Al anochecer el 11 de septiembre de 2001, la comunidad universitaria y más se juntaron afuera de la Basílica para una vigilia con velas. Fotos cortesía de la Catholic University of America
Al anochecer el 11 de septiembre de 2001, la comunidad universitaria y más se juntaron afuera de la Basílica para una vigilia con velas. Fotos cortesía de la Catholic University of America

Era un martes hermoso en la mañana del 11 de septiembre en Washington, D.C., hace veinte años. Yo trabajaba y vivía en la Universidad Católica de América. Me iba a tocar celebrar la Misa diaria más tarde así que tuve un poco de tiempo personal aquella mañana para leer el periódico, tomar otro café y mirar el final de un programa en la televisión antes de ir a mi oficina a comenzar el día de trabajo. Fue entonces que interrumpieron el programa poco después de las 9 am con escenas en vivo con humo saliendo de la torre norteña de las Torres Gemelas. Nadie sabía cómo un avión hubiera chocado con el edificio cuando, de repente unos momentos luego, un segundo avión chocó con la otra torre. Todo me parecía surreal y a las 9:30, la escena cambió al presidente Bush en Florida, anunciando una “tragedia nacional”, y confirmando “un ataque aparentemente terrorista en contra nuestro país”.

Unos minutos después de su anuncio, se vio al Pentágono encendido también, unas siete millas del campus de la universidad donde yo estaba. Yo salí y pude ver el humo en la distancia. Rápidamente, me enteré de que otro avión se cayó ahí y que nuestro país se encontró bajo ataque terrorista.

Comencé a rezar. Como presidente universitario, yo estaba responsable por más de 6,000 estudiantes y 1,200 empleados en el campus. Me reuní con los administradores presentes además que los directores de seguridad pública para elaborar un plan para responder a los eventos como comunidad universitaria con la información que teníamos. Todos salían de los dormitorios y edificios al gran campo que hay entre la universidad y la Basílica del Santuario Nacional.

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No había ningún sistema de audio, entonces con un megáfono, yo me dirigí a todos los congregados para calmarlos y anunciar la cancelación de clases y que todos tenían que mantenerse en el campus.

Mandamos a la facultad a quedarse en casa. Los administradores, capellanes, consejeros y autoridades de seguridad de la universidad se hicieron visibles y presentes a la comunidad universitaria para mantener algo de orden y calma en medio del miedo entendible que todos nos sentíamos. Comenzamos a rezar el Santo Rosario y los comedores del campus empezaron a preparar comida. Elaboramos planes para ocupar a los alumnos tanto que podíamos. Me reuní con los administradores regularmente durante todo el día para actualizarnos y quedarnos al tanto de todo que ocurría. A mediodía, la comunidad del campus recibió la invitación a la Misa en la Basílica. Llenamos la iglesia. En la tarde, nos reunimos todos de nuevo en el campo grande para una vigilia de oración con velas.

Al comenzar a caminar a mi residencia aquella noche, me impactó tanto cuando, al mirar hacia arriba, vi una bandera estadounidense volando afuera del edificio administrativo de la universidad. Las muchas emociones que yo había guardado todo ese día se me escaparon en ese momento y empecé a llorar profundamente. Mi cuerpo entero temblaba mientras me paré ahí solito llorando. Oré, “Que Dios bendiga y proteja a nuestro país y gente”.

Los eventos de aquel día se mantienen tan claros como si ocurrieran ayer. Nunca olvidaré. De vez en cuando, escucho de graduados de la Universidad Católica de América que recuerdan estar en el campus el 11 de septiembre del 2001. Hablan del miedo y la ansiedad que se sentían, pero también del consuelo que recibieron de parte de los capellanes, consejeros y otro personal en general. Unos perdieron a queridos en los ataques, pero todos nosotros fuimos afectados por los acontecimientos de aquel día.

Las personas se dirigieron a Dios aquel día, a lo mejor por primera vez. Oraban por las víctimas, por la seguridad, por un fin del terrorismo, por nuestro país. Dios no nos abandonaría frente a la maldad.

Aunque viéramos lo peor de la humanidad aquel día terrible hace veinte años, también vimos lo mejor del coraje y la compasión en aquellos que se lanzaron para ayudar, héroes verdaderos. En medio de la tragedia y el miedo, también se ve lo mejor del espíritu humano.

Hubo un sentido real de unidad evidente entre todos en los días subsecuentes del 9/11. Primeramente, fue un compartir del choque y el luto, pero rápidamente se transformó a la resiliencia, la determinación y el patriotismo. Nos unimos como “una nación, bajo Dios”.

Nunca olvidemos.