“Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10:10)

Estoy convencido de que, después de más de 66 años en esta tierra, todos los problemas que nos impactan en este mundo nuestro se derivan de una causa solitaria: la falla de “respetar a la vida en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural”.

El aborto, la eutanasia, la pena de muerte; los actos de terror y guerra; más crímenes; la violencia y la matanza de inocentes sin sentido; el abuso doméstico y sexual; las drogas y crímenes de pandillas; la crisis migratoria; la pobreza y la desigualdad; la discriminación y la injusticia; el racismo y el odio; la ruptura de la familia; el pleno descuidado del medio ambiente – todos estos son “asuntos de la vida” porque atacan la obligación más básica de cada ser humano: respetar la vida. Tomemos un momento para pensar sobre esto.

De todas estas fallas en contra la vida, la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos ha declarado que la amenaza del aborto sigue como “nuestra prioridad preeminente” porque directamente ataca a la vida misa, porque ocurre dentro del santuario de la familia, y por la cantidad de vidas destruidas. Al mismo momento, no podemos deshacernos ni ignorar las otras amenazas graves ante la vida como ellas mencionadas arriba.

Nuestros esfuerzos de proteger la vida de los no nacidos siguen tan importantes como nunca, porque al igual que la Corte Suprema puede permitir más libertad a los estados en cuanto el restringir al aborto, oficiales estatales han aprobado estatutos que no solamente mantienen legal al aborto por los nueve meses del embarazo, sino que han abierto la puerta al infanticidio. Adicionalmente, el aborto contamina muchos otros asuntos importantes por entrar en legislación que tiene que ver con la inmigración, el cuidado de los pobres, la reforma del cuidado médico y más.

Toda la vida humana es sagrada. La dignidad del ser humano es la fundación de una visión moral de la sociedad. Nunca son aceptables los ataques a personas inocentes, en ninguna etapa ni condición. En nuestra sociedad, la vida humana se encuentra bajo el ataque por el aborto, que unos personajes políticos lo mal caracterizan como un asunto de “la salud de la mujer”. Otras amenazas directas a la santidad de la vida humana incluyen la eutanasia y el suicidio asistido (a veces conocido como “morir con dignidad”), la clonación humana, la fertilización en útero y la destrucción de los embriones humanos para la investigación científica.

Octubre es el mes “Respetemos la Vida” con el 3 de octubre designado como “Domingo Respetemos la Vida” en la Iglesia Católica de los Estados Unidos. Durante este mes, todos los católicos están llamados a enfocarse en el compromiso de nuestra Iglesia de respetar la vida en todas sus etapas. La Iglesia nos invita a todos nosotros a considerar cada manera disponible para defender la vida de parte de cada vida humana.

Creer en Dios como el Creador requiere que creemos que Dios es el autor de la vida, toda vida, cada vida. No es simplemente la conclusión lógica de esa creencia: es la única conclusión. Y si creemos eso; si creemos que esa sea la única conclusión que se puede derivar de nuestra experiencia humana en común, ¿cómo no se podría respetar la vida en todas sus etapas?

Hasta también las personas que dicen que no creen en Dios como el Creador tienen que admitir que el respeto y el cuidado de la vida tiene que ser la cosa que nos diferencia, como seres humanos, de todo lo de más que existe. La supervivencia de la especie humana depende de eso. No es solamente una convicción religiosa, aunque también sea una. Pero respetar la vida también es una convicción profundamente humana, un precepto del razonamiento y ciencia humano que, cuando se lo une a la fe religiosa, se eleva el respeto por la vida al nivel de lo sagrado que realmente merece de la existencia humana.

No hace falta ser filósofo ni teólogo ni muy intelectual religioso para llegar a esta conclusión. Solo hace falta abrir los ojos, respirar, levantarse de la cama en la mañana, oír la voz de otra persona, tomar la mano de alguien, amar a otra persona para darse cuenta de que la vida vale mucho y que es un regalo que se debe estimar.

Y si uno no puede ver o respirar fácilmente o levantarse de la cama u oír o tomar la mano – por alguna razón conocida solo por Dios nuestro Creador – el amar y estar amado aun es posible y define la razón de nuestra existencia en este mundo.

Dios mismo escogió encarnarse a través de Jesucristo, nacer, ser amado por su familia, crecer, reírse, llorar, tener amigos, sentir la soledad, estar comprendido por algunos y no por otros, conocer la felicidad y la tristeza, entregarse a otros y sufrir por amarlos – básicamente, ser completamente humano y divino a la vez – y, en medio de todo esto, demostrar que la vida humana es sagrada, un regalo de Dios, y algo que merece el respeto, sin ninguna excepción, desde la concepción y hasta la muerte natural.

Nosotros que seguimos a Jesucristo, el Señor de la Vida, no tenemos otra que respetar la vida en todas sus etapas. Hacer menos, sin importar la circunstancia o situación que podría pasar, es ser menos humano. Es rechazar lo que Dios creó, rechazar lo que Jesús ha redimido con su propio cuerpo humano, rechazar lo que el Espíritu Santo ha sostenido. En esta tierra, solo el ser humano puede respetar la vida verdaderamente y captar lo que eso significa y requiere.

No nos queda otra opción que respetar la vida. Como su obispo, les urjo leer el mensaje de los obispos del país sobre el Mes Respetemos la Vida (posteado a PecesdeTrenton.com). Les invito a todos los fieles a orar la “Oración de San José, Defensor de la Vida” y, en este mes dedicado al Rosario de su Amada y Beata Esposa, María, orar su Rosario diariamente, o por lo menos con frecuencia, para que la vida humana esté valorada en todas sus etapas.

 

Oración a san José defensor de la vida

Amadísimo san José:

Ante el pedido de un ángel,

amorosamente llevaste a María a tu hogar.

Como humilde siervo de Dios,

guiaste a la Sagrada Familia por el camino hacia Belén,

acogiste a Jesús como tu hijo

en el refugio de un pesebre,

y huiste lejos de tu patria

para la seguridad de la Madre y el Hijo.

Alabamos a Dios porque tú, siendo su fiel protector,

nunca dudaste sacrificarte

por quienes fueron encomendados a ti.

Que tu ejemplo nos inspire también

para acoger, atesorar y proteger

el más preciado don de la vida

que nos regala Dios.

Ayúdanos a comprometernos con fidelidad

para servir y defender la vida humana,

en especial donde es vulnerable o esté amenazada.

Obtennos la gracia

de hacer la voluntad de Dios

en todas las cosas.

Amén.

 

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