Recuerdo muy bien ir de compras con mi madre y mi abuela – debe ser hace unos 60 años – y que una vez le pedía a mi mamá comprar algún juguete. Habíamos almorzado sentados en las sillas del mostrador - ¿se acuerdan de ellas? – y le rogaba, “por favor, cómprame esto”. Mi abuela nos interrumpió, “June (mi mamá se llamaba June), estás mimando a ese niño”, y mi madre aceptó su observación y me hizo devolver el juguete a su sitio. Al rato, al ver que mi mamá resumía sus compras, distraída de nosotros, Abuelita me tomó de la mano y me susurró, “Anda a traerlo, te lo compro yo”. Ja, realmente no le importaba eso de consentirme.

Es gracioso lo que uno recuerda de hace tanto tiempo. Mi abuela murió uno o dos años después de ese momento, pero nunca la he olvidado. Cierro los ojos y la puedo ver. Puedo escuchar su voz con ese toque de acento alemán. Ella siempre llevaba un delantal – hasta debajo su chaqueta a la iglesia. Y siempre llevaba una chaqueta, ¡también en el verano! Abuelita siempre estaba preparada para cocinar, siempre lista. Y cocinaba tan bien, postres y pasteles cada domingo.

Las familias crean tantas memorias. ¿Por qué? Porque las familias felices se tratan del amor. Y los abuelos y abuelas tienen un lugar especial en el corazón de la familia y sus memorias. Estimamos su lugar.

Hoy celebramos la primera “Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores”, establecida por el papa Francisco para honrar a nuestros queridos abuelos y abuelas y todas las personas mayores. En sus discursos y escrituras de por los años, el Santo Padre habla tan tierna y cariñosamente sobre los abuelos, frecuentemente compartiendo anécdotas de su propia juventud. Usa palabras como “regalo” y “tesoro” para describir su lugar en nuestras vidas.

Nuestras escrituras para la Misa de hoy tienen un tema en común, especialmente la Primera Lectura del Libro de Reyes del Antiguo Testamento y el Evangelio de Juan. Hablan de la comida y de dar de comer a los hambrientos. Hubo una hambruna en Israel cuando viví el profeta Elías, unos nueve siglos antes que Cristo, así que es fácil entender porque los israelitas se sentían tan agradecidos al recibir pan. El autor nos dice que “comerán todos y sobrará”. ¡Un milagro!

Nuestro Evangelio de San Juan nos relata una historia semejante. Jesús y sus discípulos tenían la atención de una muchedumbre que les seguía. La gente tenía hambre y Jesús quería darles algo de comer. Tenemos el milagro famoso de los panes y pescados – 5,000 personas comieron y llenaron 12 canastas grandes con lo que sobró. ¡Un milagro!

Encontramos el enlace entre estas lecturas hoy en las palabras del Salmo Responsorial: “La mano del Señor nos alimenta; responde a todas nuestras necesidades”.

Tres cosas vienen a la mente al considerar las Escrituras de la Misa de hoy:

Primero, Dios nos ve y nos comprende; conoce nuestra situación y circunstancias en la vida desde que ‘la Palabra se encarnó”, caminaba entre nosotros; segundo, Dios nos responde en medio de nuestra situación y circunstancias de la vida – puede que no siempre nos de lo que queramos, pero siempre nos ofrece lo que necesitamos, y ¡más todavía! Y tercero, la generosidad de Dios no tiene límite; nos la comparte con de sobra. Cuando aceptamos su amor, nos ofrece aun más amor.

Aquí encontramos un mensaje y una conexión para los abuelos y abuelas y las personas mayores.

Dios nos entiende mientras nos envejecemos.

“No importa”, escribe el papa Francisco, “la edad que tengas, si trabajas o no, si estás solo o tienes familia, si te convertiste en abuela o abuelo a una edad temprana o más tarde, si todavía eres independiente o necesitas ayuda. Porque no hay una edad de jubilación para el trabajo de proclamar el Evangelio y transmitir las tradiciones a sus nietos. Solo necesita comenzar y emprender algo nuevo”.

Dios responde a nosotros al envejecer. Dios nunca nos olvida. Quiere que nos mantengamos cerca a Él, que conversemos con Él en la oración de nuestros corazones. Nos recuerda, al igual que Papa Francisco, que el Señor está “con ustedes todos los días”.

Dios es un Dios generoso. Al envejecer y mirar atrás a nuestras vidas, podemos ver su mano obrera y todas las bendiciones que nos ha compartido por el camino.

Este día especial en que honramos a los abuelos y las personas mayores nos recuerda de dos responsabilidades especiales:

Primero, nunca debemos olvidar ni ignorar a los envejecidos de nuestro alrededor. Ellos quieren y necesitan y merecen nuestro amor y respeto.

Segundo, quienes de nosotros hayamos gozado de muchos años y bendiciones de una vida larga tenemos que compartir nuestra fe y confianza, nuestra sabiduría y experiencias con quienes han venido o vendrán después de nosotros, hijas e hijos y vecinos que crían sus hijos – nuestros nietos – para que tomen su lugar en este mundo.

Esta celebración está repleta de gracia y bendiciones abundantes para cada uno de nosotros, para los viejos tanto como los jóvenes y todos de en medio. Tanto como Dios proveyó comida por su pueblo hambriento en las lecturas de hoy, Dios sigue alimentándonos en las personas que han sido o siguen siendo partes de nuestras vidas – las personas que han hecho posible nuestra vida. Demos gracias por los abuelos y abuelas y por las personas mayores al recordar las palabras de nuestro Santo Padre:

“El Espíritu Santo suscita aún hoy en los ancianos pensamientos y palabras de sabiduría: su voz es preciosa porque canta las alabanzas de Dios y guarda las raíces de los pueblos. Nos recuerdan que la vejez es un regalo y que los abuelos son el eslabón entre las generaciones, para transmitir a los jóvenes experiencias de vida y de fe” (Mensaje del Ángelus, 31 de enero, 2021).

Que este día sea otro día de bendición para los abuelos y las personas mayores y una oportunidad en que todos nosotros les podemos demostrar nuestro amor y gratitud – gratitud a y por quienes están con nosotros además de quienes han fallecido y están con el Señor. ¡Que Dios me los bendiga a todos!