Aunque la Solemnidad de la Asunción de la Santa Madre al cielo este año no es día santo de obligación porque cae en un sábado, sigue como una de las fiestas marianas preeminentes que se debe honrar y recordar. En la Diócesis de Trenton, María la Reina de la Asunción es nuestra patrona y el nombre de nuestra catedral. Permítanme por favor compartir unas reflexiones en esta solemnidad con ustedes.

La Santa Virgen María es la Madre del Señor Jesucristo y posee el titulo e identidad de ser la “Madre de Dios”. Por la historia de la Iglesia, María ha ocupado lugar único de honor y preeminencia entre la comunión de los santos. Escogida por Dios para ser la madre de su único Hijo engendrado, María fue concebida inmaculadamente”, o sea concebida en el vientre de su propia madre sin la mancha del pecado original y “llena de gracia”, como anunció el Ángel Gabriel cuando ella concibió al Señor Jesús (Lucas 1:28).

De manera semejante, por su relación única y privilegiada con el Señor Jesucristo, ella fue asumida en cuerpo y alma al cielo cuando terminó su vida terrenal. Estas dos convicciones de fe relacionadas tan íntimamente proclamadas y creadas definitivamente por la Iglesia – la Inmaculada Concepción y la Asunción – merecen indudablemente el reconocimiento y observancia de parte de la Iglesia, respetivamente el 8 de diciembre y el 15 de agosto.

La doctrina de la Asunción de la Santa Virgen María al Cielo fue definida y declarada como “dogma divinamente revelada” (o sea, infalible y fuera de la duda) por el papa Pio XII en su constitución apostólica del 1950, “Munificentissimus Deus” (1 de noviembre del 1950).

¿María realmente falleció?

Ni las Escrituras ni la tradición de la Iglesia, incluyendo la declaración del papa Pio XII, explícitamente contestan la pregunta. Sin embargo, por lo siglos, la mayoría de los santos y teólogos católicos creían que ella, de hecho, murió, pero no como el resultado de ningún pecado original ni humano – de lo cual ella fue preservada – pero conforme a la experiencia de su Hijo, Jesús, quien murió. El papa san Juan Pablo II lo explicó: “dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre … La Madre no es superior al Hijo, que aceptó la muerte” (Audiencia general, 25 de junio, 1997, 2-3).

¿Qué significa “asunción”?

Aunque la realidad no sea nada simple ni sencilla, simplemente, la “la inmaculada Madre de Dios, la siempre virgen María, habiendo completado el curso de la vida terrenal, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial " (Papa Pio XII, “Munificentissimus Deus,” 44). Es importante reconocer que la enseñanza eclesial no usa términos como “resurrección” ni “ascensión” para definir ni describir la “asunción” de María como se usa con Jesús su Hijo. Ella no fue “levantada de la muerte” ni “resucitada” ni “se ascendió al cielo por su propio poder”. María fue asumida al cielo, en cuerpo y alma” por Dios al terminar su vida terrenal.

¿Se encuentra la doctrina de la Asunción de la Santa Virgen María en las Escrituras?

Sí y no. La Biblia no contiene texto explícito de la asunción de María, pero existen precedentes para “la asunción” en los casos del patriarca del Antiguo Testamento Enoc y el profeta Elías. Ambos hombres santos en la historia de Israel fueron llevados al cielo por Dios.

Al reflexionar sobre el papel único de María en la historia de la salvación y su unión perfecta con su Hijo, la temprana Iglesia defendió el caso a favor de su asunción a través de su fe que últimamente compartió en la gloria de su Él. Ella estaba, después de todo, presente en los momentos significantes de la vida y ministerio público de Jesús, en el primer milagro en Caná, en su encarnación y nacimiento, con José en el templo de Jerusalén, en su crucifixión y entregada al cuidado de Juan el Discípulo amado, y en los primeros tiempos de la Iglesia. Ella verdaderamente podía decir de Jesús que “esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”.

Los académicos de las Escrituras por los siglos también han subrayado varios temas en la Biblia que apoyan la creencia de la Iglesia en la Asunción de María. Grandes obras de arte cristiano representan la muerte o “dormición” de María además de su asunción en cuerpo y alma al Cielo. La fe en la Asunción de María tiene una fundación fuerte en la historia de la Iglesia.

¿Qué es lo que la Asunción de María significa para nosotros?

La Asunción de María anticipa nuestra última unión con Cristo. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) dice:

… “Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte". La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos (CIC, 966).

La Asunción de María es un “ejemplo” para la Iglesia y un modelo para todo cristiano. El Segundo Concilio Vaticano nos recordó:

La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó San Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo. Pues en el misterio de la Iglesia, que con razón es llamada también madre y virgen, precedió la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y singular como modelo tanto de la virgen como de la madre (“Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium”, 63).

La Asunción de María es un ejemplo y maestro de la oración. En su exhortación apostólica, “Marialis Cultus”, el beato papa Pablo VI observó:

el último trazo biográfico de María nos la describe en oración: los Apóstoles "perseveraban unánimes en la oración, juntamente con las mujeres y con María, Madre de Jesús, y con sus hermanos"(Act 1, 14): presencia orante de María en la Iglesia naciente y en la Iglesia de todo tiempo, porque Ella, asunta al cielo, no ha abandonado su misión de intercesión y salvación (50). "Virgen orante" es también la Iglesia, que cada día presenta al Padre las necesidades de sus hijos, "alaba incesantemente al Señor e intercede por la salvación del mundo" (Papa Pablo VI, exhortación apostólica, “Marialis Cultus,” 2 de febrero, 1974, 18).

La Asunción de María nos enseña la confianza y la esperanza. El papa san Juan Pablo II predicó que, para tener éxito en nuestras intenciones, debemos encomendarnos a la Santa Virgen María siempre, pero especialmente en los momentos de dificultad o tinieblas. Escribió:

De María aprendemos a rendirnos a la voluntad de Dios en todas las cosas. De María aprendemos a confiar también cuando parece haberse eclipsado toda esperanza. De María aprendemos a amar a Cristo, Hijo suyo e Hijo de Dios. … Aprendamos de Ella a ser fieles siempre, a confiar en que la Palabra que Dios os da será cumplida, y que nada es imposible para Dios” (Papa Juan Pablo II, “Homilía en Washington, D.C.”, 6 de octubre, 1975).

La Asunción de María nos demuestra nuestro destino en Cristo. El papa san Juan Pablo II declaró:

En ella, elevada al cielo, se nos manifiesta el destino eterno que nos espera más allá del misterio de la muerte: un destino de felicidad plena en la gloria divina. Esta perspectiva sobrenatural sostiene nuestra peregrinación diaria. María es nuestra Maestra de vida. Contemplándola, comprendemos mejor el valor relativo de las grandezas terrenas y el pleno sentido de nuestra vocación cristiana (Papa Juan Pablo II, “homilía en la Basílica de San Pedro”, Roma, 15 de agosto, 1997).

La Asunción de María revela el poder del amor. El papa san Juan Pablo II proclamó:

María, elevada al cielo, indica el camino hacia Dios, el camino del cielo, el camino de la vida. Lo muestra a sus hijos bautizados en Cristo y a todos los hombres de buena voluntad. Lo abre, sobre todo, a los humildes y a los pobres, predilectos de la misericordia divina. A las personas y a las naciones, la Reina del mundo les revela la fuerza del amor de Dios, cuyos designios dispersan a los de los soberbios, derriban a los potentados y exaltan a los humildes, colman de bienes a los hambrientos y despiden a los ricos sin nada (Papa Juan Pablo II, “Homilía de la Basílica de San Pedro”, Roma, 15 de agosto, 1999).

La Asunción de María cumple su trabajo en la tierra y nos invita estar con ella en la eternidad. El año pasado, el papa Francisco habló con 20,000 peregrinos en la Plaza San Pedro en la Solemnidad de la Asunción:

nos otorga una nueva habilidad para atravesar los momentos más dolorosos y difíciles con fe; nos da la capacidad de tener misericordia, perdonarnos, comprendernos, apoyarnos mutuamente. … Y le pedimos que nos proteja y nos apoye; que podemos tener una fe firme, alegre y misericordiosa; que nos ayude a ser santos, a encontrarnos con ella, un día, en el Paraíso (Papa Francisco, “Ángelus”, 15 de agosto, 2017).

La Solemnidad de la Asunción de la Santa Virgen María es, sin duda, más que una obligación para los católicos. Es una verdad de nuestra fe que tiene una riqueza y está llena de sentido, tanto que merece ser celebrada sea obligación o no según el derecho canónico. Cada fiesta de la Santa Virgen María durante el calendario eclesial nos acerca a su Hijo a través de su unión materna con Él. El san Bernardo de Claraval lo expresó hermosamente:

En los peligros, en las angustias, en las incertidumbres – dice – piensa en María, invoca a María. Que Ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu corazón; y para que obtengas la ayuda de su oración, no olvides nunca el ejemplo de su vida. Si la sigues, no puedes desviarte; si la invocas, no puedes desesperar; si piensas en ella, no puedes equivocarte. Si ella te sostiene, no caes; si ella te protege, no tienes que temer; si ella te guía, no te cansas; si ella te es propicia, llegarás a la meta...

Que María, la Madre de Dios y Madre de la Iglesia, asumida al Cielo, ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. ¡Amén!