El matrimonio católico tiene una belleza eterna y verdadera para cada nueva generación. Es multifacética como un diamante fino con muchos puntos de luz: es un sacramento, un pacto, una asociación y una vocación. Es permanente, fiel, exclusivo y abierto a la vida. El matrimonio católico es plenamente humano, vivido en los momentos ordinarios de la vida familiar diaria, pero tiene una cualidad sobrenatural: está impregnada de gracia sacramental, de la vida divina de Dios.

Para aquellos de nosotros que amamos tanto el matrimonio católico que hemos hecho una profesión de él, conocemos las dificultes que puede presentar. La mayoría de los jóvenes que crecen católicos elegirán no casarse en la Iglesia, y demasiados en relaciones serias no elegirán el matrimonio en absoluto. A partir de 2018, las tasas de matrimonio en la población general alcanzaron un mínimo histórico. Esta no es una buena noticia para nadie, y hace que el trabajo de aquellos que trabajan con las familias en cada denominación de fe sea bastante desafiante. Sin embargo, cuando se trata del matrimonio católico, hay muy buenas noticias.

Primero, conocemos de muchos buenos y duraderos matrimonios. El matrimonio católico no es de algo antiguo o solo para las parejas santas. Incluso aquellas parejas católicas que buscan a Dios en otros lugares que no sean la Iglesia todavía tienen la semilla de la fe. Siempre hay la esperanza y la posibilidad de que regresen a los brazos amorosos de su comunidad de fe católica.

Debido a que el matrimonio católico está sellado por la muerte y resurrección de Jesús, Él siempre está trabajando detrás de escena, incluso cuando las parejas no son conscientes de ello. Jesús solo está esperando que abramos nuestros corazones a una relación personal íntima con Él, para invitarlo a un lugar en nuestra mesa. Qué maravilloso saber que no importa cuán lejos estemos de su amor, no importa cuántas veces fallemos en dar una respuesta amorosa a nuestro cónyuge, Jesús nunca se da por vencido con nosotros ni con nuestro matrimonio. A veces Jesús deja a las noventa y nueve para buscarnos, pero nos persigue sin descanso hasta que nos encuentra he invita a regresar al hogar.

Esta noción de hogar es fundamental para nuestra fe católica. Como católicos, nuestra comunidad parroquial es nuestro hogar espiritual. Nuestra parroquia es una familia de familias. Cuando celebramos la Eucaristía en la Santa Misa, venimos juntos a la mesa y nos convertimos en un solo cuerpo unido en Cristo. Esto significa que estamos profundamente conectados con nuestros hermanos y hermanas en Cristo, nunca estamos solos. Si una pareja está luchando con una dificultad, solo necesitan recurrir a su comunidad parroquial para obtener una respuesta útil, ya sea de su párroco, un ministro laico capacitado o parejas católicas que están dispuestas a ayudar a otras parejas.

La práctica del ministerio entre parejas, las parejas que ayudan a otras parejas, invita a otras parejas casadas a servir a los demás y ayuda a construir lo que el Papa Francisco llama la “cultura del encuentro” en nuestras parroquias. Las buenas noticias sobre el matrimonio católico son evidentes en nuestras conversaciones con parejas que se han acompañado a otras parejas en su viaje espiritual.

Además, escuchamos diariamente a parejas comprometidas y recién casadas que han tomado la decisión de casarse en la Iglesia. Nos dicen que el Pre-Caná (su formación antes de casarse) fue una especie de “regreso a casa” para ellos porque habían estado lejos de la Iglesia y tenían miedo de ser juzgados. Nos hablan de los grandes testimonios de las parejas casadas que dirigen esta formación. Nos dicen que esta formación los motiva a ser parte activa dentro de sus comunidades parroquiales y que quieren criar a sus hijos en la fe católica, ¡eso es una gran noticia!