Queridos hermanos, entramos en un tiempo propicio para la gracia; es la gracia que tanto necesitamos y de la cual nuestros corazones están sedientos aunque a veces no lo sepamos aun nosotros mismo, pero esta hambre y sed de conversión siempre yacen en el corazón de todo hombre, de todo hijo de Dios. Estamos iniciando un camino de conversión y lo hacemos como Iglesia, caminamos juntos como comunidad y oramos en unidad. La cuaresma es un camino de conversión en y con la Iglesia.

Al inicio de este camino nos colocamos la ceniza en la frente. La ceniza manifiesta la apretura de nuestra vida a la conversión, como dijo el Padre García Herreros, quien fue un gran líder religioso nacional en Colombia, "si no iba a convertirse para que se untó?" Con ese signo que nos hemos colocado en nuestra frente expresamos con el corazón nuestra pequeñez, y poquedad ante la santidad y grandeza de Dios, es un reconocer nuestra condición de pecadores y humildemente decirle a Dios: Señor, estoy dispuesto, quiero cambiar, ser transformado profundamente, dejar toda atadura al pecado y oscuridad, pero solo no puedo: Ayúdame!  Tengamos siempre en mente que la ceniza es un signo exterior de lo que sucede profundamente en nuestro corazón.  La conversión comienza en la intimidad de nuestra alma en un dialogo humilde y amoroso con Dios.

En nuestra vida cristiana, de manera personal, como buenos cristianos, atentos y fieles al llamado de Cristo, deben ser practicas comunes el ayunar, orar, practicar la misericordia, la limosna, la caridad y la generosidad; pero son obras que no pertenecen sólo a la cuaresma, sino que están presentes como practicas espirituales  constantemente en nuestro crecimiento y vida cristiana, siempre y en cualquier circunstancias beneficiaran nuestra alma y relación con Dios. Sin embargo  se viven de manera mas característica y significativa en la cuaresma.  Es muy diferente y tiene un significado mas profundo el ayunar con la Iglesia entera; no es lo mismo que hacerlo de manera individual que hacerlo con la comunidad de fieles. Al ayunar, al orar, al dar limosna, en esta cuaresma, piensa siempre que lo haces junto a la Iglesia, que estas participando en la comunión del espíritu cuaresmal de la Iglesia.

Nuestra cuaresma debe ser un verdadero desierto; lugar de carencias y dependencia. Así como el desierto es seco, carece del agua suficiente y despierta la sed, así debe sentirse nuestra vida en la cuaresma, con sed profunda de Dios, descubriendo nuestras carencias y encontrando toda respuesta en el manantial fresco que es Dios. El desierto despierta nuestro sentido de dependencia en quien todo lo puede y en quien ponemos todas nuestras esperanzas.

El desierto en la Palabra de Dios es lugar de búsqueda y de encuentro; el pueblo de Israel caminó junto en busca de la tierra prometida y tuvo que atravesar el desierto, Jesús iba al desierto a orar. Nosotros también juntos buscamos eso bienes que tanto nuestra alma necesita. Somos una comunidad en búsqueda de Dios y su salvación.

Practiquemos junto a la Iglesia el ayuno, la oración y la limosna, caminemos en santidad y convirtámonos. Esta es nuestra cuaresma, es nuestro desierto, nuestra búsqueda profunda y nuestra dependencia absoluta en Dios; todo lo que buscamos está en El.

Que Dios te bendiga este tiempo de conversión y su gracia abundante se derrame en ti y en tu familia, y que la Madre misericordiosa los conduzca en santidad.

Padre Javier Díaz es párroco de la Parroquia Cristo Rey, Long Branch, New Jersey.