Stained glass from St. Mary of the Lake Church, Lakewood, part of Our Lady of Guadalupe Parish, Lakewood
Stained glass from St. Mary of the Lake Church, Lakewood, part of Our Lady of Guadalupe Parish, Lakewood
Aunque la celebración litúrgica de la Solemnidad de la Ascensión se ha trasladado a este próximo domingo en las Diócesis de Nueva Jersey este año, quisiera reflexionar sobre su significado hoy, jueves, 40 días después de la Pascua. Esta gran fiesta, dondequiera esté colocada en el calendario de la Iglesia Católica, conmemora nuestra creencia de que el Señor Jesús resucitado, reunido con sus discípulos en el Monte Tabor, cerca de Jerusalén, ascendió en cuerpo y alma al cielo y regresó a su Padre. “La Ascensión de Cristo significa…que Él pertenece enteramente a Dios. El Eterno Hijo, trajo nuestra existencia humana a la presencia de Dios, llevando consigo carne y sangre en una forma transfigurada. El ser humano encuentra su lugar en Dios; a través de Cristo, el ser humano se introdujo en la misma vida de Dios” (Benedicto XVI).

Como dice en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos” (Hechos 1:9).

 El Evangelio según San Marcos, el primero de los cuatro Evangelios, da este relato: “Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban” (Marcos 16:19-20).

Otras referencias en las Escrituras del Nuevo Testamento apuntan a esta experiencia, aunque de forma menos directa. El Evangelio según San Mateo describe lo que se llama "la Gran Comisión,” cuando Jesús resucitado instruye a sus Apóstoles:

“Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado…Jesús se acercó a ellos y les habló así: ‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo’” (Mateo 28:5-20).

En el Evangelio de San Juan, después de su Resurrección, Jesús hace una referencia peculiar a su Ascensión en una conversación con María Magdalena: “No me toques, que todavía no he subido al Padre” (Juan 20:17).

El hecho de que el Señor Jesús resucitado ascendió de la tierra a su Padre Celestial es una creencia basada en la las Escrituras y una enseñanza de la Iglesia sobre lo que pasó después de la Resurrección. “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre” (Juan 16:28).

Durante los siglos, los estudiosos de las Escrituras, los Padres de la Iglesia, incluyendo a San Agustín (354-430 d.C.) y otros grandes teólogos han comentado con frecuencia sobre el significado de la Ascensión de Cristo. Su resurrección y ascensión, a veces también referidas como su “Exaltación” se consideran eventos fundamentales en la vida de Jesús en la tierra y entre los mayores misterios de nuestra fe católica. La fiesta de la Ascensión también se celebra en otras tradiciones de fe cristianas y, además, el evento se ha representado con frecuencia en el arte cristiano a lo largo de los siglos.

Aunque la creencia católica en la Ascensión del Señor Jesús se enseñó desde los primeros días de la Iglesia, su conmemoración litúrgica como una fiesta separada solo apareció gradualmente en el calendario de la Iglesia desde el siglo IV. En el Credo de Nicea (325 d. C.) y posteriores profesiones de la fe, la Iglesia proclama que el Señor Jesús “subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre.”

A medida que el tiempo de Pascua va llegando a su fin, consideramos la Solemnidad de la Ascensión, tradicionalmente llamada jueves de la Ascensión, y lo que significa para la comunidad católica.

La Ascensión del Señor representa la transición de la presencia física y corporal del Señor Jesús resucitado glorificada a través de su resurrección aquí en la tierra, y su regreso al Padre. Este evento destaca su presencia universal, eterna, y espiritual entre nosotros: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.”

Leemos en la Carta de San Pablo a los Colosenses: “Así pues, si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, que es la vida de ustedes, entonces también ustedes aparecerán gloriosos con él” (Colosenses 3:1-4). Así como la resurrección de Jesús es nuestra introducción a la vida eterna, su ascensión es nuestro camino a la gloria eterna. La Ascensión preparó la Iglesia para la presencia del Espíritu Santo, el Paráclito prometido, en Pentecostés diez días después.

Teniendo eso en cuenta, San Agustín explicó: “Así como Él permaneció con nosotros incluso después de su Ascensión, así también nosotros ya estamos en el cielo con Él …Mientras que en el cielo Él también está con nosotros; y nosotros, mientras estamos en la tierra, estamos con Él. Está aquí con nosotros por su divinidad, su poder, y su amor. No podemos estar en el cielo, como Él está en la tierra, pero en Él podemos estar allí por amor…Por compasión de nosotros descendió del cielo, y aunque ascendió solo, también nosotros ascendemos, porque estamos en Él por la gracia” (San Agustín, “Sermón sobre la Ascensión del Señor”).

“La Ascensión de Jesús al Cielo nos permite así conocer esta realidad que es tan consoladora en nuestro camino: en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nuestra humanidad ha sido llevada a Dios. Él ha abierto el camino. Es como el líder de un grupo de montañistas atados con cuerdas. Ha llegado a la cima y nos atrae hacia Él, llevándonos a Dios. Si le confiamos nuestra vida, si nos dejamos guiar por Él, estamos seguros de estar en buenas manos” (Papa Francisco).

Para nosotros como católicos y para todos los cristianos, la solemnidad de la Ascensión, ya sea que se celebre el jueves o el domingo siguiente, nos ofrece la esperanza de que Cristo regrese a nosotros en gloria, que su Espíritu Santo permanecerá con nosotros ahora y siempre, mientras nosotros proclamamos su amor, su misericordia, y su verdad, y que, a través de nuestra fe, seremos sus testigos “hasta el fin de los tiempos.”