El hogar es la primera escuela. Los padres son los primeros maestros. En el momento en que los niños llegan a entrar por las puertas de una escuela,  ya han obtenido niveles sustanciales de educación y formación.  Los niños traen consigo a las escuelas todo lo que han aprendido en sus hogares: lenguaje y vocabulario básico, comportamiento y  habilidades sociales, actitudes y valores.

El papel de las escuelas es el de construir, complementar y mejorar, desarrollar y cultivar lo que los niños ya han aprendido en el hogar, especialmente de sus padres, durante sus primeros años de vida.  Los padres confían en que las escuelas continúen el proceso de educación de sus hijos, enseñándoles e introduciendolos a un mundo más amplio. “Confianza” es la palabra que describe la relación entre los padres y las escuelas que éstos escogen para sus hijos.

Dentro de estos hogares y familias donde está presente y activa la fe católica, confiar a los niños a una educación y a un ambiente de escuela católica no solo es razonable, si no que es preferible.  Aunque las escuelas públicas estén fácilmente disponibles en todas partes y hacen un buen trabajo, la oportunidad de asistir a escuelas católicas requiere que los padres confíen y escojan una experiencia educacional “diferente” para ellos -una que incluya y fomente el  crecimiento en la fe catolica de su bautismo; una que les ayude a desarrollar y dar forma a una visión del mundo apropiada para su edad y consistente con su fe católica; una que les enseñe la diferencia entre el bien y el mal y que apoye interacciones saludables con sus compañeros; una que les proporcione oportunidades de orar, recibir sus sacramentos y que cultive su relación con Dios.

Las escuelas católicas son una “propuesta” que, además de profundizar la fe católica de sus estudiantes, promueve su excelencia académica a través de los planes curriculares. Estos puntos son los que los padres confían y eligen cuando confían y eligen una escuela católica para la educación de sus hijos, a la vez esta confianza y elección requieren compromiso y sacrificio.

No hay duda de que estos tiempos y cultura en que vivimos objetan fuertemente- aunque poco convincentemente en mi opinión- en contra de las enseñanzas, prácticas y valores de la Iglesia católica. Las escuelas católicas –  precisamente como católicas– intentan contrarrestar estos razonamientos. Ofrecen una alternativa clara dentro del mercado educacional donde, más y más, parece que “todo es válido” - todas las opciones, valores y opiniones se consideran igualmente válidas; todas las verdades son personales, relativas, y definidas por el momento y la situación subjetiva.

Las escuelas católicas no aceptan estos puntos de vista o ninguna otra perspectiva inconsistente con sus enseñanzas católicas. Los padres que prefieran estos otros puntos de vista en el entorno de aprendizaje de sus hijos no deben escoger enviarlos a escuelas católicas.

 En fin, el concepto de “verdad en la publicidad” da validez a una presentación honesta de lo que las escuelas católicas consideran ser y lo que tienen que ofrecer -y lo que no. Las escuelas católicas no ven en su papel y misión el “acomodar a la cultura” y a sus preferencias.  Más bien las escuelas católicas , como todas las instituciones católicas, buscan evangelizar la cultura con las preferencias del Evangelio, consistentes con las enseñanzas de la Iglesia católica.

Pocas cosas me entristecen más que ver cuando el declive de inscripciones y la insuficiencia de recursos obligan a las escuelas católicas a cerrar sus puertas. Los padres que estén considerando enviar a sus hijos a la escuela tienen de donde elegir.  Espero y oro por que estos tomen en cuenta todo lo que las escuelas católicas tienen que ofrecer cuando hagan su elección.