“En esta fiesta solemne de Todos los Santos, la Iglesia nos invita a reflexionar sobre la gran esperanza que hay en la Resurrección de Cristo: Cristo resucitó y nosotros lo haremos también para estar con él. Los santos y beatificados son los testigos más autoritarios de la esperanza cristiana porque la vivieron en sus vidas, en medio de alegrías y sufrimientos, poniendo en práctica las Bienaventuranzas … que Jesús predicó son el camino a la santidad” (Papa Francisco, Mensaje del Ángelus, 1 de noviembre, 2020).

El Día de Todos las Almas “es un día de recuerdo que nos devuelve a nuestras raíces. Es también un día de esperanza. Nos recuerda de lo que nos espera: la esperanza de encontrarnos con el amor del Padre” (Papa Francisco, homilía, 2 de noviembre, 2020).

Empezando con la Fiesta de Todos los Santos (1 de noviembre) y la conmemoración de Todas las Almas (2 de noviembre), se ha dedicado el mes entero de noviembre hace mucho tiempo a los queridos difuntos, “que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz” (Oración Eucarística, 1). El “signo de la fe” es esa “marca indeleble” que la Iglesia Católica enseña que acompaña el Bautismo. La santa Teresa de Calcuta una vez reflexionó que “durante todo este mes, les damos amor y cuidado extra a través de orar a ellos y por ellos”.

En la Iglesia Católica, esta tradición litúrgica tiene sus propios orígenes en las oraciones y recuerdos de las comunidades católicas de los Tiempos Medios (siglos 6 a 10). Sin embargo, la idea es aún más antigua, encontrada en el Antiguo Testamento leemos, “Pero, como tenía en cuenta que a los que morían piadosamente los aguardaba una gran recompensa, su intención era santa y piadosa. Por esto hizo ofrecer ese sacrificio por los muertos, para que Dios les perdonara su pecado” (2 Macabeos 12:45).

La Iglesia celebra a los “santos” porque cree que sean los “triunfantes de la Iglesia”, habitando con Dios en la eternidad. Los “penitentes de la Iglesia” son las almas de los bautizados que han muerto, esperando en el purgatorio su entrada a la vida eterna en el cielo. Los “militantes de la Iglesia” anticipan su muerte en la tierra, su juicio ante Dios y su transición a la eternidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que:

“La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros textos del Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser diferente para unos y para otros” (CIC, 1021).

“Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo…” (CIC, 1022).

“Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo” (CIC, 1030).

Este estado conocido como “el purgatorio” y “las almas en el purgatorio” están apoyados por las oraciones de los vivos. El papa san Juan Pablo II nos recordó que orar por las almas en el purgatorio “es el mayor acto de la caridad supernatural”.

Celebrar la Fiesta de Todos los Santos es un reconocimiento de la “comunión de los santos” en la presencia eterna de Dios con quien gozamos una relación continua a través de nuestro Bautismo. Los católicos creen que los santos pueden y de hecho interceden por nosotros ante Dios. Orar por las almas santas en el purgatorio también expresa nuestra relación continua con ellas por el Bautismo que compartimos “con quienes nos han precedido con el signo de la fe”, para que estén desatadas de su pecado. Aunque el mes de noviembre sea designado como el mes de las almas santas del purgatorio, orar por ellas de por todo el año es un acto “santo y de mérito”, y de hecho una responsabilidad de todos los católicos.

El venerable arzobispo Fulton J. Sheen nos animó que “al entrar al cielo, las veremos, tantas de ellas, acercándose a nosotros y agradeciéndonos. Preguntaremos quienes son y nos dirán, ‘un alma humilde por la cual Usted oró en el purgatorio’”.

Santos de Dios, ayúdenlas. Vayan a encontrarlas, Ángeles del Señor.

Dales, Señor, el descanso eterno. Brillen para él la luz perpetua. Descansen en paz. Que las almas de los fieles difuntos por la misericordia de Dios descansen en Paz. Amén