En la ventana pintada en la Iglesia San Juan, Allentown, se ve el Bautismo del Señor. 
(Foto del archivo del Monitor)
En la ventana pintada en la Iglesia San Juan, Allentown, se ve el Bautismo del Señor. (Foto del archivo del Monitor)
Todos de nosotros que tenemos familiaridad con el Nuevo Testamento conocemos la historia del bautismo de Jesús por Juan el Bautista en el río Jordán. Se la puede encontrar en los cuatro Evangelios: Mateo 3:1-17; Marcos 1:1-11; Lucas 3:21-24; y Juan 1:30-34, aunque lo que escribe Juan tiene menos descripción. Los detalles en los Evangelios son bastante parecidos.

Juan el Bautista Juan “recorría toda la región del Jordán predicando el bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados” (Lucas 3:3); “Acudía a él la gente de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región del Jordán. Cuando confesaban sus pecados, él los bautizaba en el río Jordán” (Mateo 3:5-6); “Así se presentó Juan, bautizando en el desierto y predicando el bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados” (Marcos 1:4).

Quizás hayamos lanzado la pregunta: “¿Por qué Jesús fue bautizado”? Ya se le ha manifestado como el Mesías, el Hijo de Dios en la Epifanía y Juan nos dice que “en él no hay pecado” (1 Juan 3:5). Seguramente no le hacía falta el bautismo “de penitencia” de Juan. ¿Qué significará este evento?

Consideremos el contexto y los detalles.

Juan el Bautista.

El Evangelio según Lucas presenta el nacimiento de Juan, hijo del sacerdote, Zacarías, y su esposa estéril, Isabel, como el ángel Gabriel predijo. Eso, en sí, nos comunica algo especial sobre el niño y su futuro. Entonces, nos describe el evangelista sobre una visita de María a Isabel. María era una virgen, pero también estaba embarazada. También el ángel Gabriel le visitó a María quien predijo el nacimiento de un hijo.

Cuando las mujeres se encontraron, el niño de Isabel “saltó en su vientre”. En un sentido físico, esta “visitación” fue el primero y único encuentro entre Juan y Jesús hasta el bautismo en el Jordán. Después de sus nacimientos, ambos fueron en otras direcciones. Lucas escribe que Juan “crecía y se fortalecía en espíritu; y vivió en el desierto hasta el día en que se presentó públicamente al pueblo de Israel” (Lucas 1:80). Jesús volvió a Jerusalén con sus padres. Las historias semejantes de sus concepciones y sus nacimientos, sin embargo, son impactantes y preparan, lo que será, una relación maravillosa luego en sus vidas.

El Evangelio según San Marcos empieza con Juan ya de edad adulta predicando en el desierto, cumpliendo la profecía de Isaías que decía que él sería el mensajero, preparando el camino del Señor. Mateo comparte algo parecido. Frecuentemente se le describe a San Juan el Bautista como “el ultimo profeta” del Antiguo Testamento con la misión de presentar al Mesías y el Nuevo Testamento.

Lucas simplemente dice que “Un día en que todos acudían a Juan para que los bautizara, Jesús fue bautizado también. Y mientras oraba, se abrió el cielo, 22 y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma de paloma” (Lucas 3:21-22), identificándolo como el Hijo de Dios. San Marcos reporta algo semejante (Marcos 1:9-11).

San Mateo observa que “Un día Jesús fue de Galilea al Jordán para que Juan lo bautizara” (Mateo 3:13). Fue a ser bautizado a propósito y al llegar a donde Juan, conversaron un poco. En conclusión de la historia, leemos que y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma de paloma. Entonces se oyó una voz del cielo que decía: ‘Tú eres mi Hijo amado; estoy muy complacido contigo’”. En el Evangelio según San Juan, Juan el Bautista atestigua que Jesús sea “el Hijo de Dios” (Juan 1:34).

Jesús.

En la Navidad, todos nosotros católicos y cristianos conmemoramos el día cuando Jesucristo, el Mesías predicho por los profetas del Antiguo Testamento y muy esperado por el pueblo de Israel, nació en Belén. No se sabe la fecha verdadera de su nacimiento, pero la mayoría de los cristianos aceptamos el 25 de diciembre. Esa fecha fue asignada al evento por la Iglesia Católica en el cuarto siglo para la celebración de la observancia del nacimiento de Cristo. Entonces, el 25 de diciembre fue reconocido por religiones cristianas y la sociedad secular como el Día de Navidad.

Se predice el nacimiento de Cristo en las escrituras del profeta Isaías: “Por eso, el Señor mismo les dará una señal: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamará Emanuel” (Isaías 7:14). La Conferencia de Obispos Católicos de los EE. UU. comenta que Emanuel significa ‘Dios está con nosotros’. Dado que, para el cristiano, la encarnación es la última expresión de la voluntad de Dios de ‘estar con nosotros’, se puede entender que este texto era interpretado para referirse al nacimiento de Cristo”, el evento que ocurrió unos ocho siglos después de que Isaías lo predeciría.

En la historia navideña del Evangelio según San Mateo, se refiere a la profecía de Isaías con lo siguiente: “’La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel’ (que significa ‘Dios con nosotros’)” (Mateo 1:23).

Jesús es la Palabra hecha Carne (Juan 1:14) y, como católicos profesamos, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre (Credo de Nicea). Anunciado por el Ángel Gabriel, nacido en Belén en el Día de Navidad, visitado por los magos, bautizado por Juan en el río Jordán, Jesús es el Mesías prometido y el Salvador del mundo.

El Bautismo.

Para los católicos y cristianos, la palabra “bautismo” nos trae a la mente el Sacramento de Iniciación del mismo nombre. El Catequismo de la Iglesia Católica dice “El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión: "El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra" (CIC 1213).

En la Iglesia Católica, el sacerdote, diácono o, en circunstancias especiales, una persona laica administra el bautismo a través del rito de derramar o sumergir a la persona siendo bautizada. Mientras hace eso, dice, “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Eso no fue la experiencia de Jesús en la orilla del Jordán. En aquella ocasión, el bautismo significaba algo diferente. En primer lugar, no le hacía falta a Jesús ser bautizado. Era (es) Dios y no tenía pecado ninguno y, entonces, no le hacía falta ser perdonado ni “liberado del pecado”. Además, él no tenía que comprometerse ni hacer votos para participar en la misión de la Iglesia. Él era (es) el autor. Entonces, ¿Qué era ser bautizado por Juan?

El Catequismo de la Iglesia Católica explica: Jesús “Comienza su vida pública después de hacerse bautizar por san Juan el Bautista en el Jordán. … Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de san Juan, destinado a los pecadores, para "cumplir toda justicia". Este gesto de Jesús es una manifestación de su "anonadamiento". El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su "Hijo amado" (CIC 1223-1224).

Acompañando el bautismo por Juan fue su prédica. “Un bautismo por el perdón de los pecados” (Marcos 1:4). Se encuentra una explicación parecida en los otros tres Evangelios. Juan ofrecía a su audiencia judía una oportunidad para reconocer sus pecados y pedir perdón por ellos. Estaba preparando a ellos para la llegada del Mesías: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca” (Mateo 3:2). Entonces, si Jesús no tenía que arrepentirse por nada, habrá otra razón de por qué ser bautizado por Juan. Cuando Juan se encontró con Jesús en el Jordán, él resistía bautizarlo. Pero, en la historia según San Mateo leemos que Jesús le dijo, “Hagámoslo como te digo, pues nos conviene cumplir con lo que es justo” (Mateo 3:15). El bautismo de Jesús tuvo un motivo simbólico.

Cuando Jesús salió del Jordán, se oyó la voz de Dios identificarlo diciendo, “Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él” (Mateo 3:17; Marcos 1:11; Lucas 3:22). Su Bautismo será la segunda manifestación de su identidad como el Mesías en la historia navideña, un preludio a la misión y el ministerio que seguiría.

Jesús fue bautizado por Juan, alguien que vino para “preparar el camino”, para que Jesús pudiera empezar su misión divina de salvar de los pecados a todos con que ahora él compartía en la humanidad. La prédica de Juan y las aguas del Jordán le ofrecieron a Jesús la ocasión pública para eso. “¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29)! Juan proclamó. Se oyó la voz del Padre, “Este es mi Hijo amado”, “tomando el lugar de los pecadores” (Joseph Ratzinger/el papa Benedicto XVI, “Jesús de Nazareth”).

La Fiesta del Bautismo del Señor es el fin del tiempo litúrgico de la Navidad, pero los misterios de la vida, la muerte y la resurrección de Cristo, que constituyen nuestro propio Bautismo en la Iglesia, siguen desplegándose.