Se ve a la hermana polaca santa Faustina Kowalska con una imagen de Jesucristo la Divina Misericordia. Cuando el san Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina en el 2000, también declaró que el segundo Domingo de la Pascua sería celebrada como el Domingo de la Divina Misericordia. Foto CNS/Nancy Wiechec
Se ve a la hermana polaca santa Faustina Kowalska con una imagen de Jesucristo la Divina Misericordia. Cuando el san Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina en el 2000, también declaró que el segundo Domingo de la Pascua sería celebrada como el Domingo de la Divina Misericordia. Foto CNS/Nancy Wiechec

¿Habrá mayor expresión del amor en la tierra que demostrar la misericordia hacia los demás? Tal amor refleja el amor más grande que nuestro Señor Divino nos demostró durante los días de su Pasión, Muerte y Resurrección que acabamos de celebrar en la Iglesia.

La misericordia es el amor que Dios nos da libremente, quien se nos revela primeramente y hace que sentimos y reconocemos su presencia. No ‘ganamos’ esta misericordia; no la ‘merecemos’; no tenemos ningún ‘derecho’ a ella. La misericordia es un regalo que Dios nos da gratis y, que cuando lo recibimos, nos inunde en el mero ser de Dios, haciendo que Dios está presente ‘a’ nosotros y, entonces, ‘por’ nosotros a los demás (Obispo David M. O’Connell, C.M., Carta Pastoral para el Año de la misericordia, 2016).

Desde hace 21 años, los católicos por el mundo han celebrado el Domingo de la Divina Misericordia en el Segundo Domingo de la Pascua. El papa san Juan Pablo II originalmente añadió al Domingo de la Divina Misericordia al calendario eclesial basado en revelaciones privadas de una monja polaca: la hermana, ahora santa, María Faustina Kowalska (1905-1938).

En su “Diario”, la santa Faustina comunicó el mensaje que recibió del Señor Jesús:

Hija Mía, habla al mundo entero de la inconcebible misericordia Mía. Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata. Mi misericordia es tan grande que en toda la eternidad no la penetrará ningún intelecto humano ni angélico. Todo lo que existe ha salido de las entrañas de Mi misericordia. Cada alma respecto a mí, por toda la eternidad meditará Mi amor y Mi misericordia. La Fiesta de la Misericordia ha salido de Mis entrañas, deseo que se celebre solemnemente el primer domingo después de Pascua. La humanidad no conocerá paz hasta que no se dirija a la Fuente de Mi misericordia.

Desde su niñez, la santa Faustina manifestaba una gran devoción a la Santa Eucaristía y la misericordia de Dios. De nuevo, en su “Diario”, la santa Faustina oró, “Jesús mío, penétrame toda para que pueda reflejarte en toda mi vida. Divinízame de modo que mis acciones tengan el valor sobrenatural. Haz que tenga para cada alma, sin excepción, amor, compasión y misericordia. Oh Jesús mío, cada uno de Tus santos refleja en si una de Tus virtudes, yo deseo reflejar Tu Corazón compasivo y lleno de misericordia, deseo glorificarlo. Que Tu misericordia, oh Jesús, quede (8) impresa sobre mi corazón y mi alma como un sello y éste será mi signo distintivo en esta vida y en la otra. Glorificar Tu misericordia es la tarea exclusiva de mi vida” (“Diario”, 1242). Sus oraciones fueron recibidas.

El Señor Jesús le habló, de nuevo grabado en su “Diario”: “Hoy te envío a ti a toda la humanidad con Mi misericordia. No quiero castigar a la humanidad doliente, sino que deseo sanarla, abrazarla a Mi Corazón misericordioso (“Diario”, 1588).  … has de saber que estás en confidencia exclusiva Conmigo; tu misión es la de escribir todo lo que te hago conocer sobre Mi misericordia para el provecho de aquellos que, leyendo estos escritos, encontrarán en sus almas consuelo y adquirirán valor para acercarse a Mi” (“Diario”, 1693).

En la ocasión de la ceremonia de su canonización el 30 de abril, 2000, el papa san Juan Pablo II se refirió a la santa María Faustina en su homilía como “un regalo de Dios para nuestro tiempo”, citando el mensaje del Señor Jesús a ella, “La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina”. Siguió, “Cristo nos enseñó que "el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a "usar misericordia" con los demás: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mateo 5:7). … Y nos señaló, además, los múltiples caminos de la misericordia, que no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de todas las necesidades de los hombres. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales”.

El Santo Padre concluyó su homilía, animando al mundo: “Hoy, nosotros, fijando, juntamente contigo, nuestra mirada en el rostro de Cristo resucitado, hacemos nuestra tu oración de abandono confiado y decimos con firme esperanza: ‘Cristo, Jesús, en ti confío’”.

Al celebrar el Domingo de la Divina Misericordia este año, por favor, acompáñenme en recordar las palabras del papa Francisco mientras inauguraba el Año de la Misericordia hace seis años. En Vultus Misericordiae (VM), la bula de convocación para el Año de la Misericordia el 11 de abril, 2015, el Santo Padre escribió:

Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. … Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios (VM, 1).

Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado (VM, 2).

Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos. Es sobre esta misma amplitud de onda que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros (VM, 9).

Mientras continuamos en el Tiempo de la Pascua, que María, la Madre de la Misericordia, nos lleve al Corazón Todo Misericordioso de su Hijo Resucitado, quien tiene la Divina Misericordia que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14:6). Y nos unamos en oración a la oración de la santa Faustina: “Jesús, en ti confió”.