El obispo O'Connell predica la homilía durante la Misa de Acción de Gracias a Dios por el Don de la Vida Humana, que se pregrabó en la cancillería diocesana, Lawrenceville. 
Foto por el departamento de multimedios
El obispo O'Connell predica la homilía durante la Misa de Acción de Gracias a Dios por el Don de la Vida Humana, que se pregrabó en la cancillería diocesana, Lawrenceville. Foto por el departamento de multimedios

Nota editorial: La "Misa de Acción de Gracias a Dios por el Don de la Vida Humana" fue celebrada por el obispo O’Connell en la cancillería diocesana, Lawrenceville. La Misa fue pre-grabada por razones de seguridad durante la pandemia del COVID-19. Se la publicó el 29 de enero en todas las fuentes digitales diocesanas, incluyendo el canal diocesano de Youtube. Lo siguiente es su homilia:

Hoy día, como diócesis y por las muchas parroquias nuestras, celebramos una “Misa de Acción de Gracias a Dios por el Don de la Vida Humana”. No hace falta ser católico para expresar gratitud por eso. Sin embargo, uno no puede ser católico sin tener ese sentimiento profundamente en el alma.

San Vicente de Paul, fundador de la familia religiosa a que pertenezco, explicó que “la naturaleza hace que los árboles tengan raíces profundas antes de dar fruta”. A Vicente le gustaba decir a sus hermanos y hermanas que la gratitud era la virtud cristiana más importante. La capacidad de dar gracias es una habilidad esencial de aprender. Nos enseña la humildad. Y la humildad consiste en reconocer la verdad de lo que es.

Somos – todos nosotros – creados por Dios tal como somos. Eso es la verdad. “Antes de que nacieras en el vientre de tu madre, te conocía”, proclamó el profeta Jeremías esta verdad. “Antes de que nacieras, te aparté por mi santa razón (Jeremías 1:5)”.

Nuestra creación, nuestras vidas, entonces, no son ninguna equivocación, ningún accidente y no tienen ninguna excepción. Eso es la verdad. Debemos dar gracias a Dios por esta verdad, por este don de la vida. Dar las gracias a Dios por el don de la vida humana es la disposición humilde, la verdad que nos une hoy día en la oración. Debe ser nuestra oración de cada día.

Como católicos, somos “provida”. ¿Cómo podría ser católico no ser provida? Y todavía, vemos a personas hoy en día – hasta a algunas que se identifican como católicos – que no son tan solo no provida, sino que trabajan en contra esa convicción, quienes apoyan fuertemente una perspectiva opuesta, quienes esperan crear legislación aún más restringida que facilita la destrucción de la vida en sus etapas más vulnerables en el vientre, que quieren que eso sea la ley. Por eso es tan importante pararnos como católicos y estar contados como provida. No es solo una etiqueta que nos aplica. Es, como los obispos de nuestro país nos recuerdan, nuestra “prioridad preeminente”.

Hoy día, no quiero enfocar el tiempo ni la atención en aquellos que nos oponen, quienes laboran bajo el manto de ser “pro-opción” o “derechos reproductivos” o “libertad reproductiva” como su razón por avanzar una “cultura de muerte”. En lugar de eso, elevemos nuestra causa provida para fomentar la creación de una “cultura de vida”.

Hace una semana hoy, tristemente conmemoramos el 48 aniversario de la decisión dañosa de Roe contra Wade de la Corte Suprema. Ese día, celebramos una “Misa por la protección de lo no-nacidos”, algo que quisiéramos que no fuera necesario. Hoy día, celebramos una “Misa de Acción de Gracias a Dios por el Don de la Vida Humana”, una intención que siempre debe ser nuestra.


La santa de las calles de Calcuta, la madre Teresa, una vez nos recordó:

América no necesita palabras de mí para ver como su decisión de Roe contra Wade ha deformado a una gran nación. Este supuesto derecho al aborto se ha enfrentado a madres contra sus hijos y a mujeres contra hombres. Crea violencia y desacuerdo en el corazón de las relaciones humanas más íntimas. Ha molestado al rol del padre en una sociedad con más familias sin padres. Ha demostrado al mayor de los regalos – el niño o niña – como competidor, intruso o inconveniencia.

Cualquier país que acepta el aborto no enseña a su pueblo a amar, sino a usar la violencia para alcanzar sus deseos. Es por eso que el aborto es el destructor más grande del amor y paz. … Si no tenemos la paz, es porque hemos olvidado que nos pertenecemos uno al otro.

Hoy día, al reunirnos en la mayor de todas las oraciones, la Eucaristía, pidamos al Señor Jesús, quien entregó su vida por todos nosotros, los nacidos y los por nacer, que nos de la gracia para proteger al niño más inocente y vulnerable en el vientre; animar a sus madres y padres a permitirlos vivir; trabajar con una fuerza renovada para “crear una cultura de vida” y una “civilización de amor”. ¡Juntos, demos gracias a Dios por el don de la vida humana!