San Bernardo de Claraval, (1090-1153) el monje, teólogo, predicador, y reformador cisterciense francés de la Alta Edad Media, era muy conocido por su gran devoción a la Santísima Virgen María. Fue el autor de la oración mariana que muchos de nosotros conocemos como el Acordaos (Memorare), junto a varias otras homilías, himnos, y tratados sobre ella. Escribió famosamente, “De Maria numquam satis,” o sea, “De María no se puede decir suficiente.”

El amor hacia María, la Santísima Madre del Señor Jesucristo, es tan natural para el católico como el amor hacia la propia madre. María es, al fin y al cabo, la Madre del Señor y Él es, a la vez, nuestro Salvador y nuestro Hermano. “Nunca damos más honor a Jesús que cuando honramos a Su Madre, y la honramos simple y exclusivamente para honrarlo a Él de la manera más perfecta. Acudimos a ella solo como un camino que conduce a la meta que buscamos: Jesús, su Hijo” (San Luis María de Montfort). Adoramos a Jesús como a Dios. Amamos a María Santísima como Su madre.

“En los peligros, en las angustias, en las dudas,” reflexionó San Bernardo, “piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si ella te ampara” (Hom. II super “Missus est,” 17: PL 183, 70-71).

En nuestros tiempos, el Papa San Pablo VI alentó nuestra devoción mariana, escribiendo: “María sigue siendo siempre el camino que conduce a Cristo. Cada encuentro con ella solo puede ser el resultado de un encuentro con Cristo mismo.” Ésta es una experiencia tan natural porque es muy cierto.

El cristianismo ha amado a María desde los momentos finales del Señor Jesús en la cruz cuando le dijo a Juan, el discípulo amado: “Ahí tienes a tu Madre.” “Y desde aquel momento, el discípulo la acogió en su casa” (Juan 19:27). Y así hizo. Y nosotros también. María fue el regalo más precioso y perfecto de Dios Padre a Jesús, y el regalo más precioso y perfecto de Jesús a Su Iglesia.

Desde hace muchos siglos, la Iglesia ha reservado todo el mes de mayo para la devoción amorosa a María, la Madre de Dios.

La oscuridad del invierno ya ha pasado, flores hermosas están floreciendo, el tiempo de Pascua está en marcha y hay nueva vida alrededor de nosotros. ¿Podría entonces haber un mejor momento para amarle y honrarle a ella quien fue dada a nosotros porque ella misma nos ha dado el don de su Hijo – la Luz del Mundo, La Fuente de Belleza, Bondad, y Verdad, y la Novedad y la Plenitud de la Vida? María es la Madre de Dios y, como proclamó el Concilio Vaticano II, es también la “Madre de la Iglesia.”

El amor de una madre es incondicional y total. Es natural, pues, que nosotros devolvamos ese amor con la verdadera devoción.

“Si pusieras todo el amor de todas la madres en un solo corazón, todavía no igualaría el amor del corazón de María por sus hijos” (San Luis María de Montfort).

Y entonces invocamos a la Virgen María desde lo más profundo de nuestro ser en cada momento de nuestra vida, especialmente ahora en este tiempo de pandemia:

“María, madre de Jesús, sé para mí una madre ahora” (Madre Teresa de Calcuta). “Si estás en peligro, si tu corazón está confundido, vuélvete a María. Ella es nuestro consuelo, nuestra ayuda. Vuélvete hacia ella y serás salvo” (Santa Francisca Javiera Cabrini).

De la tesorería de la tradición de la iglesia católica, la iglesia misma nos da a nosotros muchas formas y oraciones para buscar la intercesión y la ayuda de María Santísima, nuestra madre. Entre ellas hay El Ave María, el Santo Rosario, la devoción a la Medalla Milagrosa, la Salve Regina y las otras antífonas marianas, las oraciones del Regina Caeli y del Ángelus, y los escapularios marrones y verdes.

Y, por supuesto, no nos olvidemos de la oración de San Bernardo de Claraval, El Acordaos (Memorare):

Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti. 

Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana. 

No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino, antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. Amén.