamientos fetales o neonatales capaces de mejorar las condiciones de salud de estos niños, de ninguna manera son abandonados en el plano asistencial, sino que son acompañados, como cualquier otro paciente, hasta la consecución de la muerte natural”, sin suspender comida ni hidratación. La Carta declara que “a nivel social, el uso a veces obsesivo del diagnóstico prenatal y el afirmarse de una cultura hostil a la discapacidad inducen, con frecuencia, a la elección del aborto, llegando a configurarlo como una práctica de ‘prevención’. Este consiste en la eliminación deliberada de una vida humana inocente y como tal nunca es lícito. Por lo tanto, el uso del diagnóstico prenatal con una finalidad selectiva es contrario a la dignidad de la persona y gravemente ilícito porque es expresión de una mentalidad eugenésica”.

 

Terapias analgésicas y supresión de la conciencia

“Para disminuir los dolores del enfermo, la terapia analgésica utiliza fármacos que pueden causar la supresión de la conciencia (sedación)”. La Carta afirma “la licitud de la sedación como parte de los cuidados que se ofrecen al paciente, de tal manera que el final de la vida acontezca con la máxima paz posible y en las mejores condiciones interiores”. Esto también aplica a “uso de los analgésicos es, por tanto, una parte de los cuidados del paciente, pero cualquier administración que cause directa e intencionalmente la muerte es una práctica eutanásica y es inaceptable”.

 

El estado vegetativo y el estado de mínima consciencia

Hasta en los casos de los “estados de máxima debilidad, debe ser reconocido en su valor y asistido con los cuidados adecuados”, que incluye el derecho a la comida e hidratación”. … “En algunos casos, tales medidas pueden llegar a ser desproporcionadas, o porque su administración no es eficaz, o porque los medios para administrarlas crean una carga excesiva y provocan efectos negativos que sobrepasan los beneficios” … “Por lo tanto, es necesario prever una ayuda adecuada a los familiares para llevar el peso prolongado de la asistencia al enfermo en estos estados”.

 

La objeción de conciencia por parte de los agentes sanitarios y de las instituciones sanitarias católicas

La Carta pide que las Iglesias, instituciones, y comunidades católicas adopten “una toma de posición clara y unitaria por parte de las Conferencias Episcopales, las Iglesias locales, así como de las comunidades y de las instituciones católicas para tutelar el propio derecho a la objeción de conciencia en los contextos legislativos que prevén la eutanasia y el suicidio”.

En el caso especifico de la eutanasia, el documento declara que la existencia de leyes aprobando amenazas a la vida humana “establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia”. Es importante que los doctores y colaboradores médicos estén formados para poder acompañar al enfermo de manera cristiana. “No es admisible por parte de aquellos que asisten espiritualmente a estos enfermos ningún gesto exterior que pueda ser interpretado como una aprobación de la acción eutanásica, como por ejemplo el estar presentes en el instante de su realización”.