Sería tremendo poder mantener de por toda nuestra vida aquel entusiasmo y alegría que teníamos cuando éramos niños en cuanto la Navidad. ¿Recuerdas cómo te sentías cuando eras más joven, cómo esperabas que llegara la Navidad con tanta expectativa y gozo? Las luces, las decoraciones, los villancicos, los regalos … todo nos orientaban hacia el 25 de diciembre. Por supuesto, el enfoque de estas cosas tenía que ver más con los aspectos seculares de nuestra celebración navideña. Pero no hay nada mal en eso si no sean las únicas cosas acerca de la Navidad para nosotros.

Como católicos, nosotros sabemos que la Navidad significa mucho más espiritualmente – su origen y significado duradero: el Hijo de Dios, Emanuel, el Señor Jesucristo, el Mesías nació en Belén en el día de la Navidad. “Un hijo nos ha nacido, un Hijo nos ha concedido”, predicó el profeta Isaías unos 800 años antes del nacimiento de Cristo. Aquellos años continuamente agregaban más entusiasmo y alegría para el Pueblo de Dios mientras esperaba al Mesías prometido por venir. Si tuviéramos esa expectativa durante nuestra vida espiritual entera, sería espectacular. De eso se trata el tiempo santo del Adviento cada año hasta que llegue la Navidad.

La historia navideña es la misma que siempre, no cambia: la Virgen María y José, el niño, la estrella, los ángeles, el pesebre, la cuna, los pastores, los reyes. Repetimos la historia escritural cada año.

Pero la Navidad no es solo una historia ni unas imágenes típicas que vemos en nuestras natividades. La Navidad trata de la diferencia que la venida de Cristo hizo, y sigue haciendo, en nuestro mundo y en nuestras vidas. ¿Tenemos un nivel apropiado de entusiasmo y alegría durante Adviento al acercarnos a su conmemoración anual? ¿Apartamos el tiempo para considerar lo que la Navidad realmente significa, lo que el Señor Jesucristo significa a nosotros para nuestras vidas?

Puede que la historia no cambie, pero ¿nos cambiamos nosotros como resultado de escucharla de nuevo, o contarla otra vez? ¿Estamos más agradecidos, más bendecidos, más motivados espiritualmente a acercarnos al Niño de Belén, el Rey de Reyes, el Señor de Señores? ¿Damos la bienvenida a Jesús al pesebre humilde propio de nuestros corazones, especialmente después de todo lo que hayamos vivido?

Que intentemos avivar ese entusiasmo y alegría de nuevo. Podemos visitar a la iglesia y rezar una oración. Podemos leer las Escrituras, tal vez la historia navideña en el principio de los Evangelios de Mateo y Lucas. Debemos ir a confesarnos.

Que vayamos a Misa cuando sea posible. Demos algo a los pobres. Tratemos con un poco más de amor a nuestras familias y amigos. No dejemos que los días de Adviento y Navidad se nos pasan. Después de todo, Jesús, la Palabra encarnada, el Mesías, ¡vino por nosotros! Pues, eso es algo de que sentirnos entusiasmados y alegres. Hagamos que ese entusiasmo dure.

¡Feliz Navidad y feliz Año Nuevo!