El obispo O’Connell habla con el grupo diocesano en una de las Capillas Altas en el Santuario Basílica de Nuestra Señora de Gaudalupe, Ciudad de México.(Fotos pescadoras | John Batkowski)
El obispo O’Connell habla con el grupo diocesano en una de las Capillas Altas en el Santuario Basílica de Nuestra Señora de Gaudalupe, Ciudad de México.
(Fotos pescadoras | John Batkowski)

La Basílica Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en las afueras de la Ciudad de México es el santuario Mariano más visitado en el mundo. Millones de personas pasan por las puertas de la Basílica cada año, especialmente cuando se acerca el día festivo del 12 de diciembre. Este año, casi cuarenta fieles de la Diócesis de Trenton – obispo, sacerdotes y laicos en peregrinación – se contaron entre esa cantidad durante la primera semana de Adviento. La experiencia fue profundamente conmovedora y espiritual mientras celebramos la Misa en este lugar sagrado donde se ve milagrosamente en la tilma de San Juan Diego la imagen de la “Virgen de Guadalupe” cerca del crucifijo arriba del altar principal. Un indígena, Juan Diego, tuvo el privilegio de cuatro apariciones de la Santa Madre, María, en el 1531. En sus conversaciones con Juan Diego, Nuestra Señora de Guadalupe intentaba calmar sus miedos con preguntas que, a la vez, revelaban su identidad: “¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra”?

Aquellas preguntas se quedan en mi mente ahora que se acerca la celebración de Navidad. El infante Jesús, nacido en Belén aquella primera Navidad, se encontró en los brazos tiernos, cuidadosos de su Madre, María. Puedo imaginar a ella susurrando a los oídos chiquitos del recién nacido, “Yo estoy aquí, tu madre. Te voy a proteger”. De cualquier título o tradición de qué la conocemos, el mensaje de María a nosotros es lo mismo en el tiempo de Navidad y por todo el año. Ella es la Madre del Salvador, el Mesías Prometido, la “Palabra hecha carne” quien se puso entre nosotros. Al igual que ella le amaba a Jesús de todo el corazón materno desde Belén a Calvario, ella también ama a nosotros, las personas que Él vino a salvar en aquel tiempo, ahora y por siempre: el Cristo de la historia, el Cristo del misterio, el Cristo de la majestad.

En Navidad, regocijamos al conmemorar el nacimiento de Jesús. Recordamos una vez más las profecías antiguas. Proclamamos una vez más las historias en los Evangelios de Mateo y Lucas. Mantengamos presentes una vez más la visión tierna de la Natividad: el establo; el pesebre; las mantillas; el aliento de los animales en el corral; los pastores; la estrella; los ángeles celestiales cantando; los tres reyes en su camino; el personaje de José siempre vigilando; la joven María abrazando al niño Jesús. Pensamos que significarán todas estas “cosas navideñas.” El mundo entero se cambia en el tiempo de Navidad, si la permitamos tocar y mover nuestros corazones. La fe parece restaurarse. La esperanza parece fortalecerse. El amor parece facilitarse. A pesar de todas las preocupaciones del mundo, incluyendo a nuestra Iglesia – las crisis, los desafíos, las preocupaciones – nos permitimos empezar de nuevo; nos convertimos en niños una vez más, escuchando a nuestras madres proponer las mismas preguntas que escuchamos en Guadalupe, “¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa”?

¡Feliz Navidad! ¡Y que tengan todas las bendiciones de Dios en el Año Nuevo!

 

El reverendísimo David M. O’Connell, C.M.
Obispo de Trenton