Es claro desde el comienzo de este tiempo sagrado de la Cuaresma que la Iglesia quiere que nos enfoquemos de manera especial en la Pasión de Cristo como el camino a la gloria Pascual. No se puede lograr eso sin dirigirse a los cuatro Evangelios y a lo que se conocen como “las narrativas de la pasión”, las secciones de Mateo, Marcos, Lucas y Juan que cuentan la historia de la Muerte Salvadora de Jesús en la Cruz. Me gustaría recalcar una “parte” de esa historia.

Menos Jesús, ningún personaje recibe más atención en las narrativas de la Pasión que Pedro. Los evangelistas cuentan muchos detalles diferentes y significantes sobre los últimos días de Jesús – lo que dijo en la Última Cena, quien estuvo presente en su Crucifixión, cuales palabras dijo desde la Cruz – pero los cuatro Evangelios están de acuerdo con que Pedro negó a Jesús tres veces. Los Evangelios no se convergen en ningún otro lugar en las narrativas de la Pasión tan específicamente.

La historia de las negaciones de Pedro en los cuatro Evangelios es extraordinariamente gráfica, llena con detalles coloridos que captaban la imaginación de los tempranos cristianos y se quedaban en sus memorias:

  1. Pedro seguía a Jesús humildemente de lejos hasta la plaza del mero sacerdote; se acercó a la fogata par calentarse cuando una sirviente la reconoció;
  2. Que se escapó furtivamente para huir sus preguntas desafiantes;
  3. Que los transeúntes reconocieron su acento galileano;
  4. Su regreso de tres pasos: de evadir, a negar, a un compromiso;
  5. El canto del gallo y la mirada de Jesús a Pedro en el momento justo de la tercera negación;
  6. Que Pedro se acordó de las palabras proféticas de Jesús y que lloró amargamente.

 Cuando reflexionamos sobre las negaciones de Pedro, es importante recordar que en cada Evangelio tenemos a un “antes, “un después”, un preludio y una secuencia. Notamos ahora las tres escenas en el preludio.

En una escena más temprana del Evangelio, una más pacífica, Pedro profesa su fe en Jesús públicamente:

Y Jesús los preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” “Tú eres el Cristo”, afirmó Pedro. (Marcos 8:29)

Jesús les dijo, Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo”? “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, afirmó Simón Pedro. (Mateo 16:15-16)

Pero en medio de la narrativa de la Pasión, Pedro niega, hasta con un juramento, que ni conoce a Jesús.

En otra escena del Evangelio, esta vez en la Última Cena, Pedro reivindica que:

Aunque todos te abandonen, yo no” (Marcos 14:29), evocando la profecía de Jesús: “Te aseguro —le contestó Jesús— que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante por segunda vez,[b] me negarás tres veces” (Marcos 14:30). Pedro insiste: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré” (Marcos 14:31); pero sus palabras resultaron ser pura fanfarreada. El Evangelio de Marcos termina la Última Cena bruscamente con este alarde y el drama se mueva al jardín de Getsemaní, donde se lleva a cabo la tercera escena en el preludio.

En el jardín, Jesús le dice a Pedro, Santiago y Juan: “Quédense aquí y vigilen” (Marcos 14:34). Se duermen. Entonces Jesús le distingue a Pedro y le regaña: “Simón, ¿estás dormido? ¿No pudiste mantenerte despierto ni una hora? Vigilen y oren para que no caigan en tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil” (Marcos 14:37-38). ¡Vigilen! ¡Oren! En el preludio, Pedro no hace ninguno. No se prepara para la gran prueba que pronto le afrontará.

El significado de todo esto es bastante claro, especialmente en el Evangelio según San Marcos. Marcos nos cuenta que el discípulo que fue nombrado primero (1:16) y último (16:7), el mismo que profesó a Jesús primeramente en público (8:29) y quien vocalizó su disponibilidad de seguirle a Jesús hasta la muerte (14:31) se durmió, no oró, se huyó en el momento crítico, y negó con juramento que ni conocía a Jesús. Estaba completamente no preparado aceptar la Cruz con el Señor y seguirlo (8:34).

¡CADA UNO DE NOSOTROS FALLA!

Por supuesto, la próxima parte de la historia es más alegre. Aunque Pedro sea lento de creer hasta después de la Resurrección (Lucas 21:11), Jesús se le aparece (Lucas 24:34) y le lleva a la reconciliación para que, al haberse convertido, empieza a fortalecer a los demás (Lucas 24:32). Pedro profesa su amor por el Señor tres veces (Juan 21:15-17), emparejando sus tres negaciones. Toma su lugar como el líder de los Doce, el evangelista de los circuncidados (Gálatas 2:7), y uno de los pilares de la Iglesia de Jerusalén (Gálatas 2:9).

CADA UNO DE NOSOTROS TIENE LA OPORTUNIDAD DE REDIMIRSE

¿Habrá un personaje más apropiado que Pedro para la Cuaresma? La Cuaresma es un tiempo para renovar nuestra profesión bautismal de la fe, para reubicar nuestras vidas para el Señor, para comprometernos de nuevo a aceptar nuestra Cruz y seguir a Jesús. Esta Cuaresma, yo quisiera ofrecer a Ustedes tres reflexiones sugeridas por el papel de Pedro en las narrativas de la Pasión.

  1. La primera reflexión es bastante sencilla, y bastante cruda también. No hace falta ser psicólogo para penetrar las razones por las cuales falló Pedro. Él no tenía conocimiento de su propia debilidad; era arrogante en lugar de ser humilde. Al contrario del pedido que le hizo Jesús, no se quedó despierta vigilando y no oró. La debilidad de Pedro es más notable en el Evangelio de Marcos si recordamos las palabras que usa Jesús cuando empieza a contar una parábola final justo antes de comenzar la narrativa de su Pasión: ¡Estén alerta! ¡Vigilen! Porque ustedes no saben cuándo llegará ese momento” (Marcos 13:33). Entonces, la historia de Pedro nos indica unas preguntas bastante directas esta Cuaresma: ¿Reconocemos nuestra propia fragilidad? ¿Nos ubicamos frente al Señor con humildad, conscientes que “tenemos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros” (2 Corintios 4:7)? ¿Estamos alertos, vigilamos? ¿Están abiertos nuestros ojos para ver el Señor aun en el jardín en agonía? ¿Reconocemos su angustia en las personas que vemos viviendo en las calles, afrontando el frio afuera? ¿Nos toca el corazón reconocer la mirada de Jesús reflejada en los ojos de niños hambrientos o madres sin esperanza? ¿Oramos humilde y constantemente tal cómo Jesús nos pide? Sus palabras interrogantes a Pedro contienen uno de los desafíos más fundamentales en el Nuevo Testamento: ¿No pudiste mantenerte despierto ni una hora? Vigilen y oren para que no caigan en tentación” (Marcos 14:37-38). ¿Tomamos en serio el mandato urgente de la primera de las dos Cartas atribuidas a Pedro o lo leemos como si fuera lenguaje antiguo o figurativo?: “Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar” (1 Pedro 5:8).

     

  2.  En muchos tiempos durante la historia de la Iglesia, hagiógrafos han hesitado mencionar las fallas de los santos. Los evangelistas no hesitaron para nada. Ellos hablan con una gran franqueza sobre la infidelidad de Pedro. Pero hay una enseñanza esperanzadora sutil bajo toda esta historia. La cuenta de las negaciones de Pedro no tiene ningún empuje final negativo. En lugar de eso, los evangelistas del Nuevo Testamento notan su papel renovado y positivo en la vida de la Iglesia después de la Resurrección (Lucas 24:34; Hechos 1:15; 1:22; 2:14; 3:1; 4:8; 5:29; 8:32ff; 10:9ff; I Corintios 15:5). La historia de Pedro era para animar a los cristianos que ya sufrían de la persecución cuando escribieron los Evangelios. Su muerte como mártir, cerca del año 64 A.D., quedó como testimonio claro que, al haber fallado inicialmente, eventualmente aceptó su Cruz con fortaleza y siguió a Jesús. Seguramente, en los momentos difíciles, muchos cristianos tempranos, como Pedro, experimentaron su propia debilidad y fallaron, iguales a nosotros. Pero los evangelistas los aseguraban que existía la esperanza: el cambio, el desarrollo, la conversión siempre están posibles. ¿Podrán coexistir la debilidad, las fallas graves y el amor reconciliatorio dentro de la misma persona? La historia de Pedro nos dice que Sí.

     

  3. A través de contarnos la historia de Pedro, los evangelistas nos ofrecen una dosis solemnizadora acerca de las personas que ejercitan autoridad en la Iglesia. La historia nos provee con innumerables ejemplos de personajes autoritarios quienes, como Pedro, han sido infieles. Entonces, al leer las narrativas de la Pasión con las negaciones de Pedro, es muy importante que nosotros que ejercitamos autoridad reconozcamos humildemente nuestra propia pecaminosidad. ¿Se sorprende notar fallas obvias en quienes el Señor haya llamado al servicio autoritaria? El realismo cristiano nos enseña que siempre ha sido así, no solamente con Pedro, no solamente con los Apóstoles que se huyeron, pero también con los papas, los abogados y jueces, los CEOs de empresas, los ejecutivos, y la lista sigue. La Iglesia está compuesta por santos y pecadores. De hecho, cada uno de nosotros tiene una mezcla de santo y pecador. El pecado y la gracia luchan dentro del corazón de cada cristiano, incluyendo a las personas en autoridad. Los Evangelios proclaman que, como en el caso de Pedro, la gracia ganará (en los personajes de autoridad también) – si, por supuesto, estamos dispuestos a vigilar y orar.

Eso, creo yo, es el desafío que nos espera mientras comenzamos el Tiempo de la Cuaresma: “Vigilen y oren”. Las narrativas de la Pasión se enfocan tanto en Pedro que él se convierte en un símbolo de y un modelo para nuestra propia relación con Cristo. Estas son mis reflexiones esta Cuaresma. Permítanme concluir con una oración en las palabras de la segunda Carta atribuida a Pedro en el Nuevo Testamento:

Pido al Señor crucificado y resucitado fortalecernos a todos nosotros durante estos días para que mantengamos los ojos fijados en Él constantemente como “una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y salga el lucero de la mañana en sus corazones” (2 Pedro 1:19).